México lindo y querido

José Enrique Gutiérrez López (*)

Bellezas naturales, cultura y tradiciones

En este carnaval, y por el resto de la vida,
disfracémonos de sinceridad
quitándonos las máscaras de impostura, hipocresía
y cinismo que usualmente
llevamos. Seamos nosotros
mismos, como quiera sea.
-Cita propia

México es en sí mismo un mundo aparte. De una belleza natural fantástica, es un todo exótico que a propios y extraños mueve el espíritu al éxtasis y la contemplación. Su flora es exquisita y su fauna espléndida, tan ricas y variadas como su cultura y tradiciones también lo son. Es México una de las regiones del planeta con la mayor diversidad de climas y recursos naturales.

De todo tiene este privilegiado seductor país: selva tropical, amasiato sin fin de especies vegetales miles, que se entremezclan en incontables formas y colores, y animales de toda clase, de los que reptan, vuelan o andan; bosques de coníferas y encinos; bosques nublados plenos de helechos y epifitas que hacen su hogar en las alturas; desiertos, extensiones infinitas donde pareciera que la vida es nula y la nada lo es todo, pero que dentro de sus límites se contiene un microuniverso de seres que tercos abundan allí donde la arena reina y el sol quema.

Dos extensas rugosas cordilleras lo recorren en toda su extensión, como cicatrices queloides de antiguas batallas, enmarcando en su centro el valle del Anáhuac, el corazón de México que late y vibra al ritmo de sus dos altivos, imponentes volcanes de blancura coronados, el Popocatepetl, que vivo ruge, fuma y escupe, y el Iztaccíhuatl, la mujer que a su amado espera dormida; montañas de tal majestad y elevación, que con sus empinadas cumbres desgarran aquellas nubes que del cielo se atreven a bajar; cavernas y grutas de formas antojadizas, tan profundas como cualquier sentimiento que al alma pueda estremecer; cuevas donde en pinturas rupestres nuestros ancestros dejaron plasmado su diario vivir; impresionantes columnas de basalto, cañones y desfiladeros que surcan su superficie y hacen parecer como de anciano la faz de esta gentil tierra; bajas mesetas que de tanto descender, quedan finalmente rendidas a la orilla del mar.

Espejos de agua por doquier son sus lagos, que generosos han permitido al hombre en sus márgenes asentarse, crecer y desarrollarse; caudalosos ríos unos, otros no tanto, son venas y arterias de esta tierra por donde corre agua dulce, sangre que soporta la vida circundante y penetra profundo los océanos que lo limitan, fusionándose en una sola vasta límpida superficie; cenotes de variadas formas, son concavidades caprichosas, cántaros recipientes de agua cristalina, fuente de vida de una magnificencia tal que embruja al espectador, lo embelesa y orilla a sumergirse en ellos, beber de ellos.

Sí, México es tierra bendita por alguno de aquellos tantos dioses de la antigüedad; quizá por el Maya Yum Kax, señor de la vida, la abundancia y la prosperidad; o por el Azteca Tezcatlipoca, “el hacedor de todas las cosas”. Nadie sabe por quién o por qué, pero el hecho es que el universo ha sido magnánimo con esta noble tierra, que hasta al hombre soporta.

Tenemos un país admirable y extraordinario por sus paisajes de fantasía y la belleza natural que lo engalana. ¿Pero qué es lo más preciado que tiene? Su gente originaria. Esa gente que le da coherencia, significado y la conjunta como el territorio que es. Esa gente descendiente de los habitantes de las antiguas, ricas y espectaculares civilizaciones: la maya, la nahua, la mixteca, la tolteca, la mexica o la olmeca, por citar algunas. En su evolución al ahora, los “antiguos” nos dieron de todo para enriquecernos, maravillarnos y hacernos sentir orgullosos: arquitectura, pintura, escultura, música, danza, gastronomía, astronomía y más. Con sus costumbres y tradiciones enriquecieron su descendencia. Oteando el horizonte, escudriñando esos brillantes luceros que tachonan el techo celeste, percibiendo el cambio de las estaciones, midiendo el tiempo y creando el espacio, llegaron a alcanzar un estadio superior de conocimiento. Por éste lograron entender lo que el hombre es, el poder de la naturaleza, el valor de su mundo y la armonía del universo en conjunción con el todo. Sabios eran, sabios son.

Quizá sea cierto que algunas de estas culturas estén en vías de desaparecer. Pero lo verdaderamente cierto es que la mayoría de ellas siguen vivas, son actuales y conviven con el hombre “civilizado” por la hispanidad.

No podemos ignorar el hecho que de esas civilizaciones ancestrales, mágicas ya desde antes de la conquista, tomamos el conocimiento que nos hace ser los mexicanos del hoy. Esas culturas originarias son las que nos ayudan a entender el pasado para poder comprender lo que el futuro nos depara. No sigamos despreciándolas.

Así pues, México es afrodisiaco que hechiza, atrapa y enamora al atrevido que algo de su encanto se atreve a pellizcar. Y como mexicanos somos, y yucatecos por añadidura, esta tierra nos mantiene prisioneros por hoy y para toda la eternidad.

¡No al olvido del 4 de julio!- Mérida, Yucatán.

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*) Ciudadano. Abogado y notario público. Tanatólogo. Cónsul honorario de Holanda



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