De política y cosas peores

Por Catón

Labor muy peligrosa es la de los profetas. Corren el riesgo de acertar en sus profecías.

Es muy aconsejable, entonces, rehuir la tentación de ser historiador del futuro. Tomen mi caso, por ejemplo.

Cuando aparecieron en Guerrero y Michoacán los llamados grupos de autodefensa advertí sobre los riesgos que entrañaba su existencia.

Hubo quienes los aplaudieron con entusiasmo y vieron en sus integrantes a héroes civiles que luchaban contra el mal y suplían con riesgo de su vida la ineficacia del Estado al combatir la delincuencia.

Yo vi las cosas de otro modo, sin que eso signifique que me quiera comparar con el Greco o con Botero.

Y es que recelo de cualquier grupo armado. Por eso me opuse en su tiempo al movimiento del mediático subcomandante Marcos, quien para defender a los pobres causó la muerte de otros pobres.

Varias veces fui invitado a ser parte de una especie de comisión nacional de apoyo a los nombrados zapatistas, y suscité las iras de quienes me invitaron cuando les dije que no podía yo apoyar a ese grupo, mientras quienes lo formaban no depusieran las armas, esas armas bendecidas por hombres de religión -también bastante mediáticos- que en nombre de Dios justificaban el uso de la violencia armada.

Diluido en agua de borrajas está ahora ese movimiento en cuya trampa cayeron no pocos escribanos que cantaron loas al hombre del pasamontañas y la pipa que los sedujo con su histrionismo y sus bombásticas proclamas.

Por su parte, los grupos de autodefensa se han convertido en un dolor de cabeza para comisionados y no comisionados, pues no se sabe a ciencia cierta si están del lado de los buenos o de los malvados. En ninguno deberían estar.

Nadie debe hacer uso de una fuerza que sólo al Estado corresponde ejercitar. Son peligrosos igualmente los arreglos que la autoridad ha hecho con ellos y la tolerancia y lenidad que muestra con los hombres armados. Debe hacerlos entregar las armas y cumplir ella su función de reprimir a los delincuentes y a quienes fueron corrompidos por éstos.

Dejar que la gente se haga justicia por propia mano entraña riesgos de todo orden. Y ya no digo más porque ya dije mucho.- Saltillo, Coahuila.

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