Decadente vida partidista

Momentos muy complicados del PAN y el PRD

Jesús Cantú (*)

El proceso de renovación de las dirigencias nacionales del PAN y el PRD muestra con meridiana claridad los vicios de la vida interna de los partidos políticos mexicanos: caudillismo, clientelismo y patrimonialismo, que desde luego se complementan con las las malas prácticas empleadas en los casos en los que se recurre al proceso de elección directa.

Desde las elecciones presidenciales de 1988, hace poco más de un cuarto de siglo, tres fuerzas políticas (PRI, PAN y PRD) acaparan las contiendas electorales, aunque únicamente dos de ellas se han alternado en la Presidencia de la República; lamentablemente los dos partidos políticos que hoy están en la oposición viven momentos muy complicados en su vida interna.

Los otros cuatro partidos políticos (PT, PVEM, MC y Panal) mantienen bajos porcentajes de votación, pero sobre todo viven bajo el control casi absoluto de sus grupos fundadores y, en algunos casos (PVEM y MC, particularmente) se han convertido en unas muy rentables franquicias electorales, que permiten a sus “dirigentes históricos” vivir con lujos y dispendios.

La historia de la renovación de las dirigencias nacionales de las tres principales fuerzas políticas muestra la importancia y trascendencia de los liderazgos personales en su vida interna, así como de los vicios imperantes al interior de estos institutos.

El PRD, por la existencia de una diversidad de corrientes internas, ha sido el que más dificultades ha enfrentado para la renovación de sus dirigencias; sin embargo, hasta 2006 la presencia de un líder indiscutible en su interior: Cuauhtémoc Cárdenas, primero, y Andrés Manuel López Obrador, después, permitió superar los momentos difíciles sin daños irreversibles. Pero estos años también permitieron la consolidación de una de las corrientes internas, que casi siempre detentó la Secretaría General, la denominada Nueva Izquierda (mejor conocida como “Los Chuchos”), que aprovechó dicha posición para construir una sólida burocracia partidista que hoy les permite ser la fuerza mayoritaria al interior del partido.

Esto se manifiesta claramente en el proceso de sucesión interna que viven, ya que aunque están conscientes de que imponer dicha mayoría les puede significar una ruptura mayor y, por ende, provocar una debacle electoral en el proceso de 2015, ante el inminente registro como partido político de Morena (el partido de López Obrador), se aferran a mantener una de las dos posiciones preponderantes: presidencia o secretaría general.

Consienten la candidatura de unidad de Cárdenas siempre y cuando les concedan la segunda posición, y como todavía no lo logran mantienen en la contienda a Carlos Navarrete para elevar el precio de cualquier negociación.

En el caso del PAN, más allá de las familias que tradicionalmente han dominado su vida interna, tras 15 años de relativa calma, también por la presencia de un líder indiscutible (Vicente Fox, desde que ganó la gubernatura de Guanajuato y se perfiló como el abanderado presidencial en 2000, y luego Felipe Calderón, como candidato y presidente de la República) hoy aflora también la presencia de una burocracia partidista muy fuerte al servicio del último presidente Gustavo Madero y construida precisamente a partir de esa posición.

La historia del tricolor es muy distinta, y aunque vivieron una elección muy convulsa tras perder la Presidencia de la República en 2000, su pragmatismo, disciplina partidista y respeto a los liderazgos de los gobernadores les permitieron superar dichos momentos hasta que el actual presidente Enrique Peña Nieto se perfiló como el abanderado que les permitiría regresar a Los Pinos y recuperar el control del partido.

Lo preocupante de esta realidad es que en todas las fuerzas políticas (las tres con mayor participación electoral y las cuatro con una presencia minoritaria) destacan los liderazgos personales como el principal factor de cohesión y unidad, lo cual son pésimas noticias para la democracia. Y, en los casos en los que no existe esta figura señera, el aprovechamiento de los recursos partidistas para la construcción de fuertes burocracias a través de redes clientelares, que tampoco abonan para la construcción de una vida democrática.

Los líderes formales de los partidos políticos aprovechan los cuantiosos recursos económicos que reciben del Estado mexicano y los poderes, que las leyes y sus documentos internos les confieren a las dirigencias nacionales, para consolidar su poder y apropiarse de dichos institutos políticos. En algunos casos (los cuatro partidos con menor participación electoral) es simplemente la consolidación del poder de sus fundadores; en otros, particularmente PRD y PAN, la emergencia de un grupo interno que pretende eternizarse en la dirigencia y manejar el partido como si fuera su propiedad.

Como puede verse, las diferencias son de grados y de formas, pero todos los partidos políticos mexicanos presentan los mismos vicios (que muestran la congruencia de su actuar tanto al interior como al exterior del partido) lo cual sin duda es una de las razones principales para explicar las dificultades que afronta la construcción de la democracia en México.

Para hacer todavía más complicado este tránsito, todo parece indicar que los dos principales partidos de oposición no saldrán bien librados de sus procesos de renovación, lo cual abonará en su debilitamiento y, por ende, se traducirá en mayores obstáculos al proceso de democratización al volver a concentrar el poder en un solo partido político. Y al ser el PRI el partido en el poder, el poder del Ejecutivo se volverá a potencializar (como ya se demostró en la reforma energética, donde la línea avasalló a los Congresos estatales, que la aprobaron en “fast track”) y retomará su papel de gran elector de candidatos y dirigentes.- México, D.F.

[email protected]

—–

*) Periodista




Volver arriba