México y Yucatán, nuestros
Raúl E. Casares G. Cantón
El mayor compromiso
Partes medulares del discurso que su autor pronunció ayer por la mañana en la sesión solemne por su investidura como doctor HonorisCausa de la Universidad Anáhuac-Mayab.
El doctorado “Honoris Causa” que me honro de recibir de la Universidad Anáhuac-Mayab representa para mi, además de una enorme distinción, un profundo y desafiante compromiso.
Lo expreso así, totalmente consciente de lo que ha sido mi trayectoria de vida personal, empresarial y ciudadana, en la que, a pesar de limitaciones, fallas y equivocaciones, propias de mi naturaleza humana, ha prevalecido de manera constante la íntima motivación de aportar a la comunidad, a través del servicio, el trabajo, el entusiasmo y una gran esperanza.
Asimismo, estoy convencido que lo que somos hoy es el resultado de lo que hemos sido y de lo que seremos y haremos el día de mañana. Por tanto, el hoy, este momento, no es el punto de llegada sino un nuevo punto de partida. La distinción que amablemente se me otorga se convierte en compromiso y responsabilidad militante.
Las experiencias aprendidas, el conocimiento de los problemas y carencias de nuestro país, de las muchas veces desaprovechadas riquezas nacionales, de las grandes potencialidades de los mexicanos y del propósito convergente que nos anima a todos a ir logrando el desarrollo de México a través de una vida más digna, justa y libre, todo ello me ha llevado, al igual que a muchas personas, a pensar firmemente en seguir integrándome a la corriente renovadora de llegar a metas de crecimiento social, económico y político por el único medio eficaz y posible en una república democrática: la participación responsable y creciente de la ciudadanía.
Por esta razón, la distinción que hoy se me otorga implica un gran compromiso, pues muy lejos de quedarme satisfecho con el recuerdo de supuestos éxitos alcanzados, la distinción presenta un reto más formidable. Si la deferencia a mi persona es porque percibieron algo muy bueno y solidario en mi trayectoria, dicha distinción la interpreto como una verdadera exigencia que me compromete a seguir caminando por el sendero del esfuerzo y de la realización personal para servir más y mejor.
Y precisamente por la experiencia de tantos devenires, puedo afirmar que a la ineficiencia de la administración pública, al dispendio y el despilfarro, a la corrupción e impunidad, a la manipulación demagógica, el remedio es la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Hoy, esa participación consiste en la ciudadanización en nuestra sociedad y de la política. No podemos ni debemos darle la espalda a nuestro país, a nuestro Estado y a nuestras familias.
Para este propósito, hemos de aprender a organizarnos como sociedad a través de una acción coordinada de los grupos intermedios: cámaras empresariales, instituciones, colegios de profesionistas, etcétera, y atrevernos a romper, sin miedo, la imposición del poder autoritario de gobernantes que no sustentan su desempeño político en el bien común, sino en el interés personal, de facción y de partido, y que, amparándose detrás de un legalismo formalista y deshumanizado, atentan contra la ética y la dignidad humana y algunas veces en contra del mismo Derecho, porque el Derecho no es solamente la ley, la cual está en muchos casos mal elaborada, sino que es el orden social cuya finalidad es la realización de bienes jurídicos colectivos como la justicia, la libertad, la paz pública y el bien común.
La política ha de ser una de las formas más elevadas del servicio, porque no se limita, como en otros servicios, a beneficiar a unas pocas o muchas personas, sino a todos y cada uno de los ciudadanos que integran la comunidad. La finalidad de la política es propiciar las condiciones sociales para el bienestar y desarrollo de toda la sociedad, orientando la acción pública hacia el bien común, principal razón de la existencia y el quehacer del Estado y del gobierno.
