Contiendas internas, que se coman su frijol

Por Ángel Antonio Aldaz Góngora (*)

El mayab es un lugar misterioso que atrae a propios (porque aun viviendo aquí no lo conocen realmente) y a extraños. Tierra de historias pendientes de contar, cuya sabiduría cotidiana llenaría hojas y hojas de cientos, miles de libros, y aún así faltarían más espacios para seguir escribiendo.

Es cosa cotidiana que personajes de la vida común expresen pensamientos extraordinarios sobre política, religión, familia, etcétera, a un nivel mucho mejor que el de los mejores expertos.

Pues esa sabiduría maya me tocó vivir, experimentar y saborear a lo largo de mi vida y sus personajes vuelven de nuevo a mi pensamiento para, con palabras de una época distante, describir la realidad presente en todos los ámbitos.

 

Visita de lujo

Doña Leandra, pariente muy cercana y querida, tenía una sonrisa única, como de quien quiere siempre mirar la vida alegre, pese a las circunstancias. Y así era ella. Dos dientes asomaban tímidos en su boca, separados por kilómetros uno de otro pero, insisto, de una sonrisa única que contagiaba.

Luego de caminar por una calle de tierra y monte muy cerca de “El Cerrito”, en el Sur de Mérida, era un gusto visitarla en aquella casa de paja sembrada en el centro de un enorme terreno. La misión de la mujer era muy sencilla y a la vez importante: cuidar con amor y fidelidad de su viejo marido en el ocaso de su vida.

Simplemente era una delicia ir a escucharlos. Don Bat —no era Batman retirado sino Bartolo y de cariño así le decían— parecería que tuviera más de 100 años; a pesar de estar todo el tiempo sentado en su hamaca no dejaba de hablar, en maya por supuesto, y contar sus historias. Era muy absorbente.

Y ahí era donde doña Leandra entraba como traductora, algo que conocí mucho antes que aquel cuadro regional de “Lo que mi compañero quiso decir así es…” de Ponzo y Chela, pareja cómica regional ya fallecida.

De historias muchas tenía don Bat para nosotros, niños de entre siete y 10 años, y ya se imaginarán con qué atención escuchábamos y prácticamente bebíamos todas las historias que de él salían, mientras doña Leandra, desde su pequeña cocina, ahí pegadito, en el patio, donde tenía unas piedras y el comal puesto y dispuesto para los alimentos, nos traducía lo que su esposo nos contaba en maya, a una velocidad más rápida que el propio tren que se planea construir en el Sureste mexicano.

Espantos y fantasmas, una guerra dura y cruel en la que decía que participó, los señores del monte, su particular niñez en la que, según nos platicaba, recibió los secretos de las hierbas curativas y medicinales de unos señores vestidos de blanco, etcétera, eran parte de las pláticas que semana a semana escuchábamos de él.

Hoy, la verdad, caigo en la cuenta de que no todo lo que traducía doña Leandra era como lo contaba don Bat; de pronto le decía dos que tres cosas en maya a su marido, como si estuviera molesta, y después volvía a su sonrisa y nos “traducía” lo que supuestamente había dicho. Insisto, era una delicia escucharlos a ambos y atestiguar ese cuadro tan personal y diferente a lo que estábamos acostumbrados.

 

Reprimenda con frijol

Recuerdo que en una ocasión don Bat comenzó a desvariar hablando de “la bola” y “los pelones” (mote con el cual se referían los revolucionarios a los soldados del gobierno, en contraste con ellos que eran sombrerudos), lo que en ese entonces para mí no significaba nada en relación con nuestra historia.

Si era verdad o no, el caso es que, después supe, don Bat se mofaba de haber ganado una batalla y en su breve delirio se reía e insultaba al gobierno. Con los años ya más grande descubrí que no todo lo que nos decía la dulce tía era como contaba el vetusto hombre.

En ese momento la voz de la señora fue paralizante para don Bat; mientras le asentaba un plato de frijoles y tortillas hechas a mano, le dijo en español: “Ya Bat, no hablotees lo que no eres y chan come tu frijol”. Luego una carcajada y de vuelta a la sonrisa. Por supuesto que ella nos dio la versión en español —la suya— de lo que don Bat dijo en maya.

Toda este recuerdo viene a colación porque se inician las llamadas “contiendas” internas entre los dos partidos mayoritarios en el estado, una de ellas calificada como “histórica” por sus integrantes, con la única misión de convencer a los votantes de que han cambiado.

Muchas veces extraño la sonrisa y la forma de resolver las cosas de doña Leandra, mujer menudita, cuyo rostro ajado, marchito como la tierra rajada por tremenda sequía nunca abandonaba la sonrisa, pero sabía cuándo hablar, cómo hacerlo y cuándo callar.

Ya la veo sonriendo y enseñando la blancura de los dos únicos dientes en su boca, mientras responde a esos politiqueros con una sentencia de silencio, como lo hizo en aquella ocasión con don Bat, algún día de 1970: “Ya dejen de hablotear lo que ya no son y chan coman su frijol”, para ver si así se callan y se ponen a trabajar.

Hermosa la sabiduría de nuestra gente, ¿que si no?— Mérida, Yucatán.

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*) Periodista

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