El lápiz de don Fernando Castro

Addy Góngora Basterra (*)

Letranías

No recuerdo cómo fue que empecé a coleccionar lápices ni cuándo algunas personas que saben de mi afición empezaron a regalármelos. Tengo lápices de museos, librerías, festivales e instituciones; de sitios que son Patrimonio de la Humanidad, lápices sin punta, sin usar, pero también -y éstos son mis favoritos- lápices de personas, madera reducida en tamaño por el uso, por bocetos, cartas de amor, anotaciones en cuadernos, en pentagramas, sumas y restas, garabatos, cotidianidad. Aunque están revueltos entre sí, apretujados dentro un mate de calabaza, identifico perfectamente de dónde es cada uno o al puño de quién pertenecieron.

Tomo uno de ellos y lo pongo junto a mí mientras escribo. Tal vez sea el más pequeño de todos los que tengo. Lo miro como quien se detiene a mirar una fotografía, reconociendo en ese objeto los detalles del rostro de la persona que una tarde de mayo me lo dio. Es un lápiz azul que de tan pequeño cabe en la palma de mi mano. Está afilado, con la punta triangular tal cómo estaba al momento que Fernando Castro Pacheco lo tomó para obsequiármelo. No puedo evitar recordarlo en estas fechas, porque el 26 de enero este pintor magnífico habría cumplido 96 años.

En dos ocasiones platiqué con él sobre todo lo que se nos ocurriera: el erotismo en el cine, la música de Piazzolla, las cuevas de Altamira, Siqueiros y el Muralismo, su relación con Blanca Sol y de si yo tenía novio; su opinión sobre la globalización, el machismo de los hombres, la inspiración, la literatura y los años en los que fue director de “La Esmeralda”. Lo recuerdo con alegría, con emoción y con la certeza de que era un ser humano sin tiempo. Es decir, si bien su cuerpo cumplió la ley de la vida, envejecer, su mente, sus ideas, sus razones, sus pasiones estuvieron siempre al día. Por eso hablar con él fue una delicia, porque en sus palabras se manifestaba la experiencia, lo anecdótico, la pasión, el amor, el talento, la jovialidad, la franqueza, la genialidad y, sobretodo, el respeto y la humildad.

El domingo pasado fui al Palacio de Gobierno de Yucatán para reencontrarme con sus murales. Al ver su obra, pensé dos cosas. La primera: la estatura de don Fernando versus la obra ahí colocada. Imaginar al hombre imaginando frente a un lienzo siempre me ha resultado fascinante. La segunda: su voz. Sus palabras me guiaron y me ayudaron a ver lo pintado a través de sus ojos. Cito un fragmento de nuestra última conversación que es ahora una diálogo transcrito que ojalá pronto pueda publicar completo. Contó don Fernando: “Cuando se decidió a hacer el Salón de la Historia de Yucatán, me puse a leer la historia escrita por los historiadores liberales, por los historiadores conservadores y de ahí decidir los momentos desde el punto de vista plástico, visual, los momentos históricos trascendentes en la historia de Yucatán. Pronto advertí que lo que sucedió aquí ha sucedido en otras partes. Por ejemplo, cuando proyecté y pensé en el mural de ‘La guerra de castas’, tú ves ahí a los hombres combatiendo, no ves al enemigo. No es un cuadro de batalla. Los hombres están luchando, están defendiendo a sus mujeres, a los niños, su casa, su caserío, su tierra. Están defendiendo su condición de ser. Y esto es lo mismo que sucedió en Vietnam. Cuando tú trasciendes lo local hacia más allá, entonces es cuando tú le das, creo yo, una resonancia humana y eterna. La lucha del hombre por su tierra. Por sus mujeres. Por su pueblo”.

Si hay algo que roce la eternidad es el arte. A través de él se perdura el deseo, el poder, la queja, el amor, la historia. Pensar que de las lecturas de don Fernando salieron esas obras que hoy admiramos cuando él ya no está reafirma el lugar del arte y los libros como instrumentos de placer y poder que acompañan nuestras vidas, sobreviviéndonos. Así que miro el lápiz, lo devuelvo a donde ha estado los últimos meses y lo acomodo con cuidado, como quien decide conservar la velita de un pastel que alumbró los deseos de un cumpleaños.- Mérida, Yucatán

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*) Licenciada en Letras Hispánicas y profesora de Historia del Arte

Pensar que de las lecturas de don Fernando salieron esas obras que hoy admiramos reafirma el lugar del arte y los libros como instrumentos de placer y poder…




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