Aprender a disentir

Aprender a disentir

Operación de rescate

Denise Dresser (*)

Nos han enseñado a ser hijos del miedo, de la capitulación, del fracaso. Nos han adiestrado a resignarnos con mansedumbre y sumisión al estado de las cosas. La costumbre de la claudicación se ha quedado entre nosotros no como acompañante fiel, sino como yugo. Algo que se instaló y se ha quedado allí. Vampirizante. Aberrante. La soga al cuello del país donde los gobernantes deciden y los ciudadanos callan. El sílice del país donde la clase política aprueba reformas como quiere, cuando quiere y la población padece sus efectos en silencio. Donde disentir es peligroso, subversivo, condenable. Cuaronesco.

Cuaronesco preguntar. Exigir. Dudar. Sacar de las sombras. Hacer con la palabra una operación de rescate de aquello que nos pertenece. El derecho a saber cuál será el impacto ambiental de la reforma energética que Peña Nieto ha promovido. El derecho a saber qué tipo de regulación regirá a la inversión privada que ha invitado. El derecho a saber cómo será combatida la corrupción en un sector en el cual ha florecido. Abrir así -con preguntas- un espacio legítimo de participación ciudadana que todos deberíamos ocupar. Abrir así el debate que el gobierno afirma ya se dio y no es necesario revivir. Ir más allá de lo decidido por quienes descalifican a Cuarón porque es un cineasta, porque no vive en México, porque no es un “experto”. Por expresar dudas compartidas que no han sido aclaradas.

Y así participar en un acto de liberación. De validación. Liberación de esa identidad ciudadana perdida en el laberinto de lo dado. Validación de todo aquello que nos dicen no debemos decir: que la legislación secundaria en materia energética no propone la regulación autónoma e independiente y fuerte que necesitamos. Que los cambios propuestos en materia de licitación no serán suficientes para evitar fenómenos de concentración que la exploración en aguas profundas ha producido en otras latitudes. Que la reforma enarbolada no resuelve el problema de por qué Pemex -y el gobierno al cual financia- gasta tan mal y de manera tan opaca.

Y ante ello el deber es rendirse, como sugieren “Todos los Analistas Unidos Contra Cuarón”.

Cuando el deber de cualquiera que presenció las reformas del salinismo es la subversión ante lo que no ha sido bien explicado. Bien argumentado. Bien planteado. Y no por defender la ineficacia y la rapacidad y la corrupción de un monopolio público, sino por el temor de que esos fenómenos se repitan en Pemex, pero con manos privadas. Y no por mantener una posición “conservadora” ante los planteamientos “modernizadores”, sino por el miedo de que sean insuficientes o equivocados. Que en la prisa por abrir, se evite regular. Que en la prisa por atraer a Shell y a Exxon no establezcamos reglas claras para contener su acción dentro del marco del interés público. Que en la prisa por seguir extrayendo más petróleo olvidemos definir cómo se van a usar los recursos que provee.

Preocupaciones legítimas. Preocupaciones serias. Preocupaciones que el gobierno y sus amanuenses buscan descalificar a través de la negación agresiva de los demás. A través de la aplastante denigración de lo distinto. Cuando no estamos buscando suplantar los debates en el Congreso ni sabotear el proceso legislativo ni argumentar que el régimen monopólico estatal en energía es sostenible. Más bien se trata de exigir que se nos informe con claridad. Más bien se trata de pedir que se corrijan rumbos.

Más bien se trata de disentir por el valor que tiene hacerlo. Como lo que demostró en los 50 el psicólogo Solomon Asch en experimentos sobre la conformidad social. Cuando a un grupo le presentó rayas de diferentes tamaños y les pidió comparar su longitud -sin informar que algunos de sus miembros habían sido colocados allí para dar deliberadamente la respuesta incorrecta- casi 75% de los participantes se conformó con el grupo, aún a sabiendas de que éste daba la respuesta equivocada. Los seres humanos tienden a seguir al grupo del que forman parte porque temen más al ridículo, a la crítica y al aislamiento que al error. Pero Asch también descubrió algo que ensancha las fronteras del optimismo. Cuando alguien daba la respuesta correcta sobre la longitud de las rayas, el grado de conformidad y el error bajaban. Y eso es lo que ha hecho Alfonso Cuarón: cuestionar el tamaño de las líneas que el gobierno presentaba como perfectas. Disintió para que alguien alguna vez decida mejor y gobierne mejor. Porque nada fortalece más a la autoridad arbitraria que el silencio de los que no quieren, o no saben o no se atreven a disentir.- México, D.F.

denise.d[email protected]

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*) Analista política




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