La cura ilusoria de México

Héctor Abad (*)

Se cría un monstruo

Casi todos están de acuerdo: lo único peor que asesinar es ser asesinado. Si nuestras vidas están amenazadas, tenemos el derecho de defendernos, con la fuerza si es necesario. En una sociedad civilizada esa defensa es delegada al Estado. Pero no todos nosotros, aparentemente, vivimos en esa clase de sociedad civilizada.

En los 90, Colombia vio el nacimiento de grupos de autodefensa. En su impotencia y desesperación por no ser capaz de ganar rápidamente la guerra contra el ejército de guerrilla (que era, esencialmente, un cártel de droga) y contra el ejército personal del señor de la droga, Pablo Escobar, el Estado dio luz verde a esos grupos, llamados Convivir. Estaban conformados por agricultores, entrenados por soldados y financiados por terratenientes y agronegocios. Cuando empezaron a extorsionar a los mismos empresarios que los financiaban, fueron declarados ilegales. Pero ya era demasiado tarde. Se habían convertido en los grupos paramilitares clandestinos, utilizando las mismas armas que aquellos a quienes combatían: secuestro, asesinato de inocentes, tráfico de drogas.

Lo que ha estado pasando en estos últimos meses en México, en Michoacán, me hace temer que lo mismo está sucediendo. Las autodefensas se han organizado para expulsar al cártel local de la droga, los Caballeros Templarios. Tras la primera exigencia de que las autodefensas se disuelvan, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto los ha integrado como parte de los Cuerpos de Defensa Rural, al menos nominalmente bajo el control de los militares.

Así es como sucede. El Ejército, con el beneplácito de las autoridades centrales, busca un aliado, un mal menor entre los poderes locales. En comparación con los crueles y sanguinarios Caballeros Templarios, los grupos de autodefensa tienen apoyo popular y se les permite operar. Mientras tanto, el gobierno ignora el hecho de que algunos de estos vigilantes podrían ser financiados por enemigos de los Caballeros Templarios; por ejemplo, bandas de narcotraficantes rivales u otro cártel desde el vecino estado de Jalisco. El gobierno permite a las autodefensas actuar por un tiempo, pero cuando se trate de reacuartelarse, los grupos se habrán convertido en un poder armado con el que el gobierno tendrá que hacer un pacto, ya que sin ellos el Estado no será capaz de hacer valer su autoridad.

México, al igual que varios países de América Latina, es capaz de garantizar la seguridad y el dominio de la ley sólo en ciertas zonas. El alma de la ley y el orden se las arregla para fluir cerca del corazón del poder, en torno a las grandes ciudades, pero cuanto más nos alejamos, más débil es el pulso y en algunos lugares no hay ninguno en absoluto. Los oficiales de policía son pocos y corruptos, jueces viven bajo la amenaza de los déspotas y dictadores locales, y las autoridades legítimas han sido sobornadas por los ilegales. Es como el salvaje oeste americano, pero con armamento del Siglo XXI, ejércitos privados financiados por el flujo torrencial de dinero procedente del tráfico de drogas, y sin perspectivas de un sheriff honrado que cabalgue para restaurar la calma.

A veces los Estados Unidos -que se comprende a sí mismo tan bien, pero falla en comprender las realidades de América Latina- pide a los gobiernos de sus amigables vecinos del Sur que libren batallas heroicas. Le pide la eliminación de cultivos ilícitos, la guerra total a las drogas o el exterminio de las fuerzas guerrilleras. Los gobiernos más obedientes ignoran las que podrían ser las soluciones reales -como cortar la fuente de la enorme riqueza de los cárteles mediante la legalización de las drogas- y en lugar intentan llevar al cabo estas peticiones. Envían a sus ejércitos nacionales para emprender la ingrata tarea de luchar contra sus propios compatriotas. Eso es lo que Felipe Calderón, anterior presidente de México, intentó.

Pero estas guerras a muerte siempre fallan. Lo que generan son poderes locales que se defienden armándose hasta los dientes, y los territorios periféricos que se convierten en campos de batalla donde la vida es imposible que los civiles indefensos. La economía legítima y el turismo desaparecen, el número de muertos se dispara (a alrededor de 80,000 en México), y el ganador final, inevitablemente, no es el Estado, sino algunos narcodictadores locales con su propio ejército de mercenarios.

Esto es lo que hemos aprendido en Colombia: cuando el Estado no está presente, son tiranos locales los que toman el poder y brutalmente imponen sus reglas, que no son más que la defensa de sus privilegios. El viejo concepto hobbesiano de que el estado natural de la humanidad es que el hombre es un lobo para el hombre parece confirmarse en estos involuntarios experimentos anarquistas latinoamericanos. El lobo más fuerte y más rico (por tráfico de drogas o la minería ilegal) domina a los otros lobos. Por supuesto, cada país es diferente. Pero me temo que hoy México está cometiendo el mismo error que Colombia cometió un cuarto de siglo atrás. Las autodefensas parecen ser una cura -vistos como salvadores-, pero en realidad son parte de la enfermedad, un ejército ilegal más actuando sin restricciones y financiadas con dinero sucio.

En Colombia, los grupos de autodefensa fueron finalmente perseguidos hasta que 25,000 de ellos se vieron obligados a desmovilizarse en 2003. Ya que eran también traficantes de drogas, unos pocos cabecillas paramilitares principales terminaron siendo extraditados a Estados Unidos. Pero su legado persiste. Sus descendientes aún viven en Colombia y todavía tienen el poder: ahora se llaman bandas criminales y todavía están practicando la extorsión y el asesinato financiado por la minería ilegal y el dinero de la droga.

Las autodefensas podrán comenzar asesinando secuestradores, narcotraficantes y extorsionadores, pero pronto empiezan a matar a sus parientes y luego a sus amigos o a aquellos que piensan son sus amigos, y luego las familias de los amigos, hasta que todo el mundo es sospechoso y podrán llegar a tocar a su puerta, como nos pasó en Colombia, como le ocurrió a mi padre cuando fue asesinado a tiros en las calles de Medellín.

Permitir ejércitos privados, aun para supuesta defensa propia, es crear un monstruo como la Hidra: si corta una cabeza, dos más vuelven a crecer. (Publicado por “New York Times”).- Medellín, Colombia.

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*) Columnista de “The New York Times”. Periodista colombiano




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