De política y cosas peores

Catón

La bebida de mi niñez fue el chocolate. Lo tomábamos en el desayuno y la merienda, acompañado siempre con el sabroso pan de La Antigua Muralla, la insigne panadería de aquel gran caballero saltillense que fue don Leoncio Saucedo.

Quien ahora me vea y mire mi ventripotencia no me creerá si le digo que en mis primero años fui delgado y frágil como una buena intención. El Padre Secondo, de la Compañía de Jesús, se condolía al verme tan flaquito, y luego de oír mi confesión de niño me imponía como penitencia que me tomara una taza de chocolate -grande, ¿eh?- con dos piezas de pan de azúcar.

Conservo hasta la fecha el gusto por esa sápida poción episcopal. “Católico chocolate, / que de rodillas se muele, / juntas las manos se bate / y viendo al cielo se bebe”.

Esta cuarteta laudatoria la leí en el muro de un restaurante muy querido para mí: Los burritos de Moyahua, en el camino entre Guadalajara y Chapala.

Otro lugar tengo que me trae recuerdos entrañables. Es la churrería El Moro, en el corazón de la ciudad de México. Cuando estoy ahí siento que estoy en Madrid, donde viví algún tiempo, cuando Madrid era todavía Madrid y yo todavía era yo.

Los españoles se llevaron el oro de México, y se llevaron también algo más valioso aún: el chocolate, que adoptaron como propio. En El Moro lo ofrecen en varios estilos: español, suizo, francés, mexicano. Yo, que recuerdo aquello de “Las cuentas claras y el chocolate espeso”, pido el más concentrado de todos: el español.

Desde el mismísimo Siglo XVI los peninsulares le tomaron el gusto al chocolate. A veces le añadían canela, o unas gotitas de vainilla -de México, también-, y le llamaban “soconusco”, el nombre de la comarca donde se daba el mejor cacao.

Los gitanos madrileños lo bebían a todas horas. Por beberlo dejaban de comer, y aun de tomar agua. Para ellos el chocolate -callardó- era el néctar de la vida, más aún que esa “leche de cepas, sangre de la tierra” que es el vino, según dijo Vicente Blasco Ibáñez.

Las nuevas generaciones no conocen ya el moroso lujo de tomar chocolate. Y es que los tiempos cambian. Cosas que ayer eran de todos los días ahora son un lujo, como la honestidad y la mezclilla, y lujos del pasado, como el televisor y el radio (“Pasa, güero, tengo radio”), son hoy cosa de todos los días.

Tomemos por ejemplo la democracia, ahora que se fue Adolfo Suárez, gran demócrata. En México la democracia era un lujo inaccesible. Apenas estamos empezando a ejercitarla, siquiera sea a gritos y sombrerazos, cayendo y levantando.

Quizá algún día llegaremos a gozarla plenamente, igual que disfrutamos hoy la radio y el televisor, igual que disfrutamos ayer el chocolate.

Eso sucederá cuando los ciudadanos seamos más importantes que los partidos.- Saltillo, Coahuila.

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Los españoles se llevaron el oro de México, y se llevaron también algo más valioso aún: el chocolate, que adoptaron como propio



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