Mirador

Armando Fuentes Aguirre

El filósofo invitó a sus discípulos a pasar la noche en la montaña. Quería que aprendieran a amar la naturaleza, y sabía que a veces es necesario no ver las cosas para poderlas luego ver mejor.

Juntos contemplaron el cielo constelado. Ésa, les dijo, era la primera lección para no caer en tentaciones de soberbia.

Luego se deleitaron con el brillo de la luna. Ahí -dijo el filósofo-, estaba, si no toda la poesía, sí una buena parte de ella. Por último se pusieron a oír los ruidos de la noche. -Esto es cosa fácil -indicó a sus alumnos el maestro. Cuando tengan mi edad sabrán escuchar el silencio.

Horas después dijo uno de los discípulos:

-Maestro, la luna se ha ocultado y las estrellas desaparecieron ya. La noche es oscura, tenebrosa; por ninguna parte se ve ni el más pequeño asomo de luz. El temor invade el ánimo, y el corazón naufraga en las tinieblas. ¿Qué sucede, maestro?

Y respondió el filósofo:

-Ahora, en estas sombras, es cuando la esperanza de la vida brilla más. Cuando la noche parece más oscura es cuando está a punto de salir el sol.- Saltillo, Coahuila.

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