Carta abierta a Chuayfett

Denise Dresser (*)

Sólo dio para enfrentar a Elba Esther

Estimado secretario.

Le escribo con preocupación, con desazón, con azoro. Atónita ante sus declaraciones recientes sobre la reforma educativa. Sorprendida ante una postura que equivale a matarla. Que equivale a archivarla. Que implica diluirla a tal grado que ya no tendrá impacto ni solución. Porque cuando usted dice que al vincular una prueba de evaluación a los maestros o a los alumnos con los estímulos económicos la prueba “se pervierte”, usted ataca el corazón de la reforma aprobada. Usted pasa de ser salvador a ser verdugo. Usted deja de ser artífice de la modernidad y la transparencia y la rendición de cuentas, para convertirse en su mayor obstáculo. Usted clava un clavo en el ataúd de una reforma imperfecta, pero indispensable.

Porque basta con saber de dónde venimos. Un sistema educativo que nos coloca de manera permanente en los últimos lugares de la evaluación PISA. Un sistema educativo en el cual los niños mexicanos no logran entender la diferencia entre datos e ideología. Cargando con el autentismo. Aceptando el retraso. Permitiendo la promoción constante de actividades no sustantivas en el aula, como la “activación física” que entraña poner un cassete y que los niños bailen cuarenta minutos a la semana junto a su escritorio. Aceptando las brechas que separan a los estratos educativos y que dividen a México del mundo. Permitiendo que la escuela pública produzca una generación herida en la cual 50 por ciento de los alumnos mayores de 15 años están por completo fuera de ella.

Y en gran medida usted es responsable de este estado de cosas porque en lugar de abrazar la reforma, la repudia. En vez de asumir una actitud firme ante el chantaje de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, se ha doblegado ante sus demandas. En vez de componer la prueba Enlace -la única prueba que teníamos para medir el desempeño de los alumnos- decide cancelarla. En lugar de apoyar el círculo virtuoso que genera la evaluación y el desempeño, opta por romperlo. Cancelando así el futuro para generaciones venideras. Cancelando así la posibilidad de criterios estandarizados de evaluación. Decidiendo así -de manera unilateral- que aquello que argumenta el influyente reporte de McKinsey, “How the world’s best performing school systems come out on top”, no es cierto.

Según su visión personal y contra todos los estudios comparativos a nivel internacional, no es verdad que mejores maestros aseguran mejores alumnos. No es verdad que la evaluación va de la mano de la profesionalización. No es verdad que el premio al desempeño produce maestros que se esfuerzan para conseguirlo. No es verdad el principio fundacional de la reforma: que la evaluación obligatoria tenga costos y consecuencias. Según usted la reforma educativa recién aprobada está condenada al fracaso porque los estímulos salariales -vinculados a la evaluación- la pervierten. La sabotean. Llevan a la trampa y a la ofuscación.

Pero en lugar de colocar candados para que eso no ocurra usted prefiere claudicar. Prefiere darse por vencido. Prefiere apoyar los argumentos de la Coordinadora antes que enarbolar la bandera de los padres de familia. Y ante ello la pregunta obligada es: ¿Para qué está usted allí, sentado detrás del escritorio de José Vasconcelos? ¿Para qué aceptó una reforma -a todas luces necesaria- para descalificarla cuando apenas comienza su instrumentación? ¿Para qué criticar el cambio promovido sin ofrecer una sola solución?

Con sus declaraciones queda claro que usted sólo dio para enfrentar a Elba Esther Gordillo, pero nada más. Que usted no es el líder visionario, estable y nítido que el país necesita para encabezar un ciclo de transformación congruente. Que usted quiere mantener la ignorancia. La colusión. La connivencia que ha permitido la venta de plazas y la permanencia de maestros que no saben serlo. Y, señor secretario, después de décadas de un sistema educativo que condena a millones de niños mexicanos a la ciudadanía trunca, llegó la hora de decir “ya basta”. Queremos una educación -usando las palabras de mi adorado y recordado Germán Dehesa- “nuevecita, lustrosa, respetuosa” que se funde en los derechos de nuestros hijos. Que inaugure un horizonte lejano pero asequible, de mérito, y ascenso, y evaluación y excelencia para todos. Que exorcise el horrendo vicio de la mediocridad y la opacidad permanentes. Una educación de calidad como meta visible y acariciable. A pesar de usted.- México, D.F.

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*) Académica y analista política

… Usted es responsable de este estado de cosas porque en lugar de asumir una actitud firme ante el chantaje de la Coordinadora, se doblegó ante sus demandas




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