Alegría y entusiasmo en el ministerio

Herminio José Piña Valladares (*)

Padre Fernando Castro Andrade

Un domingo a principios de octubre de 1979, un sacerdote d1e estatura baja iniciaba la celebración eucarística dedicada a los jóvenes, a las siete de la noche, en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (San Cristóbal); en sus homilías transmitía siempre alegría y sus mensajes realmente eran fuente de reflexión. Esa celebración la presidió el padre Fernando Castro Andrade y, con el paso de los meses, la iglesia se abarrotaba de feligreses por sus aplicaciones prácticas del evangelio que realmente eran reflexiones para la vida diaria.

Al coro juvenil lo exhortaba constantemente a que cantara con entusiasmo, para trasmitir el mensaje de las letras de las canciones. Por algo en ese mismo tiempo era director Espiritual del Seminario menor de Yucatán (1978-1985); y posteriormente director espiritual del curso Propedéutico del Seminario Conciliar de Nuestra Señora del Rosario y San Ildefonso (1985-1987).

El padre Castro Andrade fue un auténtico guía espiritual, asesor de generaciones de laicos, entre los cuales sobresale el grupo apostólico Comunicación con Cristo C-3 y otros grupos juveniles, así como también diversas asociaciones católicas de adultos, niños, matrimonios y, sobre todo, el grupo de ángeles compuesto por señores, señoras y jóvenes que le ayudaban en sus terapias físicas y en la atención en sus enfermedades.

Con el paso de los años fue nombrado párroco de San Antonio de Padua, en el fraccionamiento Reparto las Granjas; en ese entonces un amigo me comunicó que el padre Fernando se encontraba enfermo y acudí a visitarlo para infundirle ánimo, pero cuál fue mi sorpresa al encontrarlo en su inseparable silla de ruedas con una gran sonrisa, alegre, bromista, con un gran sentido del humor, y platicamos de diversos temas; me narró anécdotas, me dio consejos para la vida, sobre todo me dio fe y esperanza en Dios. Al retirarme le di gracias a Dios porque en vez de que yo le transmitiera ánimo, él me ofreció el mensaje de que Dios no nos abandona en los problemas, las dificultades y enfermedades, principalmente que debemos ponernos en manos de la divina misericordia, diciéndole con el corazón: “Jesús, yo confío en ti”.

Varias veces coincidimos en las celebraciones eucarísticas o en eventos apostólicos y, al acercarme, me recibía con una sonrisa, una broma y con excelente sentido del humor; al despedirme, me transmitía alegría.

Realmente era una fuente de inspiración que, ante los problemas, siempre tenía una sonrisa, pero indiscutiblemente su fortaleza eran Dios y nuestra Madre la Virgen María.

El padre Fernando Castro nació en la ciudad de Valladolid, Yucatán, el 23 de junio de 1933; fue ordenado presbítero el 11 de junio de 1960 y durante los 53 años de fecunda labor pastoral fue inspiración de vocaciones sacerdotales y ejemplo elocuente de perseverancia ante la adversidad. Los que lo conocimos, sus feligreses, amigos y sus ángeles que lo cuidaron durante muchos años debemos recordarlo por su alegría y fortaleza en Dios. Oremos siempre por su alma. Descanse en Paz en el reino de los Cielos.- Mérida, Yucatán.

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*) Abogado, Asesor jurídico, con Maestría en Administración




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