Drama y triunfo

Heroico Tomás en su regreso a los ruedos

El toro de Victoriano del Río manda por los aires a José Tomás, quien recibió una soberana paliza que ameritó lo lleven a la enfermería de Granada. El de Galapagar regresó a matar al astado, pero no salió por la puerta grande

La tarde de la vuelta de José Tomás a los ruedos españoles no defraudó a nadie, porque el ya mítico torero se entregó de principio a fin en una tarde magistral en lo artístico, pero también con esa ética y ese pundonor de siempre para reponerse con entereza de un tremendo y aparatoso percance ayer en el Corpus de Granada.

Ese único momento trágico de su brillante actuación llegó justo al final de su segunda faena, cuando casi todo el trabajo estaba hecho, cuando acababa ya de cuajar a un toro rajado y brusco al que hizo embestir más de lo que el animal deseaba. Pero al salir el torero de la última serie de muletazos y cuando se encaminaba hacia las tablas a coger la espada de acero, el de Victoriano del Río, de 580 kilos de peso y de acusada querencia a los tableros, vio la única oportunidad de tomar desprevenido a quien tanto y tan magistralmente le había burlado.

El toro se le echó encima a Tomás en una décima de segundo y, sin darle tiempo a reaccionar, le prendió por la espalda, le elevó a los aires y le zarandeó como a un pelele de un cuerno a otro, hasta que lo arrojó violentamente contra la arena. La visión del ídolo caído como un boxeador noqueado en la lona, boca abajo e inerme sobre el albero, provocó una gran consternación en la abarrotada Maestranza de Granada, que vio en un espantado silencio cómo las asistencias le llevaban inconsciente a la enfermería.

Pero, cuando Finito de Córdoba ya se hacía cargo de la situación, un rugido de entusiasmo acompañó instantes después la salida de nuevo hacia el ruedo del héroe renacido, recuperado de la conmoción y que se dispuso a estoquear al toro al que acabaría cortándole las orejas.

Hasta entonces, Tomás había lidiado magistralmente a los dos astados de su lote, un primer sobrero de Juan Pedro Domecq justo de fuerzas y de embestidas discontinuas, pero a las que él dio ritmo con el temple de su muleta.

En cambio, ese quinto, el más fuerte de la corrida, fue un toro de mayor temperamento al que meció a la verónica y al que apuró en faena cargada de matices técnicos y artísticos de principio a fin, desde los impávidos estatuarios de inicio hasta el mismo momento del percance, por mucho que a mitad de pelea el de Victoriano del Río se rajó.

El más joven de la terna era Rafael Cerro, un flamante matador extremeño al que Tomás impuso en el cartel para promover su buena proyección. Y el novel no desaprovechó la oportunidad mostrándose a la altura del compromiso a golpes de entrega ante dos toros con movilidad pero con visibles complicaciones.

Sin regatear esfuerzos con capote y muleta, aunque poco certero con la espada, Cerro cortó sendas orejas de sus oponentes y llamó la atención de un público que venía atraído únicamente al reclamo del ídolo madrileño. Finito de Córdoba apenas consiguió un mínimo de eco en el tendido ante un lote deslucido por su falta de entrega y raza.- Paco Aguado, cronista de EFE




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