Aproximación al cambio socioeducativo

MARIO LOPE HERRERA (*)

Reenculturación educativa

Educación, simulación, crisis. México no está preparado para un cambio sustancial en educación. El modelo educativo vigente es obsoleto y sus resultados han fracasado, pues nos ha puesto en los últimos lugares a nivel continental. Empero, el problema de raíz no son las políticas públicas actuales en materia educativa, sino un marco multifactorial donde la cultura, como eje de un resquebrajamiento social donde intervienen instituciones como la familia y el Estado, se manifiesta en constante cambio provocado, ahora sí, por esas políticas públicas que no surtieron efecto positivo desde hace ya muchos años, y que fueron orientadas con un peso específico a un fracasado determinismo económico.

Todo esto tuvo una motivación neoliberal, donde el ciudadano es reducido en su mínima expresión al tiempo que se le abandona en el sendero de la ignorancia. Para abordar el tema educativo necesitamos analizar dónde dejó de ser eficaz el modelo propuesto por unos pocos pensadores mexicanos como Alfonso Reyes, Justo Sierra, José Vasconcelos, Moisés Sáenz, Ricardo Flores Magón, Jaime Torres Bodet, Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz. En aquellos tiempos las necesidades eran otras.

Los enemigos principales eran el analfabetismo, la ausencia en aulas, maestros mal preparados, distancias entre comunidades y hasta pequeñas ciudades, ausencia de libros de texto, instalaciones deplorables y unas pocas cuantas, y otros factores no menos importantes como pobreza, desnutrición y malos servicios de salud en el México posrevolucionario. Aun cuando José Vasconcelos recorría comunidades lejanas para llevar libros y regalarlos, no se imaginó, y creo que nadie a menos que fuera extremadamente visionario (quizá Paz ya que vivió la transición de la época posrevolucionaria al cambio social que produjo el año de 1968), que la educación tenía la gran oportunidad de ser un agente de cambio sociocultural en el México del siglo XXI. Probablemente sí lo sospechó, pero no encontró el cómo o no le alcanzó la vida.

Al paso de unos años, Jaime Torres Bodet revolucionó la educación al introducir el libro de texto gratuito. Pero todas estas acciones tuvieron su vigencia y no fueron a la par de los cambios sociales. Y aquí me detengo, pues el país se transformó a partir de una rebelión social que evolucionó la forma de pensar. Me refiero al conflicto estudiantil de 1968. A partir de aquel año, México se bifurcó en dos versiones: la oficial (la que simula el bienestar a través del discurso y practica en bajorrelieve la corrupción y la impunidad), y la popular (la que por aculturación necesaria participa de ese yugo social -la corrupción e impunidad- al tiempo que lo sataniza).

El pensamiento intelectual se divorció del México oficial y lo hizo evidente con Octavio Paz. A partir del sexenio de Díaz Ordaz, la educación sería un agente de aquella simulación estatal donde bastó de consuelo saber que el gobierno se hacía cargo de ella. No había voces ni exigencias. No había quien se preguntara (no de manera pública) hacia a dónde íbamos con el modelo educativo de finales de siglo XX. El Estado legitimó su condición paternal con los libros de texto y fomentó un nacionalismo “fascista” inofensivo con una calidad magisterial por los suelos.

En ese sentido, apreciamos en Filosofía y educación: prácticas discursivas y prácticas ideológicas: sujeto y cambio histórico en libros de texto oficiales para la educación primaria en México, de Rafael Sebastián Guillén Vicente, el famoso subcomandante “Marcos”, que”mediante los libros de texto, el Estado mexicano, que con las represiones de los movimientos estudiantiles, campesinos y obreros ha demostrado sobradamente que sirve a la burguesía, crea el consenso de la necesidad de su existencia, fomenta el nacionalismo como factor de unidad interna para evitar los enfrentamientos sociales y escamotea al obrero su condición de clase”. Haciendo a un lado el matiz político de esta cita y su génesis marxista, podemos manifestar que al Estado poco o nada le importa hacer de sus ciudadanos un país pensante.

