El amigo que se fue

Margarita Díaz Rubio (*)

Página en blanco. La tengo enfrente. Resplandece, brilla. ¿Se burla? ¿Me reta? Me digo que así es. Es un reto y lo asumo y lo confronto. Escribir sobre el amigo que se ha ido y que deja en la orfandad a un centro cultural creado hace 20 años con la esperanza de preservar nuestra tradición y riqueza peninsular es algo duro de afrontar pero necesario para mí.

Fuimos cinco los soñadores y ahora sólo quedamos dos: Joan Andrews y yo, que me siento en la orfandad sin el compañero en la titánica e incomprendida lucha cultural de la preservación de documentos varios, importantes para la historia de Yucatán ahora, para la medalla “Silvio Zavala”, nuestro presidente honorario y a quien le pusimos la primera placa alusiva a la historia meridana; hace 15 años le pregunté si le gustaría que ProHispen lo nominase y su respuesta fue: “No, Margarita. No soy yucateco y acá la gente no simpatiza conmigo”. Y siempre me pregunté por qué, ¿por qué sus últimas publicaciones fueron editadas a todo lujo y como se merecían por el gobierno de Campeche y no acá en Yucatán?

-Recuerda, Margarita, que somos peninsulares -fue su respuesta discreta.

Y en esa página que ya no está en blanco quiero expresar lo que siento por el padre de familia, buen esposo, amigo incondicional y mentor, con sentido común, memoria fotográfica y facilidad de palabra. Recuerdo las conferencias que impartía en el centro cultural sobre la historia de Yucatán, charlas memorables e inolvidables. Y me pregunto: ¿Qué haré ahora? Su presencia cotidiana, desinteresada era como la lluvia que riega, nutre y da vida. Y así por 20 largos años.

En mis recuerdos están nuestras primeras publicaciones de su autoría en el centro cutural: por ahí estuvo Picheta, Los obispos de Yucatán, El calendario cívico y varios más, incluyendo artículos periodísticos y la manera rápida en que concluyó -a la llamada de auxilio de Raúl- la enciclopedia “Yucatán en el tiempo”. Michell tenía un método para plasmar en textos sus investigadores, que yo lo comparaba con los arquitectos que planean y construyen casas. Dejó más de 100 libros históricos de su autoría, que son invaluables.

Y recuerdo cuando me informó que se vendió la hacienda Chenché de Las Torres y que toda la documentación y papelería estaba por quemarse. La pusimos -previamente fumigada- en 84 cajas para seleccionarla, algo que nos tardó 5 años. Valió la pena pues es una de las estrellas del archivo que tenemos y cuidamos. Y el de la Cervecería Yucateca en que vimos todos los papeles del jurídico, entre las que se encontraba el texto de la primera asamblea efectuada, todo arrinconado en el suelo y los rescatamos … para ser seleccionada y digitalizada.

Recuerdos que llegan a la mente, que se agolpan, y avasallan. Recuerdos de un trabajo de amor al pasado yucatanense y su preservación. Recuerdos de una amistad fraterna y de una hermandad. Ya no está. Su esposa Rocío -por la que llegó a esta tierra a la que le dio tanto- me cuenta que cuando se casó con él la llevó a vivir a un departamento donde lo que había eran libros, libros, libros y más libros y documentos de toda clase que recolectabas en tus correrías de tiendas de libros viejos.

Somos cofundadores de algo que ha llegado a ser importante y en nuestra amistad sólo de una cosa me arrepiento: ya tenía leves síntomas de la enfermedad y fue cuando lo nombraron integrante de la Academia de Historia en la ciudad de México. Me invitó a ir y no pude. Llame a nuestro mutuo amigo Hernán Lara Zavala y acudió con su esposa Aída y sus elogios fueron innumerables. Se sintieron muy orgullosos de ti, de tu disertación y de la distinción que recibiste.

Descansa en paz, amigo querido, mentor personal. Fue un privilegio esa amistad fraterna. Gracias por lo que me diste a mí como persona y al Centro Cultural. Me siento en la orfandad.- Mérida, Yucatán.

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*) Escritora. Presidenta del Patronato Pro Historia Peninsular de Yucatán




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