De apegos y desapegos

 

*Por Gabriela Soberanis Madrid

Dirección General Enfoque Integral

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“Si no tienes libertad interior; ¿qué otra libertad esperas tener?” – Arturo Gray

Un apego es ante todo una creencia. Es una ilusión de la mente que en muchas formas nos impide amar libremente a las personas y disfrutar de las cosas sin poseerlas. Los apegos nos impiden ver la realidad tal y como es. A diferencia del desapego que trae paz a nuestra mente y a nuestra alma, los apegos no nos dejan pensar ni elegir libremente. Nos hacen esclavos porque nos aferramos al objeto de nuestro apego aún cuando eso implique socavar nuestra integridad, dicha y tranquilidad. El apego siempre viene acompañado de miedo. Hay miedo a perder esa cosa o a esa persona, o lo que es peor, a perderlo todo.

Algunas personas tienen la falsa idea de que vivir sin apegos es no tener deseos, sueños o metas pero no hay nada más lejos de la verdad. Nuestras aspiraciones y objetivos son parte de nuestra naturaleza humana, necesarios para darle sentido a nuestra existencia, pero cuando nos aferramos a los resultados y los convertimos en imprescindibles para nuestra vida nos hacemos siervos de nuestros apetitos. Digámoslo así: el apego es una forma insana de relacionarnos con nuestros intereses y paradójicamente se convierten en nuestro mayor obstáculo para alcanzarlos o disfrutarlos.

Lo que muchos ignoramos es que el bienestar emocional y la libertad interior solo pueden alcanzarse cuando somos capaces de discernir lo que no necesitamos en nuestra vida, lo que no nos conviene e incluso nos hace daño. La paz espiritual se hace presente cuando somos capaces de trascender la incomodidad que trae consigo el abandonar nuestros apegos y aprender a vivir con la ausencia de lo que pensábamos que era determinante para nuestra existencia. Pero nos consume el miedo a perder, la temporalidad de las cosas y de la gente. Como menciona Walter Riso en su libro Desapegarse sin anestesia: “No importa el estrato social, la cultura a la que pertenezcamos o cuán inteligentes somos, nos cuesta comprender profundamente que nada es para siempre”. En otras palabras, si aceptáramos esta verdad absoluta e inamovible, sufriríamos menos. Si realmente la admitiéramos desde lo más hondo de nuestro ser, si fuésemos realistas al respecto, renunciaríamos al intento inútil y sin sentido de querer retener a las personas y las cosas.

Lo que muchas veces minimizamos es el hecho de que el apego es una dependencia y una dependencia, es una adicción. Al desdeñarlo como un verdadero problema, nos entregamos sin reparo a nuestros deseos, sufriendo pero insistiendo en que “no hay dilema qué resolver”. Y así, desarrollamos apegos a casi todo: las personas, las cosas materiales, el trabajo, el éxito, la comida, las ideas, el ejercicio, la espiritualidad, el dinero, el pasado y a un larguísimo etcétera que no parece tener fin. Nos engañamos pensando que si se trata de algo “bueno” o “noble” en principio o, si se trata de algo socialmente aceptable, no puede ser perjudicial para nosotros. Pero nuestra realidad nos muestra algo muy distinto: los apegos nos deterioran, afectan nuestra capacidad para disfrutar la vida y ensombrecen nuestro verdadero yo.

Como yo lo veo, en una sociedad en desarrollo como la nuestra la verdadera evolución consiste en soltar, en dejar ir, en dejar ser y en aprender a disfrutar mientras se tenga y en saber que algún día ya no habrá o no estará y, estar bien con esa realidad. Es decir, el auténtico crecimiento se encuentra en el desapego. Sin embargo, ¿cómo podemos ir en pos del desapego sino comprendemos a qué nos referimos con ello, si lo seguimos confundiendo con indiferencia, egoísmo y desinterés?

El desapego es ante todo la ausencia de miedo, un desprendimiento emocional y psicológico que otorga libertad y nos permite estar en paz con lo que es, tal y como es. El desapego es una práctica consciente porque implica hacer frente al temor y desterrar la idea irracional de que nuestra peor pesadilla no solo puede ocurrir, sino que de volverse realidad, se llevará lo mejor y más preciado de nuestra vida. ¿En dónde está la clave del más puro desapego?

Hemos de cultivar la sana idea – rechazada casi siempre – de que nada ni nadie es esencial e indispensable para nuestra vida, pero particularmente para nuestro bienestar y felicidad. Y cuando decimos esto, es posible que una voz sigilosa nos susurre “¿De verdad nada ni nadie?” como si pudiésemos o debiéramos identificar cuando menos una, dos o tres cosas o personas que bajo ninguna circunstancia debieran concebirse como no indispensables. Pero la realidad es que así es. Si regresamos al punto más álgido e irrefutable de todo lo que se ha comentado hasta ahora: “Nada es para siempre” y lo aceptáramos de verdad, sabríamos que no tiene ningún sentido aferrarnos a las cosas y a las personas, que es inútil sucumbir a la preocupación incesante de la pérdida cuando todo cuánto nos rodea: el universo, la vida, la realidad y nuestro propio ser nos evidencian a cada momento, a cada minuto y a lo largo de la historia que ningún objeto, ninguna persona, ninguna idea es permanente. Nada es eterno.

Por lo tanto, el apego no es más que una creencia que nos domina. Es la idea de que algo o alguien es vital para nosotros y que, de romperse el vínculo, la catástrofe se revelará. Logramos sobrellevar la ansiedad que esto nos provoca pensando que podemos hacer algo para evitar la pérdida o el acabose. Ya sabemos que somos impotentes ante la avasalladora realidad de la vida: todo cambia, nada es para siempre… pero no lo aceptamos. Entonces, si no hay nada que perder ¿por qué alimentamos el miedo por lo que va a suceder? A final de cuentas, porque nos identificamos con el objeto de nuestro apego, llámese pareja, hijos, casa, apellido, estirpe, educación, profesión, trabajo, dinero y muchas otras cosas más que pensamos que nos hacen ser quiénes somos y solo logran – a lo mucho – explicar lo que creemos que somos. Nada más.

Es un craso error perder de vista que el fin último de nuestra existencia es ser quienes estamos destinados a ser, pero que el más grande obstáculo para lograrlo son los apegos. El apego es como una gran prisión donde hemos encarcelado todo aquello y a todos a aquellos que queremos en nuestra vida para darle sentido, a cualquier precio. La liberación es el secreto del desapego. No hay nada en la vida que pueda darnos más paz interior que la libertad de ser felices teniendo sin poseer o quedar despojados y seguir siéndolo.

 




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