Sin embargo, de finales de los sesentas en adelante la estrategia política (en nivel básico) fue educar individuos mecánicos y mediocres, simples máquinas machaconas del libro de texto. No ha existido en México un modelo formador, basado en la explotación de recursos del ser humano con fines interdisciplinarios que incorpore al individuo mexicano en un plano cultural global de intercomunicación constante. Los sexenios que sucedieron a Díaz Ordaz se caracterizaron por ser autoritarios, corruptos, antidemocráticos, y creían de manera dogmática que el progreso y el desarrollo debía revelarse de las políticas económicas y las relaciones de mercado con los países del primer mundo.

Coincido con Javier Sicilia cuando apunta que el desarrollo es el primer enemigo de la democracia, porque ha hecho de la educación un tema olvidado, un tema que no embona, como rompecabezas revuelto, en la dinámica de las relaciones comerciales internacionales. Para que México caminase al primer mundo no hacía falta educar sino comerciar, sin importar anular la competencia y el desarrollo de una dinámica económica interna. Las reformas impulsadas desde el sexenio de Miguel de la Madrid hasta Felipe Calderón han sido encabezadas por las relaciones de mercado dejando atrás un problema más que social, cultural: la educación y su actual crisis.

Triparticidad educativa y medios de comunicación. En México, convendría manifestar una característica funcional en la educación: ser tripartita. Es decir, el ciudadano debe ser educado (o al menos debe velar por hacerlo) desde la perspectiva del Estado, la familia y los maestros en sentido unilateral. Parecería que el Estado y los maestros forman parte de un mismo cuerpo institucional, sin embargo no es así, por lo menos desde la función de sus roles no. El Estado debería vigilar por políticas efectivas en función de las necesidades sociales y proveer de todo lo necesario para el desarrollo material e intelectual mientras que los maestros tendrían la responsabilidad de ser los ejecutores de dichas políticas en un contexto formativo. La tercera parte es la familia. En términos sociológicos la familia cumple con la función primaria, ya que la mayor parte del desarrollo del individuo se da en el seno nuclear de esta institución social.

La familia, como tal, también ha frustrado su papel formativo, pues las crisis que enfrenta (desde su definición hasta su modificación al establecerse jurídicamente los matrimonios de personas del mismo sexo y otras dificultades como divorcios, etc.) han hecho eco en el bajo rendimiento de los alumnos y en proliferar la deserción escolar.

En la actualidad esta tarea tripartita opera en direcciones contrarias o disímiles, cuando debería hacerlo en forma paralela. Sin embargo, esta función no debe ser consuetudinaria, es necesario hacerla ley para que las voluntades engranen. Pero, ¿cómo hacerlo en una cultura como la nuestra? Para formular estas leyes los legisladores deben trabajar interdisciplinariamente con especialistas, llevar al cabo mesas de trabajo y revisar las miles de tesis acerca de la educación que se han escrito en universidades en niveles de licenciatura, maestría y doctorado. Herramientas las hay, voluntades hacen falta.

Al principio del artículo mencioné que no estamos preparados para un cambio radical y sustancial en educación. ¿Por qué? La respuesta es multifactorial. Desde la perspectiva cultural, el Estado, la familia y los maestros interactúan motivados por premisas heterogéneas. El Estado tiene la anacrónica idea paternalista de que le basta construir escuelas, pagar maestros y, detrás de ello, mantener una burocracia que cuesta millones de pesos anuales; dinero que, en teoría, podría ser utilizado para renovar la planta docente en el país.

Es decir, seguimos con estrategias educativas propias de los años posrevolucionarios, quizá sí, con algunas técnicas tecnológicas modernas, pero eso no se traduce en una mejor estrategia y calidad que inserte al individuo-sujeto educando en la competencia, por lo menos, continental. Estudios modernos de sociología y antropología social han demostrado que el concepto tradicional de familia está mutando. Esta metamorfosis tiene alcances en la educación.

