Cosas cotidianasY hay de piropos a piropos...

Cosas cotidianasY hay de piropos a piropos…

Javier Caballero Lendínez (*)

“El Pipas” era un tipo peculiar, de esos que se encuentran una vez en la vida y que es difícil obviarlos o no sacar algo positivo de ellos. Todo le daba igual. Le llamaban “El Pipas” porque era un maestro comiendo pepitas de girasol, el más rápido del barrio. También tenía una mente rápida, desparpajo y gracia, mucha gracia. Además, era el único capaz de eructar durante casi 10 segundos seguidos y eso, a cierta edad, era considerado un don.

Solíamos sentarnos a pasar las ligeras tardes de vacaciones en unas escaleras que chorreaban de una casa vieja que contaba los días para jubilarse, especialmente con la fiebre del ladrillo que ya se atisbaba en el horizonte. Las casas así se multiplicaban en el barrio Fígares, donde me crié, como también se multiplicaban los grupos de niños apostados en sus escalones decenarios, hablando de todo -menos de cosas trascendentales-, especialmente de fútbol y los miles de temas derivados de él. Cada año por esas fechas era temporada de ebullición de las canicas en cualquier parque, por alejado y solitario que fuera, del apogeo de los cromos futboleros de Panini y, por supuesto, de las chicas que ya empezaban a rondar nuestra mente.

“El Pipas” era un “tío lanzado”, quizás como resultado de su dejadez y poco interés en lo que podría pasar posteriormente. Decía las cosas que le pasaban por la cabeza en el momento que dos de sus neuronas hacían conexión… independientemente de dónde se ubicaban. Hacían conexión y punto (equisssss).

Pasábamos la tarde, una de abril, en plena Semana Santa de no recuerdo qué año, en aquellas escaleras resquebrajadas, riéndonos de todo y de nada a la vez. José, “El Pipas”, “Lobillo”, yo… De repente, como muchas otras tardes, apareció “la vecina”, una rubia muy guapa, mayor que nosotros, de unos 18 años, con quien siempre nos cruzábamos en el barrio y cuya salida de su casa siempre esperaban algunos niños tímidos y enamorados. Nos quedamos callados mientras la veíamos acercarse con su pastor alemán al que, como siempre, sacaba a pasear a la misma hora. No recuerdo qué hacía mientras caminaba. Siempre me lo he preguntado. Al no haber celulares en los que agachar su mirada y cabeza creo que no hacía nada, sólo mirar de frente o al cielo o quizás me miraba a mí (por un momento me lo creía).

-Hola, ¿muerde? (preguntó “El Pipas” sin miramiento, ni tensión algunos).

-No. Parece que podría morder, pero no (responde la Diosa bajada de aquella casa con aquel guardián de cuatro patas).

-¡Ah! Muy bien.. ¿Y el perro? (respondió “El Pipas” con una ligera mueca de ligón de playa venido a menos, en plena decadencia con apenas 10 ó 12 años).

(Sonrisas. Silencio. Guiño. Despedida).

No me lo esperaba. Yo tragué saliva y abrí mis ojos como si fueran huevos fritos. “El Pipas”, ese tipo que además de ser un lanzado, el mejor jugador de canicas de la escuela, buen mediocampista, aunque un poco alocado, había soltado el primer piropo público que yo escuchaba. En ese momento ella sonrió. “Gracias, me gustó ese piropo”, dijo con una medio sonrisa, mientras se marchaba sin acelerar su ritmo. Yo respiré.

Réquiem

Durante las últimas semanas Argentina ha vivido un debate único, diferente, alimentado más si cabe por las poco inteligentes palabras del alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, quien dijo que a las mujeres les gusta escuchar un piropo incluso si éste es acompañado de una grosería y afirmar que no cree a aquellas mujeres que se sienten ofendidas por estos comentarios. Ya se puede imaginar, querido lector… tan listo Macri como muchos otros políticos de este país. La ONG Acción Respeto promovió una espectacular campaña con frases pronunciadas por hombres hacia las mujeres, frases muy subidas de tono. Al final, la campaña remataba con un “Si te incomoda leerlo, imagínate escucharlo”.

Lo cierto es que hay de piropos a piropos. De formas de decir piropos a formas de tomárselos. Según la Real Academia de la Lengua, un piropo es una lisonja, una “alabanza afectada, para ganar la voluntad de alguien”. Dicho sea esto me surge una duda. El piropo que se acompaña de groserías no es un piropo y no debemos llamarlo así. Tampoco el que se acompaña de un tocamiento no permitido en primera instancia. Entonces… ¿cómo llamarle a eso además de falta de respeto?- Mérida, Yucatán.

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@erjavievie

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*) Periodista

“El Pipas” era un “tío lanzado”… Decía las cosas que le pasaban por la cabeza en el momento que dos de sus neuronas hacían conexión… Hacían conexión y punto




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