La realidad de los católicos mexicanos

José de Jesús Castellanos (*)

Guadalupanos y poco solidarios

Los mexicanos somos guadalupanos y católicos, esto es un gran valor y una buena noticia que se ratifica con el resultado de la encuesta realizada por el Instituto Mexicano de Doctrina Social (Imdosoc) para conocer la situación del catolicismo mexicano y, de paso, algunos aspectos de los mexicanos en general.

Uno de los primeros datos que se desprenden del estudio es que los mexicanos somos poco solidarios. Es común que ante algunas tragedias, consecuencia de los elementos, se realicen campañas de recolección de medicamentos, alimentos, ropa y otros menesteres, y con las imágenes que ahí se proyectan tranquilizamos nuestra conciencia de que sí, somos solidarios. Pero a confesión de parte, relevo de pruebas. No lo somos.

Los datos de la encuesta revelan que el 94 por ciento de los mexicanos no están integrados en ninguna asociación social. El cinco por ciento restante que sí pertenece, lo hace en grupos de iglesia el 34 por ciento, en asociaciones de padres el 15, en grupos de vecinos el 15, en actividades de desarrollo social el 10, y el resto en otro tipo de organizaciones. El 70 por ciento aporta su tiempo: cinco de cada 10 lo hacen hasta por 10 horas por mes, tres más lo hacen por 25 horas y dos más entre 30 y 210.

Para otros, la solidaridad consiste en apoyos económicos de cuotas y donativos, tanto en dinero como en especie. La mayoría, seis, aporta hasta 200 pesos mensuales; dos entre 250 y 500 pesos y sólo 1, entre 600 y 2,000 pesos. Son datos reveladores de que la verdadera solidaridad, como un compromiso permanente y sostenido, no existe en México. Como en otros casos, somos llamaradas de petate, respondemos al impulso, de momento. Pero luego olvidamos.

El dato se confirma si hacemos referencia al auxilio que las personas prestan también de manera espontánea. En el caso de los desastres naturales, sólo el 28 por ciento de los encuestados afirmó a haber realizado un donativo. Apenas el 39 dijo haberse detenido para auxiliar a alguien con problemas.

En cuanto a donativos a orfanatos o asilos, lo hizo el 18 por ciento.

Respecto del cuidado de enfermos no familiares, sólo el 16 por ciento lo hace. Tampoco hay apoyo a la comunidad, pues sólo el 15 por ciento apoya las obras comunitarias y lo más alto es la denuncia respecto de fugas de agua, con el 32 por ciento.

Todo eso sobre un universo del 86 por ciento de los mexicanos que dicen pertenecer a una religión o iglesia en el país, y de un total del 92 por ciento que se declaran católicos.

Tal pareciera que estos últimos no han oído, se les ha olvidado o simplemente les entra por un oído y les sale por otro la parábola del buen samaritano. O la sentencia de que al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor, y que el punto de referencia es lo que hicimos por Cristo.

¿Cómo? El Señor tiene una respuesta: cuando tuve hambre, me diste de comer; tuve sed, me diste de beber; estuve desnudo y me vestiste; enfermo y preso y me visitaste. ¿Cuándo? Con cada uno de los necesitados, en quienes está Cristo.

Resulta reveladora la encuesta del catolicismo individualista que vivimos. Es un catolicismo consecuencia del liberalismo que buscó y casi consiguió arrinconarnos en los templos o al interior de las casas, con el argumento de que la religión no tenía un lugar en la vida social. Fue resultado de un estado absorbente que se declaró monopolizador de la asistencia social, empujando y relegando a quienes realizaban esta labor, principalmente a las instituciones religiosas, pero también a las civiles, negándoles u obstruyéndoles en muchos casos la obtención de donativos.

También es necesario hacer notar que muchas de las principales obras o los donativos más importantes suelen provenir de extranjeros generosos que buscan promover o auxiliar a muchos mexicanos.

Recuerdo aquí el caso de la Villa de las Niñas, obra educativa ejemplar, cuyo origen y sostén principal, así como su operación, estuvo a cargo de extranjeros durante muchos años, si no es que continúa de la misma manera.

La ayuda social efectiva es institucionalizada. Eso no significa que no se den apoyos u auxilios circunstanciales. Pero, lamentablemente, hoy existe una verdadera industria de la mendicidad en nuestras calles, en el Metro y en otros lugares, donde niños sucios, ancianas que portan bebés o supuestos lisiados estiran la mano y reciben muchas monedas, muchas de ellos de gente pobre, que así creen que los ayudan, cuando, en realidad, los perjudican. La caridad, para ser efectiva, debe ser institucionalizada y canalizada hacia las organizaciones que comprueban la ayuda que prestan de manera eficaz y adecuada.

También en este terreno, México y sus católicos debemos cambiar.- México, Distrito Federal.

@yoinfluyo

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*) Colaborador del sitio web Yo Influyo

»Tampoco hay apoyo a la comunidad, sólo el 15% apoya las obras comunitarias y lo más alto es la denuncia respecto de fugas de agua




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