No me detendré en especificidades, sin embargo sí es notable argumentar que los niños y jóvenes nacen en un seno familiar muy diferente al de hace medio siglo atrás, con una política pública y estrategia educativa de mediados de siglo XX como fondo. Aquí surge parte de la crisis, al advertir que los cambios sociales a partir del año de 1968 producirían una ruptura en el concepto de educación tradicionalista, pues las décadas siguientes serían fuertemente determinadas por las relaciones económicas en el seno familiar, es decir, la mujer, incluida en el mercado laboral, dejaría las tareas del hogar (entre ellas educar a los hijos) para aportar unos pesos en un México en perenne crisis.

Como apreciamos, las políticas económicas de los gobiernos, “obligaron” a la familia a dejar sus roles para darle lugar a otros: participar en el mercado laboral. Los maestros no escapan a la crisis educativa, pues el corporativismo que alimentó el partido que dominó en la Presidencia por más de 70 años los tuvo, a través del SNTE, sumidos en una cultura política miope donde era más importante “luchar” por los derechos docentes que por las obligaciones.

Como apreciamos, hay un tejido sociocultural institucionalmente estructurado, donde el Estado ha prorrogado su política antidemocrática en detrimento de la educación al ponderar las estrategias económicas por encima de las sociales; la familia continúa evolucionando en consecuencia de los cambios econotecnoculturales, siendo blanco de disputas entre religiosos ultraderechistas y liberales de izquierda al tiempo que dicho cambio en su génesis obliga a crear nuevas leyes de convivencia social que influyen de manera directa en las relaciones sociales, y finalmente el magisterio es tristemente visto ya un cuasi partido político más que un agente de cambio en la cultura educativa del país.

En este contexto coyuntural es necesaria la participación de los medios de comunicación. La clase política, los gobernantes, los empresarios, la ciudadanía organizada y los medios de comunicación masivos deben esforzarse, en un marco democrático sin precedentes, no en mejorar ni en reformar, sino trabajar en inaugurar un proceso de reenculturación educativa. ¿Qué significa esto? Basta con definir la reenculturación como “un auténtico proceso de sustitución: se tiene que dejar de percibir, comprender, relacionar, actuar, valorar, incluso sentir y desear como se ha hecho durante toda la vida y adquirir una forma nueva, diferente y muchas veces opuesta a la hasta entonces acostumbrada de hacerlo”. (Erika Bourguignon, “Psychological Anthtropology”).

Los medios de comunicación (radio, prensa, televisión e internet), al comprometerse en este proceso de re-enculturación, deberá promover el conocimiento, la competencia, el debate, la libertad de expresión, el derecho a la autonomía y la democracia en medios masivos, así como regular los contenidos de entretenimiento que promueven la ignorancia y fomentan la holgazanería y el ocio. Todo ello merece un esfuerzo que sería inédito en nuestro país. Representaría un golpe a la industria de la ignorancia y un acierto a la verdadera democracia que no está limitada al poder del pueblo para asistir a las urnas. La verdadera democracia, como dice Javier Sicilia, “no es una guerra ni una competencia.

Son momentos dichosos en los que la igualdad, la libertad y la fraternidad se realizan en las fracturas del poder y de la historia” (Javier Sicilia, “Las trampas de la fe democrática”, en Letras Libres, No. 158, febrero, 2012). Y esta oportunidad de re-enculturación educativa, donde las fracturas del tejido social se aprecian como heridas frescas, podría hacer de 7 millones 226 mil jóvenes de entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan un caldo de cultivo de profesionistas que posicione a México en camino a la productividad (no desde un determinismo económico) y la competencia igualitaria, democrática y educativa.- Mérida, Yucatán.

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*) Antropólogo egresado de la Uady y escritor




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