Ciudadanos participativos

Repensar la democracia mexicana

Othón Baños Ramírez (*)

Varios autores aseguran que vivimos en México una época postdemocrática, como es el caso en los Estados Unidos. Esas afirmaciones refieren varios temas: la primacía de poderes Ejecutivos frente al Legislativo y Judicial; el distanciamiento de las élites políticas respecto de los gobernados; el desplazamiento de los partidos políticos hacia un centro nulificando la verdadera alternativa en el poder; la ceguera frente a la creciente desigualdad y violencia social, etcétera.

Con los problemas citados todo el mundo está de acuerdo porque los observa o bien los palpa. En otra ocasión voy a discutir el “post”. Convengamos por ahora que tenemos una democracia incompleta y un ensamblaje político torcido. Primero, la democracia es un espacio abierto donde, en principio, cualquiera puede hacer valer su opinión, que posibilita mil formas de presión, e incluso se contempla la posibilidad de echar a los gobiernos. En nuestro país existen espacios abiertos a la opinión pública y movilización, redes sociales, movimientos de protesta, manifestaciones, posibilidades de intervención y bloqueo. Muchos postulados democráticos desde luego están en nuestra Constitución. En lo formal, la democracia mexicana es casi un modelo. El gran faltante está en la práctica.

Segundo, permítanme simplificar al sistema de gobierno democrático a partir de tres ejes: el Estado —gobierno, partidos políticos, etcétera— financiado con impuestos y legitimado a través de las elecciones; la economía, encargada del crecimiento capitalista y de brindar un nivel de ingresos adecuado al Estado y a la población; y los ciudadanos depositarios de la soberanía nacional. Este último eje fundamental es el más flojo y tuerce todo el funcionamiento del sistema.
Lo que no va nada bien en la democracia mexicana es la práctica política de frente al ciudadano, es decir, la posibilidad de convertir la amalgama plural de fuerzas sociales en proyectos y transformaciones políticas, de dar cauce y coherencia política a las expresiones populares y configurar el espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice. En esta materia andamos muy cortos, aunque se debe reconocer que hay grupos sociales que han sacado enorme provecho y no desean un cambio.

Tenemos hace tiempo una sociedad agraviada e irritada y un sistema político agitado, y, sin embargo, seguimos escuchando el mismo discurso, las promesas, incluso pactos, sin que resulte nada nuevo como tenemos derecho a esperar, dada la naturaleza de los problemas con los que los ciudadanos enfrentamos cotidianamente. La clase política sigue atrapada en su laberinto, no parece estar a la altura de los retos históricos que le toca confrontar.

Dicen los expertos —como Guillermo O’Donnell— que el retroceso de la participación electoral no es consecuencia de una falta de interés en los asuntos públicos. Pero algo anda mal cuando la ciudadanía huye de las formas clásicas de organización. Es verdad que el espacio digital ha abierto nuevas posibilidades de activismo político.

Para amplios sectores de la población, la realidad representada por los partidos políticos ya no resulta atractiva, mientras que la cultura virtual de la Red les permite articular cómodamente sus disposiciones políticas fluidas e intermitentes, e incluso situarse “offline” en cualquier momento.

No faltan tampoco ejemplos de activismo en el espacio físico, ahora vinculados a la movilización digital: manifestaciones y “performances” que obtuvieron una cierta celebridad, como los foros alternativos con motivo de las cumbres mundiales; los Indignados en España, Occupy Wall Street, #yosoy132, entre otros.

No pongo en cuestión la bondad de estas actuaciones de resistencia cívica o campañas “on line”. Sin embargo, señalo que al no inscribirse en ningún marco político que les dé coherencia, pueden dar a entender que la buena política es una mera sumatoria de luchas cuyas conquistas sociales son puntuales. Su talón de Aquiles es la continuidad y articulación. Ha fallado la construcción política e institucional de nuevos ensamblajes democráticos más allá de la emoción del momento, de la presión inmediata y la atención mediática.

Si la política sirve para algo es precisamente para integrar con una cierta coherencia y autorización democrática las múltiples demandas que surgen continuamente en el espacio de una sociedad abierta. Alguien debería ocuparse de ordenar esas reivindicaciones y gestionar su inclusión en la agenda política nacional. Es la chamba de los partidos políticos que no están haciendo bien.

Sin compartir la idea de que todo pasado en México es mejor que el presente, puedo afirmar que el verdadero liderazgo político es hoy día un bien muy escaso. ¿Dónde están los verdaderos líderes políticos? Aquellos que no se conforman con escuchar las buenas razones de los reclamos sociales de la sociedad, sino que proponen y construyen nuevos consensos, que nos hacen soñar en nuevas narrativas de larga duración, como diría Lyotard.

Visto lo anterior, la ciudadanía por la que merece la pena luchar es aquella según la cual el individuo no sólo defiende el derecho a la participación política, a la protección social y a los servicios básicos, sino que dota al individuo de herramientas intelectuales para conocer a profundidad el sistema político en que vive y se reproduce.

Para este propósito de crear una ciudadanía políticamente activa y responsable, la educación es una pieza fundamental. El aprendizaje de destrezas técnicas y conocimientos científicos es imprescindible, claro, pero también la formación humanista que permite el ejercicio pleno de las capacidades cívicas en el terreno político y social.

Es muy desafortunado que en México, la educación pública se haya visto seriamente mermada sobre todo en sus aspectos humanísticos —literatura, filosofía, historia, educación cívica— considerados como superfluos y prescindibles, cuando no francamente inútiles para el mercado de trabajo. Predomina una educación tipo bancaria —Freire—, de rentabilidad, que justamente tiene en la banca a millones de jóvenes, o en el mejor de los casos con un empleo precario y su título colgado en la pared. Por ejemplo, “Con educación superior 30% de los desempleados”, informa Diario de Yucatán el 14 de mayo de 2014.

Si tenemos la esperanza de que surgirá una nueva vía para el futuro de nuestros hijos, debemos reclamar una educación para una ciudadanía que conozca las razones de la solidaridad, así como los motivos fundados tanto para obedecer como para rebelarse en la necesaria conjugación de intereses, esencia de la democracia. Debemos procurar ciudadanos participativos en la arena política, ya que es ahí de donde surgirán los verdaderos líderes políticos, con un sentido común emancipatorio de abajo hacia arriba y no al revés como se ha venido haciendo.— Mérida, Yucatán.
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*) Investigador de la Unidad de Ciencias Sociales de la Uady




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