De nuevo mostró el cobre

Filiberto Pinelo Sansores (*)

Las agresiones protegidas

Es muy frecuente que los falsos escenarios construidos por gobiernos que presumen de ser democráticos se vengan abajo ante sencillas pruebas que la vida les pone al paso.

Así le ha ocurrido al de Rolando Zapata Bello, quien acaba de demostrar, una vez más, su escondido autoritarismo, el que sale a relucir en ocasiones señaladas.

Antes se manifestó con el excesivo despliegue policiaco contra maestros que pacíficamente protestaban, además del cese a una a quien dejó sin empleo, en tanto mantiene a decenas de aviadores en el seno del magisterio, que, desde hace décadas sangran las finanzas del Estado.

Ahora, para evitar que un grupo de ciudadanos protestara ante los senadores priístas -que vinieron a Mérida a su reunión para planear cómo van a seguir hundiendo al país-, por la presencia entre ellos de Angélica Araujo, de triste memoria por los hurtos y atropellos cometidos durante su no lejana administración como alcaldesa de Mérida, un grupo de porros, a los que la policía alcahueteó, agredió a los manifestantes.

Toda proporción guardada, la estrategia gubernamental empleada en esta ocasión acusa extraordinario parecido con la que fue usada el 4 de julio de 2011 contra inermes ciudadanos que también protestaban por la arbitraria construcción del llamado paso deprimido.

La agresión de ahora empleó el mismo método: el consabido grupo de golpeadores que, protegidos por la policía uniformada que miró la escena como si estuviera lloviendo y no se mojara, arremetió contra unos cuantos hombres y mujeres, para despojarlos -por la fuerza- de las mantas que portaban.

Es indiscutible que el gobierno estatal presidido por Zapata Bello tiene responsabilidad directa en el acontecimiento. De no ser así, ya hubiera salido a dar su opinión sobre los hechos.

La callada por respuesta que ha dado a un hecho de estas dimensiones demuestra que tiene vela, una enorme vela en el entierro.

A cambio, ha seguido adelante con su cotidiano despliegue publicitario cuyo único propósito es, como se ve, sepultar sucesos como éste, enterrándolos con la cauda de fotos, saliva y actuaciones mediáticas de su titular y sus principales miembros, para que la sociedad olvide la corrupción protegida y la represión descarada a los que protestan contra ella.

Un gobierno que presume de la seguridad policiaca que brinda a sus habitantes queda muy mal parado cuando su policía protege a golpeadores enviados por él mismo o por su partido a agredir a ciudadanos que, en el ejercicio de un derecho consagrado en la Constitución, expresan su opinión en la vía pública.

Según el propio gobierno, la de Yucatán es una policía “confiable”. ¿Confiable para quién? ¿Para los ciudadanos o para los delincuentes? Porque lo que se ha visto, con la agresión a inermes manifestantes, primero el 4 de julio -que no se olvida- y ahora el 30 de enero de este 2014, con protección policíaca, en ambos casos, no puede conciliarse con el concepto de confianza ciudadana, no obstante la interesada publicidad que se despliega en torno a sus bondades, pues no cumple lo que se espera de ella.

Lo que la sociedad percibe es un cuerpo armado al servicio de una facción que, no obstante sus muchos juramentos de que ha cambiado, sigue siendo la misma. Y es que no puede cambiar la esencia de una policía si la esencia de quienes la dirigen sigue siendo igual. No es posible echar en saco roto la experiencia de un cuerpo uniformado que en tiempo de elecciones ha mostrado el cobre.

Por eso muchos ciudadanos tiemblan ante los anuncios de muchas cámaras de vigilancia, adquisición de cientos de patrullas, armamento sofisticado, etcétera, adquiridos por este gobierno dizque para mantener nuestra seguridad. ¿Servirán para combatir a la delincuencia o están pensados para que la camarilla que nos gobierna se mantenga en el poder?- Mérida, Yucatán.

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*) Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa




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