Ahí está la motivación, el propósito y el programa de la participación de los particulares, convertidos en ciudadanos. Si en la democracia el sujeto destinatario es el pueblo y los gobernantes son los mandatarios del pueblo y único mandante, es decir, el que manda y pone a las autoridades, entonces el pueblo, los ciudadanos jamás han de declinar esa facultad soberana, y han de estar pendientes de la actuación de los gobernantes y expresar su conformidad o repudio ante dicha actuación. Sin embargo, no basta calificar el desempeño del gobernante; es necesario multiplicar las oportunidades de diálogo tanto para manifestar nuestras opiniones en el proceso legislativo, como también en la tarea administrativa y en la que compete a quienes legislan. Esto no significa que suplantemos a los gobernantes, senadores, diputados, magistrados y jueces, pero sí participar para tener legisladores competentes y capaces que no se sometan al Poder Ejecutivo; gobernantes y funcionarios con vocación de servicio y honestidad probada, magistrados y jueces que realicen su función, sin aceptar consignas de otros poderes.
La democracia, la verdadera, sólo puede darse con el esfuerzo constante para hacer de la verdad, la transparencia, la rendición de cuentas, y el respeto a los ciudadanos y a la justicia, la práctica cotidiana y normal en sus funciones. Y esto sólo puede darse con la participación de los ciudadanos, y para que esta participación sea efectiva, es necesario un pueblo educado, emancipado, por su propio trabajo productivo, de la dependencia del paternalismo; un pueblo que por su formación cívica asista a los encuentros de sus partidos, del color que sean, por propia voluntad y no acarreados, por efecto de la presión y la amenaza de perder el empleo burocrático o ser sancionado por un sindicato; un pueblo que no se deslumbre por la mercadotecnia electoral y que, con la critica, sepa separar lo banal y se fije más en la trayectoria de los candidatos y en la calidad y posibilidad de sus propuestas.
Tal vez se argumente que todo esto está fuera de la realidad y de la normalidad, pues de lo que se trata es precisamente de conquistar el poder y conservarlo a toda costa, porque esa es la prioridad. ¡Qué pobreza de meta! Tal argumento es la expresión cínica de la actitud política. Basta de discursos y propagandas de “políticos” que hablan de la verdad, la justicia y el respeto, pero que su motivación es muy diferente a sus palabras. Dicen una cosa y hacen lo contrario, y en lugar de servir a los ciudadanos nos ofenden, principalmente a los más vulnerables y necesitados, a quienes engañan y acarrean con la promesa de dádivas y de un bienestar que nunca llega.
En esta etapa de mi vida, una de las ocupaciones a la que dedicaré tiempo y esfuerzo es a trabajar con los que ya están haciéndolo y los que están sumando en la ciudadanización de la política, convenciendo con argumentos y razones. No estamos solos, somos muchos y cada día somos más los que hemos perdido el miedo de defender a nuestras familias, a nuestro Estado y a nuestro país.
México es nuestro, Yucatán es nuestro, de los ciudadanos, de los que trabajamos y estudiamos, de los niños, de los jóvenes, de los adultos, de las mujeres y de todos los hombres que alientan y esperan un mañana cuya luz de alborada debemos encender nosotros. “Tenemos que ser capaces de sembrar esperanzas para cosechar amaneceres”, como decía Manuel Clouthier del Rincón.
No deseo terminar sin antes pronunciar mi agradecimiento a la prestigiosa Universidad Anáhuac-Mayab y a mi familia, que forma parte vital de mi vida; a mis colaboradores, los que hoy son y los que han sido, y a mis amigos.
Por último, quiero dar las gracias a aquel de quien he recibido, como todos los seres humanos, el don de la existencia y con ella los talentos y la capacidad para administrarlos. La tarea de aprender a administrarlos no ha sido fácil y todavía sigo aprendiendo. Agradezco al Señor la luz que me da para iluminar mis pasos en el trayecto en el que no caben retrocesos ni volver la vista atrás.
La historia se entreteje con el esfuerzo del hombre y la poderosísima gracia de Dios, para actuar conjuntamente en la realización del proyecto divino. Hemos de hacer nuestra parte y colaborar en la construcción del Reino, buscando los cielos nuevos y la nueva tierra. En esta aventura maravillosa de amor y de grandeza, nos alienta y nos fortalece aquella promesa: “¡Se fuerte y valiente. No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor, tu Dios, te acompañará donde quiera que vayas” (Libro de Josué).- Mérida, Yucatán.