De política y otras cosas: Ni fea ni bonita

Catón

Plaza de almas

No era fea ni bonita. No era joven ni vieja. Era Angelita. Así, nada más: Angelita, sin apellido que se le conociera. Estaba, como antes se decía, un poco aireada. Eso significaba que estaba algo ida de la cabeza, sin llegar a tonta o a rematadamente loca. Se sabía que estaba aireadita porque sonreía sin qué ni para qué, y porque entraba en las casas -las puertas de los zaguanes estaban abiertas todo el día en aquella época- también sin qué ni para qué, con su sonrisa a cuestas y con la bolsa de señora que cargaba siempre y en la que nunca traía nada. Se paraba en medio del patio; volvía la vista a su alrededor; miraba y remiraba las macetas, las jaulas de los pájaros, la fuente, y luego preguntaba con su sonrisa clara: “¿De quién fue la idea?”. “De quién fue la idea”.

La frase se hizo proverbial en aquella ciudad pequeña en la que todavía podía haber frases proverbiales. Cuando alguien quería manifestar asombro o complacencia ante algo, repetía la frase de Angelita: “¿De quién fue la idea?”. Yo digo que Angelita debe haber tenido 40 años, o un poco menos. Hija única, sus padres habían muerto, y ella vivía sola en la pequeña casa que le dejaron como sola herencia. Se mantenía con la exigua pensión que recibía de la caja que estableció la señorita María de Jesús Zamora, cuya fortuna de mujer rica y sin familia sirvió para crear la institución de su nombre, que daba cada mes una modesta suma “a pobres vergonzantes”, según rezaba el acta de su fundación. Con eso vivía Angelita, y con lo que le daban las señoras que conocieron a sus padres y que se compadecían de aquella pobre muchacha -muchacha cuarentona- que iba y venía por todas partes y que a todas entraba con su sonrisa llena, con su bolsa vacía y con su eterna frase: “¿De quién fue la idea?”. Cierto día corrió un rumor por la ciudad.

Hay que decir que corrió como reguero de pólvora, pues si no se dice así es que el rumor no corrió tanto ni tan aprisa. Angelita traía las bascas. Vale decir que estaba embarazada. Bien pronto la evidente inflamación de su vientre confirmó la especie: Angelita iba a tener un hijo. Al punto, claro, surgió la fácil broma: “¿De quién fue la idea?”. Reían todos, y decían: “Tonta, tonta, y mírenla”. Parece que Angelita no sabía bien a bien lo que le sucedía. Se preocupaba solamente porque “miren, ya no me queda el vestido”. Las señoras le preguntaban quién le había hecho “eso”, y ella no sabía de qué le estaban hablando. El señor cura García Siller se lo preguntó también, y Angelita seguía sonriendo, sonriendo nada más. Tuvo a su hijo en la maternidad. Lo tuvo, contó una enfermera, con la naturalidad con que los animales paren a sus crías, fácilmente y sin penalidades. “Cómo yo no estoy tonta”, dijo una señora que siempre sufría mucho para dar a luz. La sempiterna sonrisa de Angelita se hizo más sonrisa cuando le mostraron a la criatura y se la pusieron en los brazos para que la amamantara. Estaba feliz con su niño. Era como un muñeco para ella. Por eso, porque el niño era como un muñeco para ella, se lo quitaron para llevarlo al orfanato y ver después qué hacían con él. Fue entonces cuando Angelita dejó de sonreír. Cuando entraba en los patios ya no decía: “¿De quién fue la idea?”. Ya no decía nada. Miraba nada más, miraba a todas partes como buscando algo. La gente decía de ella: “Pobrecita”, pero nada más. Fue enflacando, como si no comiera ya. Dejó de arreglarse; andaba despeinada y con la ropa sucia y arrugada. Las señoras la veían venir y cerraban la puerta de su casa. No la querían ver; nadie quería ver a aquella tonta. Don Gregorio, el administrador de la casa de pensiones, la buscaba para darle su dinerito, porque ella no iba a recogerlo. Ya ni siquiera traía su bolsa, aquella bolsa de señora que traía siempre y en la que nunca traía nada. Quisiera yo poner aquí: “Una mañana la encontraron muerta”. Con eso terminaría la historia. Pero no sucedió así. Se fue apagando poco a poco, y tanto tardó en apagarse que todos se olvidaron de ella. Nadie sabía ya cómo se llamaba aquella mujer que iba por las calles, desgreñada, y que parecía buscar por todas partes algo que no encontraba nunca. Ni siquiera se supo que había muerto. Yo a veces me pregunto si habrá muerto, o si todavía sigue buscando. Quizá la historia aún no termina. Angelita. Ni joven ni vieja; ni bonita ni fea. Aireadita. ¿De quién fue la idea?…- Saltillo, Coahuila.




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