Capitales y responsabilidad

La melodía en el ruido estático

Por Antonio Salgado Borge (*)

Pensar económicamente no es intrínseco en el ser humano. En una época ordenábamos nuestra vida de otra forma –Tony Judt, historiador británico.

Las élites económicas aplastan al pueblo cuando mediante sus mecanismos de influencia doblan o coercionan a los representantes de los intereses populares y les llevan a violar leyes existentes o, peor aún, a crear un marco legal propicio para perpetuar su poder.

Tengamos mucha o poca conciencia de ello, en grande o en pequeño, en pellejo propio o en ajeno, la mayoría de los yucatecos —y de los mexicanos— atestiguamos cotidianamente cómo muchas de las posibilidades de que las mayorías vivan en plenitud y libertad son sacrificadas en aras de maximizar la ganancia económica de una minoría. La injusticia es un permanente ruido estático que acompaña nuestras vidas y al que nos hemos habituado. Es por ello que sólo molesta a quienes tienen la desventura de escucharlo con mayor volumen o a quienes son conscientes de su omnipresencia.

Independientemente del matiz que se le quiera poner, en este sentido no parece haber polémica entre los principales estudiosos de la vida pública mexicana: muchas de las mayores fortunas de este país se han construido a la sombra del poder y no provienen de la innovación o de la eficiencia. Es por ello que se suele afirmar, a mi juicio con razón, que sería ingenuo, por decir lo menos, suponer que los beneficiarios del statu quo contribuirán a modificar las condiciones que les han llevado a hacerse de dinero y poder.

El deseo de preservar el estado actual de cosas es la tinta con que se escribe la ideología de las élites en cualquier ámbito de la vida humana; sin embargo, me parece que, a pesar de la utilidad que para fines racionales toda generalización representa, predicar esta actitud conservadora a todos los integrantes de la categoría más privilegiada tiene el doble defecto de ignorar a aquellos seres humanos que, formando parte de una élite, han hecho enormes contribuciones, incluso contra su propios intereses, en la búsqueda de un mundo mejor o más justo.

Quizás en pocos lugares sea posible observar tan claramente esta dicotomía como en Estados Unidos. Existen claras señales de que nuestro vecino del norte, otrora autoproclamado modelo ejemplar de democracia, se encuentra cada vez más cercano a ser, en los hechos, una oligarquía. Un estudio reciente reveló que cuando las élites económicas apoyan una propuesta de ley, ésta tiene 50% de posibilidades de ser aprobada; mientras que cuando este mismo grupo decide vetar una iniciativa, las chances de que ésta sea rechazada es de 80% (“The New Yorker”, 18/04/2014). Estos resultados son deprimentes, pero más deprimente aún es pensar que llegar a ese punto es, para los mexicanos, apenas una aspiración.

Las contradicciones son, empero, una de las muchas particularidades de nuestro vecino del Norte. Una encuesta de “CNBC” (05/04/2014) entre millonarios estadounidenses reveló que 64% de éstos considera que los ricos deben pagar impuestos más altos, propuesta formulada originalmente por el billonario Warren Buffet (“The New York Times”, 25/11/2012).

Los millonarios mexicanos pueden alegar —con razón— que es altamente probable que el gobierno no haga buen uso de sus impuestos; pero, dado el poder e influencia de nuestras élites, me atrevo a plantear, a manera de hipótesis, que los grupos de poder sí podrían ejercer un grado de presión o influencia suficiente para que nuestras autoridades graven progresivamente y hagan mejor uso de los recursos recaudados.

Por otra parte, no es menos relevante que en años recientes cientos de multimillonarios norteamericanos hayan decidido encausar, bajo la premisa “mucho dinero puede hacer mucho bien”, una parte de sus fortunas a proyectos de investigación científica que podrían resolver graves problemas sociales o simplemente mejorar las condiciones de vida del ser humano.

Los casos de Bill Gates, que ha destinado 10 mil millones de dólares a donativos para programas de salud; de Lawrence Ellison, fundador de Oracle que donó 500 millones de dólares a investigación científica; de Paul Allen, co-fundador de Microsoft que destinó 500 millones de dólares a un instituto de investigación del cerebro humano o de George Mitchell, padre del peligroso “fracking” que donó 350 millones de dólares a proyectos de investigación de física de partículas y astronomía son botones de muestra de esta tendencia filantrópica (“The New York Times”, 15/03/2014).

Si bien es cierto que la grosera acumulación en manos de unos cuantos y la desigualdad tienen un origen sistémico, los ejemplos citados dan testimonio de que aún dentro del lado de los “ganadores” del injusto proceso de repartición de recursos escasos es posible encontrar momentos de lucidez, y de que la acaparación inmisericorde o el egoísmo troglodítico, que conocemos muy bien los mexicanos y los yucatecos, constituyen una de las más burdas versiones de un sistema que, por principio de cuentas, tiene al individualismo y a la auto-preservación como dos de sus principales mantras.

Mediante la cura de alguna enfermedad, el descubrimiento de los alcances del cerebro humano o de la comprensión secretos de la física cuántica, estos multimillonarios trascenderán como seres humanos que fueron capaces de reconocerse en el espejo y de dejar un legado; acciones que nos hablan del nivel de conciencia alcanzado por ciertos individuos que han decidido retribuir, mediante esfuerzos filantrópicos, a la sociedad que los ha encumbrado.

Reconocer las tenues notas de esta melodía en el ruido estático al que los yucatecos nos hemos acostumbrado sería sumamente gratificante.— Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista.

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