Comparación de opuestos

Agenda ciudadana

Lorenzo Meyer

Odiosas pero útiles. Al recorrer cualquier “historia grande” encontramos en algún punto afirmaciones como ésta: “El personaje resultó ser el adecuado a las circunstancias”, pero también se da lo contrario: “La circunstancia no encontró al personaje adecuado”.

A primera vista podría parecer odiosa y ociosa la comparación entre el papel jugado en sus respectivas transiciones por el recién fallecido Adolfo Suárez, presidente preconstitucional primero (1976) y luego primer presidente constitucional de España (1977-1981) tras la muerte del dictador Francisco Franco, y Vicente Fox, el primer presidente mexicano tras 71 años ininterrumpidos de gobierno del PRI. Sin embargo, la comparación entre opuestos en circunstancias relativamente similares es útil.

Desde luego que los grandes momentos de cambio político nunca pueden explicarse por un solo factor y menos por una sola persona. Se trata siempre de una acumulación de procesos y cambios que terminan por modificar una época. En ningún caso, por capaz o incapaz que sea un personaje, puede ser el único responsable del logro o de la oportunidad perdida. Sin embargo, un individuo situado en una posición de responsabilidad sí puede jugar un papel sustantivo. Por ejemplo, César, al decidirse a cruzar el Rubicón con sus legiones en 49 a.C.; Hitler, al decidir el ataque a la URSS en 1941 y asumir la dirección de toda la operación; o Mao, al lanzar en 1966 a 11 millones de jóvenes chinos a la “Revolución Cultural”. Si no queremos ir tan lejos, entonces consideremos la voluntad de Juárez para echar abajo al segundo imperio o la de Madero para poner fin al porfirismo.

El español. En España, a la muerte de Franco, el impulso del cambio de régimen se echó a andar desde dentro y desde arriba. Un franquista “blando” (Suárez) flanqueó con gran habilidad y decisión a los franquistas duros y terminó por ganar limpia y rápidamente la partida.

En 1976, el rey Juan Carlos I, como jefe del Estado, y necesitado de sacudirse su marca franquista original, logró que los franquistas designaran como presidente a un joven burócrata -43 años- desconocido y también formado en el franquismo, y al que luego le pidió “obrar sin miedo” en una gran encomienda: desmantelar desde dentro al franquismo y modernizar y democratizar a España.

Suárez y su círculo íntimo de inmediato se empeñaron en una auténtica reforma política negociada con una oposición aún ilegal, que incluyó las primeras elecciones parlamentarias democráticas desde 1936.

Luego, el reformador encubierto maniobró como virtuoso para poner al frente del ejército a un general comprometido con su proyecto para después, con un decreto del rey, legalizar lo inaceptable para el alto mando militar: al partido comunista. Manipulando todo lo manipulable -especialmente la televisión-, Suárez y su recién creada Unión del Centro Democrático (UCD) ganaron por mayoría relativa las elecciones de 1977 para más tarde concertar una alianza con las izquierdas y en 1978 desembocar todo el proceso en una constitución democrática, pactada con centro, izquierdas y derecha, aprobada por el 88% de los votantes y donde se reconocía la autonomía de las regiones. ¡Todo un logro!

Cuando en enero de 1981 Suárez ya no pudo mantener el apoyo de su UCD, renunció como presidente de ese partido y del gobierno y declaró que nada lo obligaba a ello salvo su deseo de evitarle un costo a España. Inmediatamente después se produjo un intento de golpe militar que fracasó -y donde Suárez siempre estuvo a la altura-. El golpe fallido inmunizó al sistema contra nuevos intentos y aunque Suárez ya no ocupó el centro del escenario, ya estaba asegurada la transición que él encabezó, lo mismo que su lugar como gran estadista, como lo confirmó el reconocimiento de la clase política y de su pueblo durante su funeral.

El mexicano. Vicente Fox, como Suárez, era un desconocido cuando le tocó encabezar la transición mexicana, pero pasada su elección el candidato simplemente ni supo ni quiso ponerse a la altura de sus circunstancias. Fox nunca se propuso superar el equivalente del franquismo en México -el priismo-, ni intentó darle a los mexicanos la nueva constitución que demandaba la nueva era. Finalmente, la decisión de Fox de cargar los dados electorales para negarle su turno en el poder a una izquierda menos radical que los socialistas españoles hizo que entre 2004 y 2006 el personaje jugara un papel más parecido al de los golpistas españoles de 1981 que al de Suárez. Tras las elecciones de 2006 y el “haiga sido como haiga sido” del vencedor, la transición mexicana se echó a perder y el PRI de siempre regresó al poder.

Fortuna. Con frecuencia un proceso histórico de gran magnitud suele interpretarse como inevitable, pero siempre existió la posibilidad de que ese proceso se hubiese desarrollado de otra manera. La transición española tuvo la suerte de encontrar a Suárez pero la mexicana se topó con Fox y descarriló. La veleidosa fortuna, diría Maquiavelo, no estuvo del lado de México y sí de España.

Resumen: Para su buena fortuna la transición española se topó con Suárez y para nuestra mala fortuna la mexicana se topó con Fox.- México, D.F.

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*) Historiador y analista político




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