De política y cosas peores

Por Catón

La imagen es hermosa, y mueve a compasión.

Está en la casa que en el corazón de Saltillo hizo erigir mi bisabuelo, casa que fue luego de mi abuelo, después de mi padre y que es la sede ahora de Radio Concierto, la emisora cultural de mi familia.

Es una pintura al óleo, mexicana, de principios del siglo XIX. Muestra el rostro de Jesús en el momento en que se encuentra con su madre en el camino del Calvario.

Hay en él una mirada de ternura, de infinito amor.

Contemplé ayer esa estampa de lejanos tiempos y, como siempre, sentí una emoción indefinida al verla.

Luego fui en mi automóvil a atender la rutina cotidiana. De pronto vi venir lo que parecía una manifestación formada por centenares de hombres, mujeres, niños y aun algunos ancianos.

Me llamó la atención, sin embargo, el silencio en que iban todos. No gritaban consignas, ni levantaban el puño, ni esgrimían banderas o pancartas. Llevaban sólo, al frente, una cruz tosca de madera.

Supe después que eran inmigrantes -de Honduras casi todos- que en caravana, para protegerse los unos a los otros venían caminando desde su país para llegar a la frontera norte y buscar en los Estados Unidos una vida mejor.

En ellos vi a todos los pobres del mundo; en ellos miré todo el dolor humano, la desesperación esperanzada de quienes se ven forzados por la pobreza a dejar su tierra para buscar el pan en otra ajena.

Pensé: “Ahí va Cristo”. Y sentí una extraña vergüenza de mí mismo.- Saltillo, Coahuila.

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