El agradecimiento inglés

Javier Caballero Lendínez (*)

Entre Mérida y Nottingham

Me desperté temprano. Mi vuelo llegó con retraso la noche anterior y me acosté en la madrugada. Tenía que buscar una casa, encontrar trabajo, todo paso a paso o, mejor, todo a la vez. Me desperté y minutos después, aparecí en la avenida Radford Boulevard por casualidad, sin saber dónde estaba, sin trabajo, pero en Radford Boulevard al fin, una calle con un ambiente similar a nuestra García Ginerés (en edad y en modo de vida).

Un par de tendejones pakistaníes (muy comunes en todo Inglaterra), un bingo, dos bares, un Aldi (supermercado muy económico) y una librería eran las únicas muestras de vida que divisaba entre la maraña de estrechas casas al estilo residencial inglés: un gran ventanal hacia la calle acompañado de una pequeña puerta de entrada precedida de varios escalones.

Recorrí Radford Boulevard asombrado por los enormes árboles y el ligero tráfico en ese mundo al revés. No me crucé con nadie. Estaba asustado, era la primera vez que salía de mi país y lo hacía solo, sin apenas conocimiento de inglés y sin saber siquiera dónde me encontraba.

Doblé a la izquierda en la segunda calle que salió a mi paso y allí estaba, reluciente, frente a un clásico pub, una flamante parada de autobús con un empleado del ayuntamiento pasándole un trapito a los carteles luminosos. Me acerqué como quien encuentra agua en pleno desierto, como si fuera a perder el autobús que no se veía a lo lejos.

Intercepté al empleado público, le pregunté si acababa de pasar algún autobús, y si desde ahí podía ir al centro. Me respondió seco: “No and yes”. Y su dedo índice, un tanto escurrido de carnes, me señaló un enorme póster detrás del acrílico de la parada que casi podía devorarme por lo iluminado y llamativo. Un segundo después desapareció.

Me acerqué y vi algo que de primeras me pareció absurdo, imposible: un horario con las paradas de autobús durante todo su recorrido. “Usted está aquí”, decía en inglés una marca en el póster y junto a él una lista vertical de horarios con las supuestas llegadas de los autobuses que pasaban por ahí.

El mío ponía claramente “Centro” y su horario me asustó: 9:52; 9:58; 10:08; 10:14; 10:20 y así hasta la noche.

Aquella precisión de horarios me pareció un chiste, especialmente porque venía de una ciudad española donde el caos quedaba representado en la línea de autobuses, un universo, como en Mérida, sin dueño ni orden, una bomba atómica en forma de ruedas y chapa dando tumbos por media ciudad. En la parada había, también detrás del acrílico, un reloj digital.

Eran las 9:49 según ese reloj. Y, en efecto, tres minutos después llegó el autobús. Lo perdí… a propósito… por mi afán chismoso de enterarme de todo. Esperé para comprobar si también cumplía el horario de las 9:58… Ni un minuto más ni un minuto menos. A las 9:58 apareció el autobús. Y también a las 10:08, hora en la que finalmente lo agarré, resuelta mi duda de estadísticas.

Entré. No dije nada. Evité a la gente. Me senté solo casi al final, como siempre hacía en los autobuses de mi ciudad. Me puse mis audífonos, saqué mi reproductor y comencé a escuchar “Estopa”, mi acompañante ibérico, bien castizo, por aquellos lares.

Durante el trayecto, como buen turista-visitante-estudiante-trabajador-extranjero me fijaba en todo. “No es tan diferente el autobús a los de mi ciudad. Sólo parece mejor, más reciente y mejor cuidado, pero ya, hasta ahí”, pensé sarcástico. Poco a poco me fui dando cuenta de las diferencias.

Había asientos libres, pero algunas personas, sin conocerse, se sentaban juntas y de repente platicaban. Todas, sin excepción, saludaban al entrar y eran correspondidas por el chofer, perfectamente uniformado y quien ni por asomo agarró su celular durante el trayecto. Pero la diferencia más sobresaliente fue que muchos de los autobuses con los que nos cruzábamos, incluido en el que yo viajaba, sólo tenían una puerta, la delantera.

Llegué al centro. Me bajé del autobús de manera calmada, tranquila, encontrando una nueva diferencia: no sentí miedo de perder mi brazo durante la bajada, ni de que el chofer arrancara sin esperar a que bajara, ni demás cuestiones que en Granada y en Mérida dan pavor…

Réquiem

Después de unos días en la ciudad conocí a varias personas inglesas con las que tuve una magnífica relación. Durante una de nuestras pláticas me vino a la mente la pregunta del porqué sólo había una puerta en los autobuses. “Sencillo, me dijeron, porque la gente quiere salir por delante para darle las gracias al chofer. No te extrañes, se han hecho sondeos y eso es lo que pide la gente y los choferes”…

Ahora entiendo que la realidad de Nottingham, donde ocurrieron estas anécdotas hace unos años, y Mérida son muy diferentes, tanto en el aspecto económico, como de recursos y calidad de servicios. Pero hay cosas muy sencillas que no tienen que ver con un mayor o menor desarrollo: la calidad humana, la calidez y, sobre todo, el respeto.- Mérida, Yucatán.

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@erjavievie

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*) Periodista




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