El ejercicio profesional, al servicio del bien común

Francisco Otero Rejón (*)

Caperucita Roja y el Lobo de Wall Street

Sabemos sobradamente que toda obra de arte es polisémica y, por lo tanto, susceptible de múltiples lecturas y valoraciones, algunas antitéticas y excluyentes. También sabemos que después del instante final del proceso creativo, cuando el artista admite ante sí mismo que ya no puede hacer algo más por su obra, ésta está inconclusa porque, según algunas estéticas, el objeto artístico no se ha culminado pues aún falta lo que tiene que ponerle ese co-creador anónimo para quien el artista ha estado trabajando consciente o inconscientemente la materia prima: el espectador, el público, el destinatario de la obra.

Toda obra de arte interpela a sus múltiples públicos igualmente de múltiples formas provocando en ellos diversas experiencias estéticas. Parece inevitable que así ocurra porque todos los espectadores asimilan las obras desde horizontes y paradigmas personalísimos. En eso consiste la co-creación del espectador: así concluye él la obra de arte cuando ésta sale de las manos del artista y desencadena la experiencia estética del receptor.

Las obras cinematográficas son obras de arte y aplica a ellas el párrafo anterior. Las películas son concebidas y realizadas pensando en un determinado nicho de espectadores pero accederán a muchos más nichos y esto producirá las variadas reacciones de las que hablaba yo antes inspirado por las reflexiones del polaco Roman Ingarden sobre la “recepción crítica” del objeto artístico. Pienso que las experiencias estéticas serias tienen motivos válidos para justificar su aprecio o desprecio.

Menciono esto a propósito de la exhibición comercial en la localidad de la película “El lobo de Wall Street” que llega precedida de la fama de su director, Martin Scorsese, y de la popularidad del actor en papel protagónico, Leonardo DiCaprio. La película pertenece al género biopic (película biográfica) y esto se anuncia para darle credibilidad al guión. El personaje interpretado por DiCaprio es Jordan Belfort quien se hizo célebre en los Estados Unidos de Norteamérica por su escandaloso comportamiento profesional como corredor de bolsa en Wall Street y por su aún más escandalosa vida personal.

La película, de 2013, ha sido recibida en su país de origen con desbordante entusiasmo patente en las alfombras rojas de las premiaciones cinematográficas previas a la entrega de los Oscar: en la edición 2014 de los Golden Globe Awards fue nominada en 2 categorías: mejor película y mejor actor, alzándose con el premio en la segunda categoría. Y en los Critics’ Choice Movie Awards, mereció tantas como 6 nominaciones ganando, otra vez, Leonardo DiCaprio, el premio al mejor actor. Estas premiaciones son la antesala del Sancta Sanctorum del cine norteamericano: los premios que otorga la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas: los legendarios Oscar cuya recepción permite a los ganadores ingresar al Olimpo hollywoodense. Para ese emblemático evento, que se realizará en marzo del presente año, “El lobo de Wall Street” ya ha recibido 5 nominaciones incluyendo 3 de las más importantes categorías: mejor película, mejor director y mejor actor en papel protagónico.

Después de que los oráculos de la cinematografía están consagrando la mencionada película, puede sentirse la tentación de recomendarla antes de verla y de ir a verla con el esquema prefigurado de que te va a gustar porque tiene ser una buena película toda vez que los expertos la han ensalzado. Yo no soy un experto en las artes cinematográficas y por eso no voy a emitir juicios sobre su valor técnico para los que me declaro incompetente. Pertenezco a uno de los nichos de espectadores que, con alta probabilidad, no están en la mente de los magnates del cine: soy un profesor que va al cine buscando películas que pueda recomendar a los estudiantes universitarios para reforzar las enseñanzas sobre valores morales en la vida personal y profesional que se imparten en las aulas. Por eso fui a verla y decir que quedé desencantado de la película, es decir, lo más poco. La película es todo lo contrario de lo que me esfuerzo por compartir en el aula y siento que mi trabajo como educador es amenazado con cada premio que la película reciba, pues ¿cómo competir con esa “joya de la cinematografía” que tan gráficamente expone el discurso contrario al mío?

Y no me escandalizan principalmente las escenas de desnudo integral frontal, ni el flagrante consumo de drogas, ni la extrema violencia verbal, ni el sexo casi explícito que con fulgurante abundancia y obviedad plagan la película, porque me resultan daños colaterales comparados con lo que más me perturbó: el mal comportamiento sin castigo proporcionado. No hay que olvidar que es una biopic: los fraudes y todos los excesos ocurrieron y su perpetrador vive en libertad en una de las ciudades playeras más caras de los EE.UU. Cuando se descubre su felonía es condenado a menos de 2 años en la cárcel (por colaborar con el FBI) y al pago de indemnizaciones monetarias a sus víctimas, lo que muy insuficientemente ha cumplido, mientras disfruta de una nueva bonanza económica debida a la publicación de sus memorias y la impartición de conferencias. ¿Es ése el castigo proporcionado a una conducta modélica del mal? Y no es que yo esperara que al final de la película el cielo se abriera y que un rayo divino fulminara al contumaz criminal, pero cuando menos esperaba que el rostro del actor en la escena final mostrara algún rastro de vergüenza y arrepentimiento, pero nada: el personaje malo acaba bastante bien. A este feroz lobo de Wall Street que prácticamente devoró a 1,513 Caperucitas Rojas a quienes estafó millones de dólares le hizo falta el leñador que lo castigara de manera ejemplar.

Como espectador de la película tengo derecho a mi lectura personal: no me gustó y no por timorato, sino porque de manera indirecta promueve el mal obrar al mostrar, bajo la diestra dirección de Scorsese y la apreciable actuación de DiCaprio, que el crimen sí paga cuando se consuma exitosamente y, cuando no, recibe un tibio castigo, lo que puede motivar más que desalentar conductas criminales.

Que sigan premiando “El lobo de Wall Street”, que arrase con los Oscar, que Scorsese y DiCaprio sean aplaudidos hasta el delirio… pero yo, que sigo empeñado en enseñar que el mal debe ser despreciado, no se la recomiendo a nadie y mucho menos a jóvenes universitarios que pronto enfrentarán la disyuntiva entre un éxito económico a cualquier precio y el ejercicio profesional honesto al servicio del bien común que, tal vez, no sea remunerado tan abundantemente.- Mérida, Yucatán.

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*) Coordinador de Humanidades de la Universidad Anáhuac Mayab




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