¿Dónde está el Niño..?

Richard L. Clifford (*)

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El toque humano 

Acercándonos a la gran fiesta de la Navidad, en este cuarto domingo de Adviento me acuerdo de una joven pareja que estaba feliz de celebrar el bautismo de su primer bebé, en Navidad. En la tarde del día señalado, un gran número de invitados se congregó en el bautisterio, llenándolo al tope. Después de 15 minutos y de saludar a la gente, llamé a la madre del bebé para que se acercara con su adorado infante.

En eso, la joven señora llamó a su esposo: “Marcos, pásame, por favor, al niño”. Sorprendido el marido contestó: “Pero ¡no lo tengo yo! ¡Creí que tú lo habías traído con la muchacha!”. Algunos comenzaron a reír, menos la entristecida madre. Horrorizada, se puso a llorar. Mientras tanto, el avergonzado Marcos salió apuradísimo. Veinte minutos más tarde llegó sonriendo con el precioso inocente, quien dormía plácidamente.

Su retorno cambió el ambiente, mientras que la lagrimosa mamá recibió al bebé muy emocionada, como si lo hubiera perdido y hallado. Daba gracias Dios, mientras abrazaba muy amorosamente a esa preciosa criatura, tan esencial para la solemne ceremonia bautismal que todos esperaban apreciar.

Aquella tarde del “niño perdido” siempre la recuerdo en el ambiente navideño pues, por más grave, y ¡gracioso!, que fuera aquel momento del frustrado bautismo de un niño ausente, me hace pensar en las veces que la solemnidad del nacimiento de Cristo tiende a convertirse en una bella fiesta sin el personaje fundamental debido a cierta ligereza o indiferencia con que algunos “cristianos” reciben el bellísimo Nacimiento de Nuestro Señor.

No cabe duda de que un brillante ambiente navideño es precioso y nos hace mucho bien con solo caminar en su atmósfera. A la vez, agradecemos a quienes honran la llegada del Salvador con todo aquello que nos hace sentir felices -e incluso fuertes- en nuestro fervor cristiano. Gracias al arte e imaginación de mucha gente, el ambiente navideño nos viene a iluminar e inspira nuestro alrededor con intercambio de regalos, fiestas especiales, posadas, piñatas, villancicos, lindos actos litúrgicos, reuniones familiares, etcétera, todo lo que nos favorece un festivo intercambio de adornos, alegría y fervor.

Pero, a un lado todo lo festivo en que andamos siempre, hemos de recordar que aquel Salvador es, como dice San Juan: “Aquel que es la palabra que se hizo hombre y habitó entre nosotros, lleno de amor y verdad. El amor y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1 14-17).

Precisamente -por esa profunda realidad-, siempre hemos de recordar que no hay Navidad sin Jesús, como no puede haber bautismo sin el infante.

Agradecemos a quienes contribuyen al ambiente humano y espiritual, andando en las luces del Señor, capaz de penetrar momentos oscuros y dificultosos con un dinamismo que eleva a la realidad espiritual de nuestra vida humana.

Queridísimos hermanos: les deseo una muy feliz Navidad celebrada en el ambiente donde esté presente el Niño Jesús anunciado por el coro angelical, trayendo paz y bien a los hombres de buena voluntad.- Nueva York, N.Y.

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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico




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