Agresividad y Bullying ¿Origen o consecuencia?

Agresividad y Bullying ¿Origen o consecuencia?

Por Gabriela Soberanis Madrid

Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

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“Si existiera algo que quisiéramos cambiar en los niños, en primer lugar deberíamos examinarlo y observar si no es algo que podría ser mejor cambiar en nosotros mismos”. – Carl Jung

 

Muchos de nosotros no tenemos idea de lo que es sufrir una guerra o ser parte de un ataque terrorista, ni que decir de lo inhumano que acompaña a un crimen, pero sin duda la mayoría nos hemos enfrentado o hemos presenciado ocasionalmente conductas que podrían describirse como agresivas. Faltar al respeto, ofender o provocar a otros se ha convertido en un escenario habitual de chicos y grandes.

Es complejo definir la agresión, aunque lo es menos describirla. Me parece que a falta de una definición precisa de ésta palabra es que hemos pasado por alto actos violentos y ha sido difícil que los expertos intervengan con propuestas de solución más específicas a las diversas manifestaciones de agresividad que vivimos en esta sociedad moderna.  Ante esta dificultad nos hemos tornado escépticos ya hasta indiferentes a las repercusiones emocionales y psicológicas que la agresión tiene a nivel individual y colectivo.

Si nos acercamos un poco más a las diferentes manifestaciones que tiene la agresión nos daremos cuenta que generalmente muestra dos caras: una irrebatible y otra sigilosa. Es obvio que hablamos de agresión cuando enunciamos actos tales como proferir insultos a una persona o amenazar de violencia física a alguien; pero ¿qué hay de los actos menos evidentes? ¿Aquellos como lastimar mediante un contacto físico doloroso, realizar comentarios malintencionados, divulgar rumores sobre una persona que no nos atañen o rechazar abiertamente a alguien? ¿Por qué hemos dejado de mostrar indignación a estas claras, astutas pero disimuladas formas de agresión? Es por estos cuestionamientos que exhorto a los lectores a tomar consciencia de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y que, mientras continúen con la lectura, consideren que hemos de referirnos aquí no sólo a demostraciones de agresión evidentes, sino más bien a aquellas formas sutiles que no necesariamente observamos de manera abierta, sino que se esconden bajo la coerción, la manipulación, el hostigamiento taimado y las amenazas veladas.

 

El término Bullying es un vocablo del idioma inglés que sirve para designar el acto de causar daño intencionadamente a otros, recurriendo a la violencia verbal, la agresión física y otros medios más disimulados. Se ha empleado más comúnmente, aunque no de forma exclusiva, para referirse al acosamiento violento en las escuelas y entre niños. Definitivamente ésta es la parte de la definición que ha dado lugar al título de éste artículo ¿cómo hemos podido centrar nuestra atención en la conducta agresiva de los niños cuando es la conducta agresiva de los adultos la que ha dado origen a ella?

Por favor, leamos de nuevo la definición. Porque si lo hacemos, podremos identificar aspectos de la misma que nos llevan a reconocer que vivimos inmersos en una realidad donde tristemente, con mucha frecuencia, vemos que deliberadamente y sin reparo alguno las personas se hacen daño.

Necesitamos extender el término “bullying” a las relaciones entre adultos y acercarnos a las diferentes expresiones que existen en estos contextos. Dejemos por un momento de ver el bullying como un problema que los niños viven en el colegio. No podemos solucionar algo sin irnos a la raíz del problema… y el origen está en los adultos. Estudios revelan que los dos lugares en que principalmente hace su aparición el bullying es la familia y el lugar de trabajo ¿queremos más evidencia de que éste es un problema que no se circunscribe al colegio y mucho menos a los niños?

La sociedad en general se rehusa a ver el problema del bullying como un problema que se gesta en los adultos y que trasmitimos a los niños. Ni siquiera sospechan la gravedad del dolor que esta situación causa entre los adultos todos los días y en todas partes del mundo. Son los acosadores adultos quienes han creado ambientes contaminados en sus familias, lugares de trabajo y comunidades y que ha dado lugar a niños con baja autoestima y falta de confianza. Y estos dos elementos son el común denominador tanto de quienes se convierten en acosadores, como de los que terminan siendo víctimas.

El bullying está aniquilando el alma de la gente pero ¿de qué sirve seguir señalando el problema sin ofrecer alternativas de solución?

Identificar estrategias y proponer prácticas específicas que cada familia, cada escuela y cada comunidad podría incorporar con el fin de detener lo que se ha convertido en “una epidemia de agresión deliberada”, no sirve de mucho sino empezamos a reconocer que la problemática se origina en carencias de índole emocional que muchos adultos padecen y que repercute severamente en quienes le rodean, particularmente los niños. Esas carencias emocionales están íntimamente vinculadas a una falta de empatía y sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Solo basta echar un vistazo a las características de un agresor para que empecemos a identificarlos con mayor facilidad: claramente se distinguen por presentar comportamientos erráticos, donde persiste una incapacidad para reconocer el dolor ajeno al mismo tiempo que se sostiene la convicción de que lo que hace está bien y la víctima lo “merece”.  Son personas que intentarán imponer su voluntad o punto de vista generalmente con tácticas que tienen como objetivo infundir en el agredido miedo, culpa o vergüenza.  Lo verdaderamente preocupante es que existen muchos individuos con estas características que, en el mejor de los casos, sólo las víctimas de sus agresiones, logran identificar.

¿Cómo podemos esperar así que los niños vivan en un ambiente dónde se promueva la paz por encima de la violencia, el respeto por encima de la desconsideración y una participación afectiva por encima de la indiferencia?

No existe una única solución para este grave problema, pero una atenuante de gran impacto es la práctica de la empatía y la inclusión. ¿Cuántas personas conoces que sean verdaderamente conscientes de la repercusión que sus actos y palabras tienen en otros?  Porque en última instancia, la empatía es la capacidad de no ser ajeno a los sentimientos de los demás y a su sufrimiento y a comprender en qué medida influimos en las personas, para bien o para mal.

Por otro lado, debemos trabajar por la incusión. La vida es una sucesión de eventos donde los demás siempre juegan un papel importante en nuestras vidas. Es menester que reconozcamos que cualquier tipo de exclusión es una forma de agresión. Impide cultivar una visión del mundo donde todos somos importantes y donde los sentimientos de nuestro prójimo tienen valor.

Despertemos a nuestra realidad y hagamos algo. Informémonos y dejemos de aceptar lo inadmisible. Practiquemos la empatía y la inclusión y enseñemos a nuestros hijos a practicarla.  Si queremos que el bullying disminuya necesitamos ser modelos congruentes para nuestros hijos. Necesitamos enseñarles a relacionarse desde la interdependencia y no desde el sometimiento. Necesitamos mostrarles con el ejemplo que la autenticidad y la integridad son los valores de la gente con entereza de espíritu. Que una sana autoestima se construye reconociendo que todos merecemos un trato digno, empezando por uno mismo y por los más vulnerables e indefensos. Tenemos que ser adultos que nos relacionemos con empatía, adultos capaces de distinguir, respetar y hacer algo por las necesidades de los demás para que nuestros hijos hagan lo propio. Necesitamos enseñarles que un hombre sano no lastima deliberadamente a otro. Que la ternura y la amabilidad hacia otros son expresiones de fortaleza y determinación no de debilidad o cobardía. 

El Bullying no va a sucimbir en tanto los adultos no nos responsabilicemos de la agresión que nuestros hijos viven.




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