De política y cosas peores: Plaza de almas

Los llamaremos Pedro y Juan. No hay mucha imaginación en eso, ya lo sé. Mayor imaginación habría si los llamáramos Juan y Juan. O Pedro y Pedro, es igual. Porque los dos eran iguales.

Eran hermanos gemelos. Gemelos idénticos. Gemelísimos. Quiero decir que eran absolutamente iguales. Sólo su madre los podía distinguir, y no por vista, sino por instinto. Ellos se divertían con su parecido.

“¡Pedro!”, llamaba a Pedro su papá. Y Pedro decía: “Soy Juan”. “Mira, Juan”, le decía la maestra a Juan. Y Juan decía: “Soy Pedro”. Y reían los dos; los dos reían.

Crecieron y siguieron siendo exactamente iguales, como un espejo puesto frente a otro. Como dos gotas de agua, decían todos usando la misma frase. Ahora ya ni su mamá los podía reconocer. Y es que con los años el instinto se va convirtiendo en razón, y la razón no puede reconocer lo que el instinto sí.

La gente del pueblo se divertía igualmente con los gemelos: “Adivina cuál es Juan”. “Adivina cuál es Pedro”. “¿Eres Pedro o eres Juan?”. “¿Eres Juan o eres Pedro?”. “Ah, ya sé: eres Pedro”. “Ah, ya sé. Eres Juan”. Y ellos seguían divirtiéndose con su parecido.

El que mayormente se divertía era Pedro, el más cábula de los dos. En el pueblo esa palabra, “cábula”, significaba astuto, pícaro, travieso; alguien de quien había que desconfiar. Y Pedro era muy cábula. Juan no. Porque sucede que si de cuerpo los dos hermanos eran absolutamente iguales, gemelos idénticos, gemelísimos, de alma -sea eso lo que sea- eran totalmente diferentes.

Como del cielo a la tierra, decía su mamá. Juan era un pan -también eso decía su mamá-, un buenazo. Por su parte Pedro no es que fuera malo, aunque ahora que lo pienso probablemente sí era malo, pero de eso ni su mamá se daba cuenta. A lo mejor ni siquiera él se daba cuenta de que era malo. Quizá la maldad es como un mal virus que se trae desde el nacimiento. Y la bondad también, un virus bueno que la criatura trae de origen.

En ese caso, maldad y bondad no serían cosa del alma, o de la libertad, o de la conciencia o de la voluntad, sino cuestión de virus. Habrá que revisar muchos conceptos. Me gustaría empezar a hacerlo ahora mismo, pero en este momento estoy muy ocupado contando la historia de Juan y Pedro. O de Pedro y Juan, es igual.

El caso es que Juan se hizo de una novia. Se llamaba Azucena, que es un bonito nombre. Tan bonito que a la muchacha no le decían Chena, o Zu, sino Azucena, así, completo. Azucena se hizo novia de Juan porque Juan era muy bueno, igual que ella.

Eso explica por qué Azucena se sorprendió bastante cuando Juan, que un día llegó a verla así de pronto, sin aviso, le pidió que le diera una prueba de su amor. Se la dio ella, en las afueras del pueblo, la siguiente noche, porque ya estaba pedida y dada, y muy pronto se iban a casar.

Sucedió, sin embargo, que el que le había pedido la prueba de su amor no era Juan, incapaz de pedirle eso. Era Pedro. El cábula, el pícaro, el travieso. El malo. No quiero ponerme dramático, pero a consecuencia de aquella prueba Azucena quedó embarazada.

Cuando se lo dijo a Juan -al verdadero Juan- todas las cosas quedaron al descubierto. Pedro huyó del pueblo. Juan se negó a casarse con su novia: el hijo que ella iba a tener no era de él. Se fue también del pueblo. Azucena quedó proscrita de la sociedad: eran los tiempos. El resto de su vida fue muy desdichada. Juan también lo fue.

Entiendo que se casó y tuvo hijos, pero un cierto aire de tristeza lo acompañaba siempre. Pedro no fue desdichado. Fue feliz. Tenía suerte en los negocios, y con las mujeres. Divertía a sus amigos hablándoles de sus pasadas conquistas amorosas.

De la conquista de Azucena nunca habló. Pero fue feliz, lo dije ya. Tampoco entiendo esto de la felicidad y la desdicha. Quién sabe. A lo mejor es también cuestión de virus…- Saltillo, Coahuila.

Catón

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