ColosioPropuesta indecorosa

Como en el tema del cáncer, al parecer nunca habrá una investigación que nos deje convencidos sobre el origen del asesinato de Luis Donaldo Colosio o, para el caso, el de John F. Kennedy. Pero en el caso del cáncer podemos pensar que la ciencia llegará a dilucidar el misterio, no así el de los atentados políticos. Siempre habrá resquicio para mantener latente la hipótesis del complot, pese a la versión oficial de un “asesino solitario”.

Veinte años después de la muerte de Colosio los mexicanos siguen divididos entre las dos hipótesis. Desde luego la idea del complot tiene más charme y presupone la existencia de una orquestación malévola desde las altas esferas. Algo que, además, coincide con la manera en que sabemos se definen la mayor parte de los asuntos públicos en nuestro país. Una y otra vez los periodistas confirmamos que los temas importantes no se resuelven en los recintos parlamentarios y ni siquiera en las oficinas ministeriales, sino en las charlas de sobremesa entre las élites en los restaurantes elegantes de Polanco y Las Lomas, en la ciudad de México.

Y por el contrario, asegurar que el responsable fue Aburto y sólo él resulta anticlimático e ingenuo. Que un individuo humilde, desequilibrado y sin recursos haya vencido al Estado mexicano y trastocado la vida nacional resulta inverosímil. Si se tratase de una novela política, la trama sería invendible incluso para el lector menos exigente.

Y sin embargo, la vida se da tantas mañas para sorprendernos, que en algún momento he terminado por militar en el segundo grupo de mexicanos. Cualquier novela política que recurriera al accidente aéreo dos veces en el mismo sexenio para deshacerse del titular de la Segob (Camilo Mouriño y Francisco Blake) también habría sido tachada de inverosímil.

En otras palabras, en determinadas ocasiones el azar y las motivaciones personales suelen jugar un papel decisivo, imponiéndose a las lógicas estructurales. De vez en vez la microhistoria se impone a la macrohistoria; los individuos de a pie irrumpen en sus 15 minutos de gloria (o infamia) en la trama monopolizada por los grandes protagonistas nacionales.

Toda maquinación para perpetrar un atentado político supone al menos dos elementos: una trama logística adecuada para asegurar el éxito y una estrategia para evitar que los autores intelectuales sean descubiertos. Para ambos fines la elección de Mario Aburto es absurda.

Hace unos días Sergio Sarmiento hizo un buen recuento de las incongruencias de una teoría del complot que pretenda descansar sobre este autor material. Un joven desequilibrado de 23 años, sin experiencia previa, con una pistola vieja y balas en mal estado, que trabajó su jornada normal y luego acudió a Lomas Taurinas preguntando cómo llegar y en transporte público porque no tenía para el taxi, que ni siquiera buscó una vía de escape después del atentado. Si Aburto fue el autor material, la mente diabólica detrás de su plan parecería ser La Paca o equivalente. En resumen, el “protocolo” al que recurrió Aburto tenía muy pocas probabilidades de éxito y todo indica que el azar y una acumulación de circunstancias y fallos provocaron el resto.

Y el segundo factor me parece aún más absurdo. Si alguien va a utilizar a un joven turbado para dar el golpe, ¿cómo asegurar que luego vaya a mantener en secreto la identidad de los titiriteros? El asesinato de Lee Oswald horas después de haber sido detenido constituye una probable estrategia para silenciar al instrumento de ejecución. Una de las razones que mantienen vigente la idea de un complot en el caso del asesinato de Kennedy. Pero en el caso de Aburto no hay un plan para silenciarlo. Durante 20 años el ahora no tan joven presidario ha mantenido la versión de su autoría en solitario, aunque cambiando la razón para emprenderla.

Por lo demás, igual que el común de los mortales, no tengo más elementos a favor o en contra para inclinarme por una u otra de las tesis sobre el asesinato de Colosio. Jesús Blancornelas, fundador del semanario Zeta de Tijuana, amigo ya fallecido, tuvo la oportunidad de hablar con Aburto durante largas horas. Quedó convencido de los desequilibrios del joven y la imposibilidad de que en su inestabilidad alguien hubiera podido manipularlo con algún margen de certeza.

Más allá de eso, optar por una u otra versión se convierte en un tema subjetivo y abierto a todos los gustos. Pero me quedo con la idea de que en numerosas ocasiones la historia se escribe por golpes anecdóticos o que están más emparentados con el diván psicoanalítico que con las explicaciones racionales, el análisis prospectivo o el Excel. Celos y envidias, frustraciones y deseos compulsivos de ser amados, autoboicoteos, inclinación a la negación.

Digo, por ejemplo, ¿de qué otra manera explicar la administración de Vicente Fox?- México, D.F.

Jorge Zepeda Patterson

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

—–

*) Periodista




Volver arriba