El amor verdadero

Mario Barghomz (*)

Letras marginales

Para Amor

Amar no es un deporte en el que tengamos que competir por algo o contra alguien; no es una carrera de 100 metros o una prueba de pesas para ver quien aguanta más; amar no es aquello donde tengamos que demostrar nuestra capacidad física o nuestra experiencia en el tema.

Amar tampoco es una virtud culinaria donde haya que saber cómo mezclar aceite, mantequilla, pimienta, verduras, pasta, pescado o lo que sea, en un alarde ingenioso o creativo de alta cocina; no es nada que tenga que ponerse a fuego lento, medio, intenso o al horno.

Amar no es cuánto puedo ofrecer o comprar, cuánto puedo o debo gastar en ello para demostrar la capacidad de mi sentimiento. El dinero en el amor es mera apariencia, poco importa en el alma; si lo hay, casi siempre está de más, y si no, su ausencia vitaliza el espíritu.

Amar está muy lejos de ser una mera transacción, aunque así lo parezca cada día de san Valentín, donde es más el gasto y el empeño de un deseo incontinente, que de aquello más sereno y verdadero.

Es decir, amar tiene menos que ver con el afán y la demostración caprichosa de un día de romance, que con el espacio que el verdadero amor se da todos los días en la paz interior de dos que se aman, la armonía y la serenidad de una presencia frente a la otra. Porque amar es precisamente ese espacio cotidiano de vida simple y llana, de vida en sí y en el otro, de vida sin prisa, protocolo ni promesa, sino de posibilidad inminente y última, como dice Heidegger.

Amar es ser libre, pero no en el dogma de “libre albedrío”, sino en el concepto de libertad consciente expuesto por Jean Paul Sartre, y que es lo que proyecta al amor hacia el deseo, la voluntad y la elección del sujeto; del hombre que ama y que no necesita, sino que se refleja en el otro en un acto de proyección y encuentro.

Amar, en este sentido, es hacer del amor un acto consciente, espontáneo (natural) y libre, y no una transacción o trueque donde dos que dicen amarse se dan y se entregan mutuamente como si fueran dos mercancías, adjudicándose o señalando el valor de lo que cada uno hace por el otro, esperando la retribución o el pago. Como si el amor, para el caso, costara algo o tuviera un precio. Si así fuera; ¿cuánto vale?

Amar es saber, entender y conocer a una persona, dice Erich Froom en su libro “El arte de amar”, la ausencia de aquello que nos hace falta y por lo cual lo buscamos, argumenta Platón en “El banquete”, a través de la voz de Diótima ante Sócrates.

Pero la historia del amor como lo entendemos o debemos entenderlo en Occidente es más antigua y se remite a los primeros mitos griegos sobre éste. Uno es la historia de Psiké (conciencia) que enamorada de Eros (o Cupido, hijo de Afrodita) debe vendarse los ojos para ser amada. Así surgió el viejo concepto: “El amor es ciego”, que en un sentido más filosófico (o dialéctico) quiere decir que el amor debe verse con la conciencia; es decir, con el alma, ya que la palabra psiké etimológicamente significa alma, que a su vez es sinónimo de conciencia.

Otro mito hace referencia a los padres de Amor y se refiere a la concepción de Amor el día del cumpleaños de Afrodita. En él se habla de Poros (abundancia) que estimulado por el vino seduce a Penia (diosa de la desgracia y la pena) que por cierto no estaba invitada a la fiesta, de lo que luego nacerá Amor. Por ello que identifiquemos al amor con la abundancia y la felicidad de Poros, pero también con la desdicha y el sufrimiento de Penia cuando por amor se nos lastima.

Amar, el más simple ejemplo del alma donde un espíritu encuentra a otro, donde un ser se identifica con otro en el tiempo, en el aprendizaje de un arte mutuo tan viejo como el hombre y su cultura.- Mérida.

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*) Escritor y filósofo




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