¿Del gozo al pozo?

Antonio Salgado Borge (*)

Reforma energética: fatal arrogancia neoliberal

A fin de cuentas no sabe uno que concepto formarse de nuestra especie, que tan alta idea tiene de sí misma -Emmanuel Kant, filósofo alemán

Cuando la voluntad actúa libremente, el agente se vuelve responsable de las consecuencias derivadas de cualquier decisión que haya tomado. No es para menos; pudiendo elegir entre varias opciones, la elección de alguna implica necesariamente la no elección de otras. Es por ello que resulta fundamental, en cualquier ámbito de la vida, sopesar los posibles efectos que se pueden derivar de una acción determinada.

Empero, es bien sabido que, para los seres humanos al menos, no hay tal cosa como un conocimiento perfecto de la totalidad de las posibles consecuencias de una acción. Sobre esta incontrovertible premisa edificó el economista Friederich Hayek su defensa de una visión neoliberal de la economía: ¿quién es el Estado, conformado en términos operativos por un puñado de personas falibles, para determinar lo que más conviene a los millones que día a día celebran transacciones comerciales conformando órdenes extensos? Pensar que se puede formular, con base en la razón, las directrices económicas más convenientes, postuló Hayek, constituye una arrogancia fatal.

No es tema de este análisis profundizar en los motivos que me llevan a posicionarme entre quienes ven muchos más defectos que aciertos en el sentido de la teoría hayekiana. Aplicada a rajatabla esta implica, por citar tan sólo dos ejemplos, dejar a su suerte a aquellos con condiciones de vida más deplorables -una especie de selección natural economicista- o permitir que quienes logren una mayor acumulación de la riqueza determinen la suerte de los actores que, de una forma o de otra, entran en su red de interconexiones.

De una u otra forma, las magras justificaciones a favor de la gran reforma del sexenio peñanietista -la Reforma Energética- parecen impregnadas de esta lógica neoliberal: ante la precariedad de su presente y la incertidumbre del futuro del sector energético nacional, se nos dice, es necesario permitir que las grandes transnacionales petroleras hagan y deshagan de acuerdo a sus mejores intereses; en ello se nos va el desarrollo nacional. Como es bien sabido, esto no ha ocurrido cuando la misma dinámica se ha aplicado a otras actividades económicas; por lo que no tenemos ninguna razón para pensar que ahora sí se detonará en crecimiento económico del país. Mucho menos, claro está, para siquiera soñar con la posibilidad de que se mejorarán las condiciones necesarias para el desarrollo humano de aquellos más necesitados.

Considero altamente improbable que el gobierno de la República -conocido durante el calderonato como Gobierno Federal- no haya sopesado los probables riesgos que para su supervivencia política implica esta decisión; aunque dado el estado actual de cosas me parece que se pudo haber subestimado una explosiva mezcla integrada por varios factores.

El primero es la capacidad de convergencia de las izquierdas partidistas con grupos como la CNTE, el SME o, incluso, los saltadores del metro de la ciudad de México. A pesar de su prácticamente nula calidad moral y de que las posiciones de estos grupos han sido tan dogmáticas como la del propio gobierno; en caso de prevalecer su posición estaríamos simplemente ante la sustitución de unos prejuicios por otros, pero éstos han desempeñado una importante función ante la ausencia de ciudadanía, consiste en el ejercicio de una severa crítica que ha puesto bajo la lupa varios de los sinsentidos implicados en esta reforma.

El segundo es sacralizar un viciado pragmatismo y olvidar que la búsqueda de ideales es un rasgo característico al género humano. Antonio Caso, filósofo mexicano, identificaba en el México de inicios del siglo XX la presencia de un realismo ingenuo, que considera que los seres humanos somos animales que simplemente buscamos la solución de nuestras necesidades fisiológicas y de un irrealismo que pone a la utopía por delante y se derrumba al carecer de sustento en las circunstancias actuales inmediatas. Tanto la primera como la segunda postura condenan al ser humano al estancamiento y a una eventual degradación de lo mejor de su naturaleza. Lo óptimo sería, entonces, tomar como base las condiciones reales y sobre éstas proyectar los ideales que queremos alcanzar.

Finalmente, es un error pensar que sólo los simpatizantes de la izquierda pueden ver con malos ojos este proyecto privatizador. Jonathan Bernstein, científico político norteamericano, explica en su más reciente artículo en “The Washington Post” (20/12/2013) que son los más informados quienes se encuentran más ideológicamente definidos; pero aquellos que no se han identificado con un partido político específico suelen tomar argumentos de ambos lados del espectro izquierda-derecha de acuerdo a su posición con cada tema particular. El resultado es una suerte de inconsistencia que lleva al ciudadano a transitar entre una y otra ideología.

Lo anterior, alimentado por la justificada percepción de corrupción en el proceso privatizador mexicano, la conciencia de la importancia del petróleo para la vida nacional -herencia cardenista reproducida por nuestro sistema educativo-, la desconfianza en el Poder Ejecutivo y el sentimiento anti-PRI, podrían producir que muchos electores pertenecientes al grupo de indecisos manifiesten su respaldo a opciones de izquierda en el próximo proceso electoral, en el que, además, es probable que se celebre la consulta popular sobre el tema energético.

Sería en verdad paradójico que quienes han emprendido cruzadas en nombre de la bandera neoliberal, ya sea desde el poder legislativo o desde el ejecutivo, terminen sucumbiendo víctimas de su propia arrogancia.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor de la Universidad Marista




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