Cuida tu consciencia, no tu reputación

 

Por Gabriela Soberanis Madrid
[email protected]

“Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que los otros opinen de ti.” – Séneca

Nacimos siendo absolutamente maravillosos, libres y completos. La gran tragedia es que, sin darnos cuenta y en algún momento, llegamos a creer que debíamos convertirnos en algo más. Comenzamos a pensar que teníamos que ser diferentes para pertenecer o asegurar que otros nos acepten. Sin embargo, estas son solo un repertorio de creencias contaminadas que habitan dentro de nosotros y que nos circunscriben, no solo a ser quiénes realmente somos, sino en primera instancia a descubrir quiénes somos. De la falta de conocimiento de uno mismo es de donde nace la necesidad de defender nuestra posición, de compararnos con otros y de querer ser lo que no somos. Es de donde proviene la amarga urgencia de validar fuera de nosotros lo que solo podemos aprobar desde nuestra conciencia.

Si eres observador, te habrás percatado que la gente dice cosas que no siente, hace cosas que no quiere y se rehusa a aceptar sus errores con mucha facilidad. Buscan la aprobación de terceros incluso a costa de su integridad; necesitan que los acepten no por quienes son, sino por lo que creen que deben ser.

Saber quiénes somos constituye quizá la experiencia más trascendental de nuestras vidas. Es un proceso que lleva implícito el descubrimiento, la capacidad de “ver”, de “darnos cuenta”. Implica revelar y precisar con objetividad nuestras limitaciones y capacidades; discernir el origen de nuestros pensamientos, actitudes, valores, emociones, sueños y esperanzas. El infortunio es que esta posibilidad de hallarnos significa emprender un recorrido pausado y, sin duda, complejo que, muchas veces, se ve empañado por temores, círculos no cerrados, desconfianzas, debilidades y culpas que nos hacen desistir en el intento y perder de vista la gran recompensa que supone saber quien es uno sin someterse al escrutinio de otros para definirse.

Sin duda alguna, las personas son libres de tener su propia idea de ti, pero solo tu sabes si esa valoración coincide con la tuya y con tu realidad. Entonces ¿Por qué darías más mérito a la opinión de otros de algo que sólo tu puedes conocer? ¿No te parece absurdo?

Por absurdo que sea, es una realidad que vivimos en una sociedad donde padres de familia, amas de casa, empleados, empresarios, profesionistas y hasta empresas están más ocupados en cuidar su reputación que su consciencia.

Confundimos reputación con conciencia, creyendo que son la misma cosa y no lo son en absoluto. La reputación es lo que otros piensan de mi, la conciencia es lo que yo conozco de mi. La reputación sabe de estrategias de autodefensa, demanda incesantemente la validación externa y consigue resultados basados en lo que otros ven. La consciencia en cambio, es el verdadero guardián, el único juez que nos seguirá a todas partes hasta el fin de nuestra existencia. Se apoya en la reflexión interna de la realidad y sabe distinguir entre un cumplido y una crítica y la ratificación unánime de lo que yo sé de mi y lo que los demás ven de mi. A fin de cuentas, no perdamos de vista esto: somos lo que creemos que somos.

La reputación puede adulterar la verdad, la consciencia jamás. Podemos engañar a otros sobre quiénes somos e, incluso, intentar autoengañarnos; pero la naturaleza de nuestros errores e insuficiencias no puede ser absuelta por el tribunal de la conciencia. Los puntos de vista y opiniones de los demás son tiranos piadosos comparados con el juicio que tu conciencia hace de ti, aún cuando te niegues a enfrentar la opinión que has construido de ti mismo.

Cuando hablo de hacer a un lado la opinión de otros y tener el valor de ser quién realmente eres, no me refiero a hacer lo que te venga en gana como una forma de probar que eres inmune a las opiniones externas. No tiene nada que ver con actos de rebeldía, sino por el contrario, hablo de mirar con benevolencia dentro de ti y aceptar sin juicios lo que ves, admitir los puntos oscuros y apreciar genuinamente lo aspectos luminosos, reconocer tus incongruencias y deseos más inconscientes y hacer las paces con lo que eres, sea que estés satisfecho con lo que hallaste o no.

Por otro lado, es interesante observar que las personas que se preocupan más por lo que otros piensan tienden a juzgar con mayor facilidad a los demás. Las valoraciones que hacemos de otros están asociadas a características de nuestra propia personalidad. Generalmente son un reflejo de lo que nosotros somos. Tener una opinión sobre lo que otros hacen, dicen o piensan es una clara señal de tu tendencia a juzgar a otros y dice mucho más de ti, que de los demás. Digámoslo de otra forma: lo que piensas de otras personas está relacionado con lo amable, feliz y emocionalmente estable que eres.

La búsqueda de la aprobación externa es un deseo legítimo y muy humano, pero nunca debiera ser una necesidad. Subordinarse a la aceptación que los demás muestran hacia ti es un lastre que limita el desarrollo de una sana autoestima. Desafortunadamente no puede gozarse de una autoestima saludable cuando se depende de la estima ajena para estar bien.

Así, en esta confusión entre reputación y conciencia es que hemos dado más valor a la primera, suprimiendo toda posibilidad de trascender el dilema de legitimar lo que solo yo sé de mi. Solamente haciendo un profundo examen de conciencia es que sabremos sin titubeos y con honestidad que lo que otros piensan o digan es irrelevante en relación al conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Es evidente que de nada sirve que otros posean un concepto impecable de mi persona si yo dudo de esa percepción o he transgredido aspectos de mi ser en aras de cuidar la imagen que otros tienen de mi. Por lo tanto, no tiene sentido gozar de una buena reputación si ésta no coincide con lo que tu consciencia te indica de ti mismo.

 




Volver arriba