De política y cosas peores

De política y cosas peores

Autor: Catón

Plaza de almas

Dudé en ponerle título a este escrito. Al final escogí uno muy convencional: “Tres historias de amor”. Están divididas por puntos suspensivos.

Y es que los amores verdaderos nunca acaban en punto final: aunque la muerte los interrumpa terminan sólo en puntos suspensivos. Después continuarán, no sé cómo ni dónde, pero otra vez los amantes volverán a encontrarse en algún mundo, no sé en cuál, y ahí seguirán amándose para la eternidad. Estos tres textos tratan de amores diferentes.

Todos los amores son diferentes, aunque todos sean iguales. El primero es un cuento de amor triste. El segundo es el relato de un amor tan distinto que no parece amor. Sí lo es. El tercero habla del amor que todo lo vence. Tres historias de amor. Ay de aquél -o de aquélla- en cuya vida no haya habido una historia de amor, aunque sea triste, aunque sea distinto.

Ella tenía 20 años cuando lo conoció. Se enamoró de él, naturalmente, porque él era él y porque ella tenía 20 años. Se hicieron novios. Cuando en la iglesia ella oía hablar del cielo o del paraíso terrenal, entendía muy bien de qué se estaba hablando, porque ella estaba en el cielo y en el paraíso terrenal.

Pasó un año. Pasaron dos y tres. Se casarían cuando él terminara su carrera. Pero la terminó y se fue al extranjero a hacer la especialización. Otros tres años pasaron. Las amigas de ella comenzaron a casarse, una primero, luego la otra. Ella era dama de todas, o madrina. Las veía radiantes, y se preguntaba cómo iría a verse ella cuando se casara. No se casó jamás. Él regresó y fue a trabajar a otra ciudad.

Al principio le hablaba por teléfono una vez a la semana. Luego una vez al mes. Después pasaron meses sin que supiera de él. La última vez que le habló fue para decirle que hacía poco tiempo había conocido a una muchacha maravillosa, que se había enamorado de ella y que se iban a casar. Que lo perdonara, pero que en el corazón no se manda.

Tampoco ella manda en su corazón. Es explicable por eso que ahora lo sienta vacío. Ni siquiera lleno de odio o rencor. Vacío. Igual que sus días, uno igual a otro, calendario sin fin de soledades. Se le quebró la vida para siempre. No se ha preocupado por recoger los pedazos. Y a veces, sólo a veces, cuando por las noches recuerda, no puede recordar cómo era el rostro de aquél que fue una vez para ella el cielo y el paraíso terrenal…

Ana se llama. Era bonita cuando joven y fue muy pretendida, pero ni siquiera volvió la vista al paso del amor: su mamá faltó y tuvo que cuidar a su padre, viejo y enfermo. Se casaron sus dos hermanos, y se fueron. Ella siguió al lado de su padre. Cuando la visitaban sus sobrinos sentía ternuras maternales. Tejía, tejía siempre y hacía adornos para la cuna de los recién nacidos. La vida se fue yendo poco a poco. Murió su padre; la casa se le hizo enorme de repente, pero no la dejó: eso hubiera sido morir un poco ella también.

Con mansa serenidad pasa los días ahora. Ninguna queja tiene. Recuerda mucho, y a veces, sin darse cuenta, llora. Sólo a veces. Tiene que haber un cielo, ese cielo que el padre Ripalda prometió a quienes hacen todo bien y ningún mal. Tiene que haber un cielo para Ana. De otro modo, la bondad de Dios sería menor que la bondad de Ana…

Tienen 30 años de casados, ó 40 ó 50. Y todavía se toman de la mano cuando caminan por el parque o van al cine. Empezaron a platicar de novios y es fecha que no acaban todavía. Hablan de los hijos y de los nietos, pero hablan también de sus recuerdos; del día en que se conocieron, de sus primeros tiempos de casados, de los sueños que no se realizaron y de las realidades que fueron como un sueño.

Con la misma serenidad evocan felicidad y sufrimiento, pues aprendieron que de las dos materias se hace la existencia. Los poetas han sublimado el amor joven, pero nadie se acuerda del amor que vive hasta la última mirada después de muchos años de verse cada día. Y merece un poema ese amor que ya ni siquiera necesita de palabras para decirse. Hay mucha poesía en el sencillo amor que venció el tiempo y quedó firme, humildemente victorioso, tras todas las tempestades de la vida.- Saltillo, Coahuila.

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