Como mordaza definitoria

Como mordaza definitoria

Una vergüenza colectiva

Por Alfonso Villalva P. (*)

A los compañeros periodistas: los caídos y los que están en pie…

El binomio casi indisoluble que forman las ciudades de Minatitlán y Coatzacoalcos puede ser recordado prácticamente con todos los sentidos, pero especialmente con la memoria del olfato por ese aroma a humedad subtropical que emana de su verde eterno, de la fertilidad de sus tierras, del entorno en el que casi cualquier terrícola que asoma por allí, porta una sonrisa y un halo de buen humor. Y luego viene la zona de Acayucan y las Choapas. Tan lejanas quizá para el pueblo yaqui, o la cosmopolita Guadalajara, los migrantes estacionados en Tijuana.

Célebre la región por el complejo Pajaritos, por la incesante actividad petrolera y agrícola. Macabra celebridad por el paso de La Bestia que a lomos lleva la ignominia, la afrenta nacional, la verdad olvidada por la forma en la que denostamos los derechos humanos de los hermanos provenientes del Sur, de los nuestros que transitan desde Chiapas, Oaxaca, Tabasco con rumbo a la extorsión o la muerte, mientras ellos creen que persiguen su oportunidad de conquistar el “American Dream”.

Hay algo de todo eso hoy detrás de estas páginas de periódico que hojeas -si es que aún tienes esa costumbre anticuada de preferir el aroma a tinta fresca sobre el papel-, o que navegas, si es que ya de plano mudaste a la era digital y prefieres la información colorida, retroiluminada y al simple alcance de pinchar un botón. Algo detrás, decía, que hoy, con melancolía, provoca que en cualquier instante tú puedas sintonizarte con los hechos de aquí, de allá, de todo el planeta.

Eso que está detrás y que lo hace posible es lo que hacía “Goyo”, lo que hacen los demás: quizá una de las profesiones de mayor calado en el concepto de sociedad que asimilamos desde hace cientos de años, y que se personifica en la figura del periodista, el reportero; ese singular ser humano que pasa la vida anticipando, salivando, en pos de la nota, en la búsqueda de la historia, la verdad, la explicación plausible. Ese ser de otra naturaleza que parece traer en la sangre un ADN distinto que le impide claudicar. El icono -o avatar en términos de redes sociales- que sintetiza ese derecho fundamental tan debatido y a veces pervertido que es la libertad de expresión.

Confieso que tengo una tendencia natural por dejarme seducir particularmente por las profesiones u oficios cuya adversidad luce gigantesca. El periodista parece querer acapararla toda por naturaleza: normalmente hay mala paga, los horarios son insufribles, las esperas son inacabables. En muchos casos, además del lápiz, el papel y la grabadora de bolsillo hay que trasladar equipo pesado, caro y ajeno. La amenaza perenne del crimen, los grupos de interés, los posibles afectados…

Hay que sufrir, pues, pero no existe ninguna barrera que parezca ser suficiente en esa obstinación con la que parecen haber nacido para escudriñar, cuestionar, investigar; para luego ser artífices del traslado a la luz pública -a la comodidad de tu hogar u oficina, o donde diablos sea que lees las notas periodísticas-, lo que de otra manera no se conocería jamás.

Cuántas vidas habrán salvado, cuánta justicia habrán enderezado, cuánta esperanza habrán otorgado. Por muchos años he tenido el privilegio de conocerles, observarles; como compañeros, amigos en muchos casos, referentes en tantos otros, ajenos e inspiradores en varios más. Desde aquellos tiempos en “Excélsior”, o en las diferentes plazas en las que he tenido el privilegio de compartir planas, y vidas y cafés con ellos. Por supuesto que en Veracruz también, faltaba más. La nota común que me han regalado siempre es respeto y admiración, especialmente por su valentía, su determinación de no comprometer su propia verdad.

Probablemente ellos son el buque insignia que patentiza nuestro inalienable derecho a decir, a opinar, a externar nuestros pareceres, gustos y preferencias, por el simple placer de hacerlo, por el elemental sentido de comunicar, por el deber de compartir, orientar, reflexionar o denunciar. Son la fuente inagotable de los datos y las historias que nos hacen reír y llorar, cabrearnos y llenar nuestras sobremesas los fines de semana.

“Goyo” -Gregorio Jiménez de la Cruz-, Coatzacoalcos y Minatitlán no podrán tener sentido nuevamente, asociados unos a los otros, o no, en la medida en que un compañero periodista carezca de las seguridades que le amparen para que, por ejercer su profesión, no se haga indefectiblemente candidato a perecer con un trozo de metralla en las entrañas como mordaza definitoria.

“Goyo” somos todos. Su desgracia es nuestra también. Por él, por los demás y los que siguen por allí. Por todos nosotros y por la sociedad a la que aspiramos en cualquier sitio del planeta. Es su muerte y la de sus compañeros en Veracruz y en todos lados la que nos revuelve el estómago en una vergüenza colectiva que requiere finalizar ya.- México, Distrito Federal.

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@avp_a

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*) Escritor

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