Mirador
Por Armando Fuentes Aguirre
Nunca hago profecías: me da miedo no equivocarme. Creo, sin embargo, que vienen días difíciles para nuestro país. No me inquieta lo que pueda pasar el primero de julio. Me preocupa lo que puede suceder el día dos.
Todas las encuestas -excepto la de López Obrador, que nadie sabe quién la hizo, ni cómo- dan una clara ventaja a Peña Nieto.
Desde luego eso no le asegura la victoria, pero pienso que si el priista gana deberá superar ampliamente al tabasqueño para que éste reconozca su derrota.
Aún así temo que AMLO buscaría modos de impugnar el resultado, y quizá llegaría al extremo de pedir que la elección fuera anulada.
En efecto, ésta es la última oportunidad que tiene de ganar la Presidencia. Si no la consigue tendrá que irse a la. finca que él mismo bautizó con nombre ingeniosísimo y muy original, y perderá definitivamente su posición de líder de la izquierda, que tiene ya un promisorio dirigente en la persona de Marcelo Ebrard, más moderado y por lo tanto menos temible a los ojos de muchos mexicanos que López Obrador.
En estos días, y a la vista de lo que muestran las encuestas, AMLO parece estar preparándose ya no para ganar, sino para perder. De ahí las constantes menciones que hace del fraude electoral, tarea en la cual lo acompañan sus propagandistas y los sempiternos Abajo Firmantes, que en vez de fortalecer la confianza de los mexicanos en las formas democráticas siembran sospechas sobre ellas, con lo cual abonan el terreno para una lucha civil que sería de consecuencias desastrosas. Mi temor no es infundado. Cuando se habla del conflicto postelectoral del 2006 se mencionan siempre el cierre de Reforma y el plantón del Zócalo. No se recuerda mucho, sin embargo, un acontecimiento de gravedad mayor: la intentona que hizo López Obrador de tomar el Congreso e impedir que Calderón rindiera protesta como Presidente. Eso equivalió a un golpe de Estado en grado de tentativa, crimen de lesa patria que de haber tenido éxito habría sido una tragedia para México. Este año la historia podría repetirse, ahora con un elemento adicional de riesgo: los estudiantes. Si los jóvenes tomaran las calles la situación se volvería explosiva. Un solo disparo -que además nadie podría determinar de dónde habría venido- sería suficiente para incendiar al país. Así las cosas, quienes fomentan la desconfianza en las instituciones están jugando con fuego. No hay condiciones en México para que se opere un fraude electoral, pero igual lo invocarían AMLO y sus partidarios asegurando que hubo compra de votos, etcétera. Ellos dicen que se debe respetar la voluntad del pueblo, pero la entienden sólo como base de un triunfo del López Obrador. En su opinión, si gana Peña Nieto no será por obra de la voluntad popular, sino de la televisión y la mafia del poder. Vuelvo a decirlo: nos esperan días difíciles. Ojalá esa ominosa profecía resulte equivocada.