¿Existe el Estado mexicano?

¿Existe el Estado mexicano?

Lorenzo Meyer (*)

Agenda ciudadana

Dos realidades. De inicio, la pregunta que encabeza esta columna puede parecer absurda. ¡Claro que el Estado existe! De lo contrario, ¿quién tendría el poder de ofrecer a los inversionistas extranjeros la riqueza petrolera mexicana? No es Enrique Peña Nieto, se asegura, es el Estado mexicano, pues la energética es “política de Estado”, de ese Estado que en 1938 le arrebató esa riqueza a los poderosos petroleros extranjeros, pero que ahora se las devuelve porque así conviene en la época de la globalización. Es el Estado el que garantiza el sistema de gobierno que tenemos y el que provee el marco para el juego del mercado. Finalmente, el Estado hace lo que hace porque se supone que encarna el interés general.

Y, sin embargo, si uno vuelve la mirada a Michoacán encuentra algo muy diferente: una sociedad a merced del crimen organizado, donde las organizaciones delictivas han dispuesto del tiempo para dar forma a una amplia red de intereses económicos y de apoyo, ponen autoridades, financian campañas políticas, cobran impuestos, manejan a la policía, confiscan bienes, destruyen comercios, ordenan y ejecutan sentencias de muerte. Y todo, mientras las estructuras del Estado dan muestra de una perfecta inutilidad, inexistencia o subordinación a los dictados de individuos que son los auténticos poderes de la región mientras el “interés general” brilla por su ausencia.

Al crimen organizado en Michoacán le acaba de salir un contrapoder que surgió a pesar del Estado. Las autodefensas organizadas y armadas por sí y para sí hoy llevan al cabo una guerra contra la principal organización criminal de Michoacán —los llamados “caballeros templarios”—, más auténtica que aquella “guerra” que les declarara hace siete años y en nombre del Estado el gobierno de Felipe Calderón. En la “Tierra Caliente” y en otros lugares, eso del “monopolio de la violencia legítima” como definición del Estado es una idea hueca.

¿Cómo explicar que en un mismo país y tiempo se puedan dar dos ejemplos extremos de potencia e impotencia de eso que llamamos Estado? Quizá una propuesta formulada en 1977 por Philip Abrams pueda ayudarnos a responder tal pregunta, (“Notes on the difficulty of studing the state”, Aradhana Shama y Akhil Gupta, eds., “The antropology of the state”, Blackwell, 2010).

La tesis. Tras examinar críticamente las tesis marxistas y no marxistas sobre la naturaleza del Estado, Abrams concluyó que para entender mejor las relaciones e instituciones políticas conviene abandonar la idea del Estado como algo que efectivamente existe en la realidad. Éste es más bien una noción que ha servido, y sirve, para velar la realidad y legitimar lo ilegítimo: la dominación de un grupo o clase sobre otra u otras. El verdadero y mayor “secreto de Estado”, afirma Abrams, es que el Estado realmente no existe (p. 123). Lo que sí existe son las instituciones de dominación —el ejército, la policía, las cortes, el fisco, las prisiones, etcétera— pero que necesitan ser presentadas a la sociedad como “El Estado” para ser consideradas legítimas. Sin embargo, en la práctica, sólo es posible ver y estudiar las partes, pero no a ese supuesto todo que se dice encarna y garantiza un interés común, interés que, en la práctica, también es otro ectoplasma. Lo que sí existe son los intereses particulares, parciales y las instituciones que los promueven y defienden: la presidencia, los ministerios, los congresos, etcétera.

El petróleo y Michoacán. Desde esta perspectiva, lo que hay detrás de la reprivatización de la gran riqueza petrolera, por ejemplo, es el ejercicio descarnado del poder de la nueva oligarquía mexicana, con formas y razones muy similares a como lo hizo la oligarquía porfirista, que se benefició de la aceptación casi general de la idea de que en México se vivía bajo la sombra de un Estado fuerte, que, como apuntara irónico Renato Leduc, pareció existir “Cuando era Dios omnipotente y Porfirio Díaz presidente”. Sin embargo, cuando en 1910 un puñado de mexicanos resueltos dejaron de creer en esa omnipotencia, en unos cuantos meses el régimen se vino abajo.

Como a los intereses que hoy controlan el entramado institucional del poder no les interesó ni les afectó gran cosa que en Michoacán o en otras regiones se formaran estructuras ilegales de poder, ni que estas corrompieran sistemáticamente a las autoridades locales (como lo hacen los grandes poderes fácticos con la cúpula del poder), el supuesto imperio del Estado simplemente no existió. Es cierto que los aparatos de seguridad del gobierno —ejército y policía— crecieron (en el proceso ciertos empresarios y funcionarios hicieron buenos negocios), pero el resultado fue una guerra que no se ganó. Nuestra situación actual pareciera ser un caso que prueba la tesis de Abrams sobre la inexistencia de un Estado propiamente dicho y la prevalencia de las relaciones crudas del poder. Por lo tanto, desde fuera de la élite, la cuestión debe ser cómo transformar el sistema actual de dominación para hacerlo menos corrupto, más tolerable y eficiente.
Resumen: Quienes sostienen que el Estado no tiene realidad sino que sólo existen las desnudas relaciones de poder, tienen en el México de hoy un caso en favor de su tesis.— México, Distrito Federal.

Web: www.lorenzomeyer.com.mx
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*) Historiador y analista político




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