De política y otras cosas

Catón

Igual que el Sol (el astro, no el periódico), la reforma fiscal no hace distinción de personas. Les pega por igual a los ricos, a los pobres y a los que no somos ni una cosa ni otra.

Quizás esa reforma tendió a poner orden, pero la verdad es que traerá consigo gran desorden. Sucede que el Estado mexicano está adquiriendo ahora el carácter de absoluto. Esa palabra viene de “absolutum”, vocablo que en latín quiere decir suelto, desatado, libre. Un Estado absoluto es aquel que se siente absuelto de cumplir la ley, y piensa que ésta obliga sólo a los gobernados.

Veamos un ejemplo. Si un particular priva a uno de sus trabajadores de una prestación que le había otorgado, se le viene el mundo encima: la autoridad laboral cae sobre él y le impone una serie de castigos por haber vulnerado el derecho del trabajador.

Sin embargo el nuevo gobierno priva sin más ni más a los maestros de una prestación —el subsidio en el pago del ISR— que antes le había dado. Independientemente de la procedencia de esa homologación lo cierto es que ha provocado en el gremio magisterial una exasperación que encuentro justificada.

Son peligrosos los cálculos que se hacen sólo en papel cuadriculado, sin considerar los efectos sociales y políticos que traerán consigo. Los maestros andan muy irritados -a mi juicio con razón, vuelvo a decirlo-, y de su enojo pueden derivar graves consecuencias. Es aplicable aquí el infantil proloquio según el cual “el que da y quita con el diablo se desquita”…

— Saltillo, Coahuila

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