Mirador

Armando Fuentes Aguirre (*)

Hubo una vez en que ese país que a sí mismo se da el nombre de “America” vivió unos breves años de inocencia.

Fue entonces cuando tuvo a Shirley Temple, una muñequita e hizo que todas las muñecas se llamaran como ella.

Hizo también que todas las niñas quisieran ser como ella.

Sueño con rizos, ángel con vestidito azul, cantó como ángel y bailó como en un sueño. El tiempo, enemigo del hombre, y más de la mujer, pareció detenerse al verla. Dejó de ser niña, pero nunca dejó de ser lo que fue siempre: una estrella. Tuvo la suprema sabiduría de envejecer con gracia. Un muchacho que no sabía quién era ella le dijo este lindo piropo a su paso por la calle: “Señora: ¡quién tuviera 50 años más!”.

Las nuevas generaciones no saben quién fue Shirley Temple. Eso no importa: las nuevas generaciones no saben muchas cosas. Pero hay algo que sí importa: Shirley Temple hizo feliz a la gente. Y la gente siempre necesita un poco de felicidad. ¡Hasta mañana!…

Dejó de ser niña, pero nunca dejó de ser lo que fue siempre: una estrella. Tuvo la suprema sabiduría de envejecer con gracia…




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