De política y cosas peores: Plaza de almas

Por: Catón

Eran cinco hermanas: Lala, Lela, Lila, Lola y Lula.

Esos nombres eran hipocorísticos, vale decir diminutivos familiares. Lala era Leonarda; Lela era Aurelia; Lila era Domitila; Lola era Dolores, y Lula era Lourdes.

Eran muchachas buenas, muy decentes. Solteras las cinco, estaban dedicadas a los quehaceres de la casa. Cultivaban además otros honestos menesteres que les permitían obtener ingresos adicionales a los de la corta herencia recibida de sus padres.

Lala bordaba; Lela hacía pasteles; Lila daba clases de piano; Lola tenía un hospital de medias y Lula ponía inyecciones.

Su vida transcurría en paz. Cada uno de sus días era igual al otro. Pocos saben apreciar esa bendita monotonía.

Sucedió, sin embargo -en todo mete la cola el diablo-, que Leonarda conoció a un agente viajero que llegó al pueblo a vender máquinas de coser.

El forastero cortejó a la lugareña, y con labiosa untuosidad logró que le entregara la impoluta gala de su virginidad.

No diré mal de Lala: nadie se había ocupado en prevenirla contra las asechanzas de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Satisfecho su capricho el agente de comercio se fue del pueblo y dejó burlada a la infeliz Leonarda, aunque le había dado palabra de matrimonio.

¡Ah, desaprensivas doncellas que caen en las traidoras redes de los hombres! Deberíais leer el libro “Pureza y hermosura”, de Monseñor Tihamer Toth, que advierte sobre los riesgos del trato con varón.

En sus páginas encontraríais al mismo tiempo deleite espiritual y provechosa enseñanza. Pero veo que me aparto del relato. Vuelvo a él.

A pesar del quebranto que sufrió su honestidad, a Lala le gustó, según parece, lo que con el viajante había gozado, y poco tiempo después repitió el trance, ahora con un declamador que recitaba poemas de Díaz Mirón, Nervo y Acuña.

(También decía aquél de “En un charco de sangre ahí estaba tendida, / para siempre callada, para siempre dormida…”, etcétera).

Luego, tras de que el artista terminó su temporada, Lala tuvo una serie de relaciones con hombres de la localidad (¿por qué iba a hacerlos menos?): el profesor de la escuela, el director de la banda municipal, el secretario del Republicano Ayuntamiento, el dueño de la miscelánea “Las 15 letras”, el recaudador de Rentas y el notario público.

Después se especializó en jovencitos: la nueva generación aprendió de ella el abecé de los placeres prohibidos, pues para entonces Lala era ya una consumada profesora en artes venusinas.

Lela, Lila, Lola y Lula sufrían mucho por la conducta de su hermana. Con gusto la habrían echado de la casa, pero estaba de por medio la bendita memoria de sus padres, que les habían encargado mucho la unidad familiar. Además Lala les contaba siempre detalles sabrosísimos de sus aventuras de colchón.

Con el permiso de su director espiritual, un santo sacerdote mercedario, las cuatro hermanas hicieron voto de virginidad perpetua para pedirle al Señor que Leonarda volviera al buen camino.

Lala se mantuvo siempre en el otro -era de carácter firme-, pero ellas fueron fieles a su promesa: ninguna conoció varón ni oyó nunca un “Te quiero”.

Pasó el tiempo. Cierto día las hermanas fueron a un día de campo. También iba Leonarda. Se desató una tormenta eléctrica, y se guarecieron, imprudentes, bajo un árbol. Cayó un rayo y, aunque probablemente estaba dirigido sólo a Lala, a todas las mandó al otro mundo.

Llegaron las cinco al mismo tiempo al Cielo. Lela, Lila, Lola y Lula pensaron que de inmediato ingresarían en la morada de la eterna bienaventuranza, y que en cambio Leonarda sería enviada a los abismos infernales. Se equivocaron.

San Pedro, el portero celestial, le dijo a Lala: “Fuiste gran pecadora, como la Magdalena, pero al igual que ella amaste mucho. A nadie hiciste daño; a muchos hiciste el bien, y sentiste sincero arrepentimiento por tus culpas. Puedes entrar”.

Luego se volvió hacia las demás hermanas y les informó: “Ustedes irán al purgatorio a expiar la vanidad de haber pensado que su falsa virtud las hacía superiores a los demás”… Aquí termina la historia. No sé si tenga moraleja. Lo más probable es que no. FIN.- Saltillo, Coahuila.

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Satisfecho su capricho, el agente de comercio se fue del pueblo y dejó burlada a la infeliz Leonarda, aunque le dio palabra de matrimonio




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