El Verbo se hizo carne

Víctor M. Arjona Barbosa (*)

¿Qué pasó en Navidad?

“Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1,14). De esta manera, sencilla en la forma y profunda en el contenido, nos recuerda San Juan el misterio de la Encarnación; sencilla, porque así es la palabra de Dios que quiere ser entendida por todos los hombres y quiere llegar a todos los corazones. Y profunda, porque la encarnación significa un gran momento en la salvación. Es el inicio de la plenitud de los tiempos. Es el Dios todopoderoso, el autor de los prodigios y maravillas, el creador de las galaxias inmensas y de lo infinitamente pequeño, quien por su amor y en el fiel cumplimiento de su Palabra se hace hombre sin dejar de ser Dios, para enseñar al hombre el camino de Dios y le da la verdad para hacerlo libre y el amor para elevarlo a la dignidad sobrenatural de Hijo de Dios y la vida en abundancia para sentir el gozo de la presencia divina en nuestro ser como ríos de agua viva que fluyen hacia la patria eterna.

“Y el verbo se hizo carne…” porque el desorden que entró en el mundo por el pecado confundió la inteligencia del hombre y en su corazón nació la violencia y la soberbia que lo alejaron de su Señor. La fidelidad y la misericordia de Dios y el amor eterno con que nos ama, se manifiestan en la promesa de un Salvador. Y la promesa se cumple en Navidad, cuando Jesús, el Cristo, el Ungido, el Mesías, nace de las virginales entrañas de María.

“Y el Verbo se hizo carne.” porque la plenitud mesiánica hace surgir una nueva Alianza que completa la antigua y revela que Cristo es el Señor de la historia, porque la esencia de la historia humana es la historia de la salvación del hombre.

“Y el Verbo se hizo carne…” porque quiso ser como nosotros, asumir la naturaleza humana en todo, excepto en el pecado. Y en carne humana sintió la alegría, la ternura, los hermosos vínculos de la amistad, el gozo de contemplar auroras y atardeceres, la dulzura en los ojos de los niños, la emoción por la fe de los hombres. Pero también en carne humana sintió y observó la miseria del pecado, de la opresión y de la injusticia, experimentó la traición y el abandono de los hombres, la soledad, la hipocresía y el egoísmo de tantos y, finalmente, en carne humana sufrió los dolores lacerantes y desgarradores de su martirio hasta entregar su espíritu al Padre en los brazos de la cruz.

“Y el Verbo se hizo carne…” para revelarnos a Dios. Cristo es la imagen perfecta del Altísimo. Aunque en el Antiguo Testamento existe una revelación progresiva, es, sin embargo, con Jesús, cuando conocemos el Nombre de Dios.

“Dios mío, les he revelado tu nombre… tu nombre es Padre” (Jn. 17, 6 y 7). A Dios no se le puede ver con los ojos, ni siquiera puede ser alcanzado con la visión racionalista. La única forma de “ver” a Dios es con los ojos de la fe y con el corazón limpio.

Todas estas maravillas del amor de Dios que sale al encuentro del hombre, que lo busca incesantemente para entregarle su perdón y su gracia; que a lo largo de la historia de la salvación ha preparado un Reino extraordinario para su creatura preferida y bien amada -el hombre-, todo ello tiene un momento definitivo, una culminación de los tiempos, la realización de la promesa, la revelación completa; el nacimiento del Verbo, Dios hecho hombre para salvar al hombre y promoverlo a una dignidad sobrenatural. El Dios trascendente, el que está más allá, por el misterio de la Encarnación, se convierte en Emmanuel. El Dios con nosotros. ¡Qué profundidad de la sabiduría divina y qué insondables los designios del señor!

Al celebrar la Navidad, consideremos en nuestro corazón todos estos prodigios del amor de Dios: de rodillas, vengamos todos a adorar al Señor, a decir alabanzas en su honor, a bendecir su nombre que es admirable en toda la Tierra, a proclamar su grandeza, a entonar aleluyas, porque nos ha nacido el Salvador. ¡Gloria a Dios!

Hermanos: que el Dios de la esperanza nos llene de su alegría y de su paz en el día de Navidad y todos los días, y que el poder de su amor nos dé el entusiasmo para vivir ahora y siempre una vida de plenitud y gracia.- Mérida, Yucatán.

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*) Profesor de Infolaicos




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