Berrinches y justificaciones emocionales

De adicto a adicto

Ernesto Salayandía García (*)

Los berrinches y extorsiones emocionales. La mayoría de los niños son expertos en salirse con la suya; basta con tirarse al suelo, patalear, gritar y llorar para que el adulto complazca sus deseos.

El berrinche no se detiene, por el contrario, sube de volumen y no cesa sino hasta que el niño se sale con la suya. Con esta actitud obsesiva son emocionalmente ganancias secundarias. El aprende que mediante sus actitudes de gritos y pataleos, siempre se sale con la suya y una mamá astuta, cuando el niño quiere un juguete en el supermercado y está obsesionado, tranquilamente comienza a quebrar ideas.

“Sí te lo voy a comprar, a ver, tómalo. Vamos a ver cuánto cuesta y si traigo dinero te lo compro, y si no vas a tener que esperarte”.

El niño cesa la extorsión y se calma. Hay otras mamás que se alteran, se ponen más neuróticas que de costumbre, como neuróticos se ponen también los papás y en lugar de tranquilizar a la criatura le echan más gasolina al fuego y se hace un “megapancho”, un berrinche mayúsculo.

He visto a infinidad de niños sangrar de la nariz, vomitar y hacer un verdadero escándalo cuando se salen de control. El adulto finalmente dobla las manos y el niño, como es costumbre, se sale con la suya. Es extremadamente complicado cuando hay neurosis de por medio. La violencia sólo engendra más violencia.

Soy hipocondriaco y dependiente. Me llené de pretextos, fumaba y decía justificándome: “Después de un buen taco, un buen tabaco”. Pensaba que el cigarro me daba seguridad, confianza, glamour y nunca consideré el alto daño que me ocasionó fumar como desesperado.

Tuve una idea equivocada de lo que era comer, mis comidas diarias se convertían en borracheras, no disfrutaba las exquisitas botanas o los guisados porque irritaba mi estómago con tequila y coronitas, cerveza de ampolleta, formé una dependencia muy fuerte hacia el tabaco, el alcohol, la cocaína, igual, morfina sintética y antidepresivos.

“Necesito un pase de cocaína”. “Necesito un calmante”. “No puedo dormir, necesito un Tafil”. “Me siento mal, tengo que echarme algo para calmarme”. Me volví farmacodependiente, adicto a las pastillas, me dolían hasta las pestañas y sólo me calmaba si me tomaba un Valium, Rivotril, Lexotan o cualquier otro. Fui capaz de saquear prácticamente el botiquín de mi casa y atascarme de pastillas.

Lo mismo las hice polvo e ingerí los medicamentos controlados por la nariz, inhalando, pensando en que era cocaína. Hoy comprendo y hago conciencia de mis pensamientos patológicos, de mi psicosis mental, de las obsesiones y, sobre todo, de mi hipersensibilidad. Si me descuido, me hace daño, porque yo supongo y doy por hecho; se me da por especular, sufrir por el futuro, cuando en verdad no he vivido ni el presente.

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*) Periodista

» La mayoría de los niños son expertos en salirse con la suya; basta con tirarse al suelo, patalear, gritar y llorar para queel adulto lo complazca




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