Comercio libre, ¿ciudadanos libres?

Antonio Salgado Borge (*)

Aniversario 20 del TLCAN

Los de en medio habían hecho revoluciones bajo la bandera de la igualdad, y luego habían establecido una nueva tiranía —George Orwell, escritor británico

Veinte años han transcurrido desde la fecha de entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), acuerdo con que el gobierno mexicano pretendió coronar más de 10 años de políticas unilaterales con las que gradualmente se habían venido liberalizando —abriendo y dejando a los designios del libre mercado— diversos sectores de la economía nacional.
En su momento, el TLCAN fue publicitado por sus principales promotores como una enorme oportunidad para, de la mano de la liberalización comercial, detonar el crecimiento económico de México y hacer converger el ingreso de los trabajadores mexicanos con los de nuestros vecinos del norte; metas que claramente se han incumplido.
Y es que, a pesar de que el comercio exterior de bienes y servicios nacionales aumentó de alrededor de 25% del PIB a mediados de los 1980 —período en que da inicio el proceso liberalizador— a 66% en 2007 (Blecker, “El Colegio de México”, 2010), en 2006 la incidencia de la pobreza fue casi igual a la de 1984 y la desigualdad en la distribución del ingreso fue mayor que la de ese mismo año (Lustig, “El Colegio de México”, 2010).

No sólo no nos hemos acercado a los salarios reales de Estados Unidos o Canadá, sino que, de acuerdo con un informe de la Cepal (2012), entre 1994 y 2010 el salario real mexicano ha caído en un promedio de 0.17% anual. El total de empleo manufacturero tampoco ha crecido; si bien se han generado nuevos empleos en el sector exportador, éstos apenas han compensado los empleos perdidos en industrias que no entran en este rubro (Lustig, 2010).

La llamada “pobreza de alta productividad”, derivada en parte de la capacidad de presión sobre sus obreros que caracteriza a los grandes empleadores dentro del mercado globalizado (“Foreign Policy”, 08/07/2010) y la virtual aniquilación de los pequeños productores agrícolas nacionales que, desplazados, se han visto en la necesidad de buscar otras fuentes de ingreso (“The New York Times”, 23/03/2009) sin encontrar opciones en un sector formal famélico, son dos ejemplos que revelan los efectos del TLCAN pueden ser contrarios a lo prometido.

En un documento titulado “NAFTA and the Mexican Economy” (2010) el Servicio de Investigación para el Congreso de Estados Unidos dictamina contundentemente: el libre comercio por sí sólo es insuficiente para acercar el poder adquisitivo de los mexicanos al de los estadounidenses. Para ello se requiere mayor inversión en educación, innovación, infraestructura y calidad en las instituciones, así como un motor doméstico que potencie la demanda interna.
Como suele suceder, son los sectores más vulnerables los primeros en resultar afectados.
Los gritos de auxilio están ahí para quienes quieran escuchar. De forma organizada o no organizada, fenómenos como el EZLN y sus comunidades, la incontenible migración de mexicanos hacia Estados Unidos o la informalidad rayana en ilegalidad tienen todos la impronta de las condiciones de este tiempo.

La liberalización comercial deja de ser excitante cuando se convierte en una amenaza. Los campesinos mexicanos lo han entendido desde hace casi tres décadas, pero cuando los intereses personales de las clases medias y altas están en juego, la inconformidad puede dejar de aparecer mendaz y comienza a vestir de gala.
Quienes tienen sus necesidades básicas cubiertas han podido acceder a bienes y servicios importados, y ver cómo su hábitat se transforma con el florecimiento de establecimientos comerciales que recrean la atmósfera del “estilo de vida americano”. Pero una persona, de acuerdo con las reglas de este juego, puede consumir estrictamente en la medida en que es capaz de producir.
En un escenario en el que la industria no exportadora sucumbe ante la exportadora, donde 50% de exportaciones son realizadas por 44 empresas (“Reforma”, 01/01/2014), las importaciones de insumos de las maquiladoras constituyen alrededor de tres cuartos del valor bruto de sus exportaciones (Blecker, 2010), los oligopolios operan impunemente y las distribuidoras trasnacionales abarcan cada vez más líneas de productos y áreas geográficas, se antoja improbable que las condiciones de vida de la descendencia de parte de quienes conforman el sector industrial y comercial mexicano puedan ser similares a las de sus padres.

No pretendo de ninguna forma desestimar las importantes oportunidades y bondades que la globalización ofrece; pero me parece indispensable subrayar que, en un país con la mitad de su población pobre, con un gobierno sin visión de Estado que permite abusos de corte neocolonial y sin órganos reguladores confiables, los costos de encarar inadecuadamente este fenómeno han sido y seguirán siendo enormes.
El libre comercio parte de una cosmovisión que concibe a la libertad de la voluntad como el valor fundamental en el ser humano.
No podría estar de acuerdo con esta premisa; pero esta libertad no se reduce a la libertad de consumo y sólo puede ser plenamente realizable en las condiciones materiales e intelectuales adecuadas; condiciones a las que, como se ha visto, la liberalización económica por sí sola no nos ha acercado ni un ápice.

El bienestar de los seres humanos debe ser medido por su capacidad de autodeterminación y no por su productividad o por el acceso que se tenga a bienes materiales no necesarios como pantallas planas o tabletas. ¿Tiene sentido que un país se entregue a la liberalización comercial irrestricta si ésta termina haciendo a buena parte de sus ciudadanos menos libres?— Mérida, Yucatán.
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@asalgadoborge
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*) Maestro en Estudios Humanísticos. Profesor de la Universidad Marista de Mérida




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