Cosas cotidianas

Borrachera de letras

Por: Javier Caballero Lendínez (*)

Hay que estar siempre borracho. Todo está ahí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del tiempo que te rompe los hombros y te inclina hacia la tierra, hace falta emborracharse sin parar -Charles Baudelaire, Emborráchense (Enivrez-vous)

Empezando por Quevedo o Lope de Vega, siguiendo por Baudelaire, Edgar Allan Poe, Verlaine o Dostoyevski y terminando con Ernest Hemingway, por ejemplo, la famosa frase “Escribe borracho. Corrige sobrio” -que falsamente se atribuyó al escritor estadounidense- parece que tiene su razón de ser.

Hay quien dice, y se plasma en muchas obras de diferentes corrientes como el simbolismo o el romanticismo, por ejemplo, que la obra literaria, con sangre y vino es un éxito. Algunos escritores iban más allá y alucinaban para lograr el súmmum creativo, una suerte de apogeo que en muchos casos se convertía en un empuje efímero de adrenalina, aunque en otros en verdaderas joyas literarias.

El miedo creativo a un papel en blanco, ya sea impreso y acompañado de una pluma secándose en aquellos tiempos, o de un teclado mustio hoy día, orilla a muchos escritores a refugiarse en una verdad -según muchos estudios- impactante: el alcohol puede liberar la creatividad y hacer que ésta actúe de manera más eficiente y exitosa.

Pero después de estas frases que no llevan a casi nada, sólo a una realidad literaria casi de Perogrullo y a una reflexión sobre un estudio un tanto ocioso que a muchos puede sorprender viene el tema en cuestión. Las cuentas son claras. Las matemáticas exactas y si Pitágoras no se confundió, en este país uno toma para muchas cosas, para escribir, para trabajar, para manejar, para caminar, para todo. Incluso ingiere más alcohol de lo que lee libros. Lógico, pensarán muchos… o todos… Y lo pensarán porque en México una persona lee entre dos y tres libros al año y se toma casi ocho litros de alcohol. Es decir, que cada libro se lo leyó tomando entre tres y cuatro litros de alcohol, casi un litro cada 50 páginas si consideramos un promedio de paginación de 200 por libro. No está nada mal. Bueno, eso suponiendo que solamente tome alcohol cuando lee, cosa que dudo mucho.

Y aprovechando el tema, en la última Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales, realizado por la Conaculta en 2010 había datos interesantes. Sólo en Yucatán, el 46% de los encuestados no había visitado una biblioteca. De ese porcentaje, el 43% lo justificó porque no tenía tiempo y 26% porque no le gustaba leer. El resto no lo hizo por varios motivos.

Por otra parte, el 56% de la población encuestada nunca había visitado una librería, el 75% no compró ni un libro en los últimos 12 meses y el 66% ni siquiera había leído alguno en un año. Estoy expectante esperando la última Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo de Alcohol, pero estoy seguro de que los datos serán mucho más halagüeños, sobre todo para la industria cervecera, que es la bebida que se lleva la corona de laureles en este país.

Réquiem

Un apapacho para quienes no leen libros y se sienten criticados. Camilo José Cela era un tipo peculiar. Años antes de ganar el Premio Nobel de Literatura el escritor español que forjó parte de su carácter durante la Guerra Civil Española cumpliría este mes 98 años. Académico de la Real Academia Española de la Lengua, conferenciante, poeta, dramaturgo, ensayista, novelista y muchos “istas” más, hizo de su nombre y apellido una pasión que traspasó fronteras.

La primera vez que lo vi fue en la televisión, durante una entrevista. El autor, amante de la buena y extensa siesta, la cual disfrutaba “con pijama y orinal”, negó que hubiera gente que no leyera. “Leer el periódico también es leer, no os preocupéis”. Además, hacerlo te hace mejor persona, te convierte en protagonista de tu realidad y lo que te rodea, y de esos el mundo está muy necesitado…- Mérida, Yucatán.

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@erjavievie

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*) Periodista




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