Navidad, hacer el bien sin mirar a quien

Alberto López Vadillo (*)

Reflexiones penitenciarias

La Navidad tiene muchos significados, según nuestras creencias, así que, si me lo permiten, estimados lectores, aportaré uno más. La Navidad es ese día cualquiera en el que decidimos hacer el bien sin mirar a quien y descubrimos que al hacerlo lo volvemos especial, distinto al resto de los otros días, porque nos acercamos a la figura de Jesús, dirán algunos, o simplemente porque experimentamos la caridad y la comprensión como los factores que al final nos hacen mejores personas.

Ésta fue la conclusión de las personas que nos acompañaron en el Centro de Reinserción Social a una extraordinaria jornada de amor y comprensión, de darse sin reservas, de entregar el corazón por encima del entendimiento y el sentido común.

Gracias a la sorprendente generosidad de ustedes, estimados lectores, lo que se había pensado como una actividad para 100 personas se pudo triplicar y no sólo estuvimos en los módulos psiquiátricos y de la tercera edad, sino también en los de los internos sentenciados.

Iniciamos al mediodía del domingo, alrededor de la capilla, una cuarentena de personas; muchas, visitando por primera vez un centro de reinserción social, recibían con respeto la bendición del fraile mercedario que tiene a su cargo la celebración litúrgica, después vinieron las instrucciones. La más importante fue: “Vamos a pasar a los módulos donde están los internos psiquiátricos y de la tercera edad; la intención no es sólo repartir cosas, sino también convivir con ellos”, les dije.

Iniciamos nuestro peregrinar, como el de hace más de 2,000 años; fuimos de módulo en módulo pidiendo posada. Adentro nos esperaban internos sorprendidos por la algarabía y buena voluntad de las personas que fueron a servirlos y acompañarlos, que estaban ahí para escuchar genuinamente sus inquietudes y a dar un poco de ellas mismas.

No pudo faltar nuestro heroico Santa Claus que acompañó todo el peregrinar, sin decaer ni un momento su ánimo y buen humor, llegando a cada módulo gritando muy fuerte. “Ya ven, Santa sí existe y les viene a traer unos ‘cariñitos’”. “Samuel”, un interno psiquiátrico, se acercó sorprendido mirando su traje y su barba, y dijo en voz baja: “Santa, aquí vas a tener que traer un camión enorme de carbón, porque puro mal portado hay”, lo miré con ternura, pues expresó el sentir de muchos de los que estaban aquí.

Una tía muy querida que nos acompañó en la actividad fue maestra por muchos años; ahora, jubilada, es fiel creyente de que la “letra con sangre entra” y que la buena educación es con mano dura; estaba en una mesa con el “Camarón”.., al inicio, platicando con mucha tranquilidad, pero después las cosas no se pusieron bien para él, luego de que le platicara que tenía siete ingresos al penal por robo. “A ti, chiquito, un par de ‘chancletazos’ te faltaron a tiempo y vas a ver si no dejabas de agarrar lo que no es tuyo”, le decía la tía muy mortificada, mientras mi compañero la miraba con cara de aflicción.

Por un momento todos los internos y sus familiares en cada módulo que visitamos fuimos como niños y creímos en los deseos que se cumplen, en esos en los que sólo Santa puede cumplir, ¿ya sabes cuáles? Los hijos soñaron con estar de nuevo con sus padres en casa, los esposos se miraron enamorados y confiados en que este tiempo difícil sólo reafirmaba su amor y su lealtad, los padres soñábamos ilusionados con que algún día tendríamos de nuevo a nuestros hijos escondidos en nuestros brazos, porque sin importar cuánto tiempo tengamos que esperar, finalmente y hasta el día que mueran serán nuestros hijos y nosotros sus padres, aunque ya sean adultos.

En un momento del barullo y trajín me separé del grupo y los miré. Ahí estábamos, nuestra postal navideña, internos penitenciarios siendo atendidos por personas que representaban a la sociedad que de alguna manera habían ofendido; algunos sirviendo la comida, otros ayudando al Santa a jugar, a hacer una oración y a repartir sus obsequios, mientras el coro de la iglesia de Fátima nos sorprendía con la calidad de sus interpretaciones, y todo esto gracias a las donaciones generosas y desinteresadas de nuestros benefactores, algunos que nos acompañaron y otros que habían pedido permanecer en al anonimato.

A todos ellos les doy las gracias, por su invaluable apoyo, pero sobre todo por creer en un proyecto complicado y poco popular, como son los internos penitenciarios. Al director de este centro penitenciario por dar cabida y procurar las facilidades para que el evento se llevara con tranquilidad y cordialidad. A todos ellos mi reconocimiento y gratitud. Es así que la Navidad es hacer el bien sin mirar a quien, es hacer de este día cualquiera uno muy especial, porque nos atrevemos a hacer cosas que no haríamos en ningún otro momento. Que pasen la más feliz de las Navidades… Que así sea.- Mérida, Yucatán.

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*) Psicólogo. Interno del Cereso meridano

»Por un momento los internos y sus familiares en cada módulo que visitamos fuimos como niños y creímos en los deseos que se cumplen, esos que sólo Santa puede cumplir




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