De política y otras cosas

Catón

Caminaba yo, aprendiz de reportero(aún lo soy), por una calle del centro de mi ciudad, Saltillo, y pasé por un local donde había una exposición de pintura. Entré a ver los cuadros, y de inmediato uno me atrajo en tal manera que no pude ya apartar la vista de él. Representaba a un bolerito que, de rodillas en el piso de tierra de su misérrima vivienda, contaba los pocos centavos que había ganado a lo largo del día lustrando calzado. La llama de una vela ponía un dramático halo de luz en aquella escena de pobreza.

Realizado en técnica mixta -óleo y collage-, el cuadro mostraba en las paredes del cuartucho trozos de periódico en los cuales se leían palabras como “hambre”, “muerte” e “injusticia”. En eso alguien me dijo: “Le gusta el cuadro ¿verdad? Yo lo pinté”. “Sí -respondí-. Me gusta mucho”. “¿Por qué no se lo lleva?”. El cuadro costaba 600 pesos. Era lo que ganaba yo en un mes. “No lo puedo pagar” -dije. Me respondió él: “Lléveselo y páguemelo como pueda.Lo que busco es que mis cuadros queden con alguien que los sepa apreciar”.

El pintor es uno de los mejores que en Saltillo ha habido. Se llama Eloy Cerecero Sandoval, gran artista y hombre bueno. Todos lo admiramos y lo queremos todos. Le fui pagando el cuadro, en efecto, como pude: 50 pesos este mes; 30 el siguiente. La pintura era mi orgullo y mi deleite. La puse en la pequeña oficina que tenía en “El Sol del Norte”, el primer periódico en el que trabajé.

Pocos meses después llegó de visita el propietario de la vasta organización a la que el periódico pertenecía, el coronel José García Valseca, personaje en aquellos años todopoderoso. Al pasar frente a mi oficina vio la pintura y se detuvo a contemplarla. “Qué buen cuadro” -comentó-. Al día siguiente el director del periódico me llamó. “Tu cuadro del bolerito le gustó mucho al coronel -me dijo-. Los directivos que lo acompañaban se lo quieren regalar, y me pidieron que te pregunte cuánto quieres por él”. “Que me perdonen -respondí-, pero no lo vendo”. “Estoy autorizado a ofrecerte 3 mil pesos por él”. “Perdóneme ahora usted: no lo vendo”. Todavía tengo la pintura. Y tengo además el orgullo de que Eloy es mi compadre. Cuando me casé, su regalo de bodas fue un maravilloso retrato de mi novia que todavía me llena de emoción cuando lo veo. A lo que voy, sin embargo, es a otra cosa. A decir que medio siglo ha transcurrido desde que este extraordinario artista pintó aquella escena de miseria, y sin embargo las condiciones de vida de millones de niños mexicanos no han cambiado. Aquellas palabras: “injusticia”, “muerte”, hambre”, siguen marcando esas vidas infantiles, muchas veces breves, siempre llenas de carencias y penalidades. ¿De qué han servido, entonces, los gobiernos? ¿De qué vale eso que llaman “el desarrollo” o “el progreso”? Miro el cuadro de mi compadre Eloy, y sus trazos me dicen cosas que las palabras no alcanzan a decir.- Saltillo, Coah.

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