Tarde de toros y toreros

Poderoso, Fandiño corta una oreja en la Plaza Mérida

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Poderoso y con mando, Iván Fandiño corre la mano derecha a "Nacarillo", de San Fermín, premiado con arrastre lento tras la lidia que le aplicó el español, bajo lluvia y con música ordenada por el juez
A la derecha, el intento de Arturo Macías por sacar provecho a su primero. Arriba, el minuto de aplausos en la Mérida, memoria de Laureano de Jesús, torero yucateco muerto por una cornada


Gentiles aficionados que faltaron a la Plaza Mérida. se la perdieron. Ayer, el escaso público asistente, dada la importancia del cartel, salió hablando de toros y de toreros, de valor y de toreo bueno, de trapío y de bravura.

La nota más alta la ofrecieron -juntos- Iván Fandiño y “Nacarillo”; un torero importante llegado de España y un toro de San Fermín, llegado de las dehesas de los hermanos Armillita. Apenas saltó “Nacarillo” al ruedo y se entregó en los vuelos del capote de Fandiño, para recoger del jardín del toreo de capote, un ramillete de nueve verónicas y una media exquisitas, acompasadas, aromáticas y profetizadoras de lo que vendría después. Luego de una buena vara, Fandiño se plantó en los medios para aguantar a pié firme la embestida larga y emotiva, pulseando levemente los vuelos del capote para interpretar la chicuelina con manos bajas y cintura rota.

El diestro vizcaíno abrió con la derecha una faena de vuelos altos, en la que la decisión de triunfo y la bravura con calidad se conjuntaron para hacerse un solo elemento, un concepto compartido que legítima y eleva el antiguo oficio de la lidia. A los primeros tres derechazos muy ligados, le sucedieron otros cuatro enganchando adelante y conduciendo hasta el límite del pulso, para dejar la muleta puesta en la cara y embarcar para el siguiente. Todo con temple, con firmeza, con profundidad, y con la fuerza de “Nacarillo” que iba a más, sin reposo de por medio. Por naturales no pudo surgir el ritmo prodigioso del pitón derecho. Uno a uno, fueron adosando la faena, que volvía a su mejor lado para cincelar en varias series de excelentes derechazos, faena de emoción y calidad.

Vino la lluvia y nadie se movió de su asiento, aquello era digno de atenderse con todos los sentidos. Cinco molinetes belmontinos, infinitos, gráciles, y un desdén sedeño, mandón, dieron paso a una leve petición de indulto. Cerró Fandiño con dos series más de derechazos en el mismo tenor antes de señalar un pinchazo, una estocada entera y un golpe de descabello. La obra fue premiada con una oreja de ley para Fandiño y un merecidísimo arrastre lento para “Nacarillo”, un toro para recordar.

Si Octavio García “El Payo” es para muchos un torero de la mayor importancia, ayer demostró que también es un torero de la Mérida. Su tauromaquia es muy seria y en permanente evolución, apuntando siempre a la valoración de la calidad y de la entrega sin aspavientos ni relámpagos de utilería. Y el respetable unificó el criterio y se lo reconoció sin duda. La faena a su primero, “Seriecito” de San Fermín, con 528 kilos, bravo y emotivo, fue una obra de poder y convicción. En los medios, “El Payo” corrió la mano arrastrando el engaño, cargando la suerte y marcando perfectamente los fundamentos de citar, templar y mandar. En muletazos por ambos pitones, fue puliendo los poquitos defectos de “Seriecito”, como revolverse pronto y vencerse demasiado. Se fue tras el acero y dejó una entera tendida y una segunda en buen sitio para ser llamado al tercio. Lo de “El Payo” con el sexto de la tarde, “Peregrino” de San Isidro, con 540 kilos, fue una reiteración de sus cualidades técnicas y artísticas, que hablan del excelente momento que atraviesa. Lidió enseñando. Toreó dialogando.

El toro fue bravo y noble, pero carecía de ese punto de fuerza que hubiera elevado la emoción. El queretano lo entendió con claridad y fue cuidando y convenciendo al astado, con temple y suavidad. Con un toque del engaño preciso, imperceptible apenas, fue ligando pase a pase una faena sobria y pausada que parecía una conversación muy íntima de voz bajita, con el valor, temple y arte de fondo. Una media de efectos lentos cerró la faena y desgranó el aplauso sincero y reconocido a un torero que persigue la pureza y la calidad.

No fue la tarde de Arturo Macías. No hubo armonía en su “querer y poder”.

Sorteó dos toros importantes, que sin bien no fueron de lo más sencillo, ofrecieron sendas lidias de bravura y emotividad. Con “Cumbrerillo” de San Isidro, no terminó de acomodarse. Lo más notable fue una serie de derechazos de mano baja, en redondo, pisándole los terrenos y profundizando el muletazo, que fue replicado con una sonora ovación. Pero no insistió en la intensidad y la emoción se fue diluyendo. Cerró con manoletinas previas a una entera contraria y dos golpes de descabello, para saludar en el tercio. Su segundo fue otro buen toro de San Fermín, con el que no simpatizó, o no pudo comprender a lo largo de la faena.- Antonio Rivera Rodríguez




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