La peor tragedia

Brasil paga caro una traición a su historia de fútbol

1 / 6


Aficionados brasileños muestran su tristeza. A la izquierda, el técnico carioca Luiz Felipe Scolari consuela al centrocampista Oscar. Abajo, Fernandinho tras un gol alemán
El alemán Thomas Mueller (13) celebra después de anotar el primer gol del juego ante los brasileños. Fue el quinto de Mueller en este Mundial
Una aficionado brasileño permanece sentado en las gradas del Estadio Mineirao con una máscara de Neymar, tras la eliminación de Brasil. A la derecha, el alemán Philipp Lahm (16) pasa junto al centrocampista brasileño Oscar, quien se lamenta en el césped


El fútbol nunca será lo mismo desde una noche en Belo Horizonte en la que se produjo el mayor cataclismo desde que rueda la pelota hace más de un siglo. Jamás hubo nada igual, ni parecido.

El “Maracanazo” fue una broma al lado del 7-1 encajado por Brasil ante una Alemania que le hizo morir de una sobredosis de realidad, que le dejó una tacha de por vida por su empeño en dar la espalda a una pelota que siempre fue el mayor motivo de orgullo de sus gentes.

Lo vivido por Brasil 64 años después del “Maracanazo” fue aún más mortificante. Un trauma de por vida de tal magnitud que aquella afrenta con Uruguay ya no tendrá ninguna relevancia.

Desde la marabunta alemana en Belo Horizonte resultará un traspié cualquiera, una chiquillada por mucha liturgia que tuviera.

A lo de Belo Horizonte será difícil ponerle letra, necesitará guionistas de primera y un pelotón de psicólogos, psiquiatras, sociólogos y cuantos se quieran sumar a una cátedra que promete.

El ultraje de Alemania dejó estremecido a todo Brasil, que esta vez tiene a muchos Barbosas a los que condenar por un cataclismo histórico, con Luiz Felipe Scolari y muchos de sus dirigentes a la cabeza. Mucho tendrá que ganar para que en algún siglo venidero la torcida encuentre consuelo. La Canarinha no perdió una semifinal, padeció un calvario descomunal, una hecatombe en toda regla. Perder es otra cosa.

Hace tiempo que Brasil le fue infiel a la pelota y Alemania, su nuevo mecenas, se lo hizo pagar.

Un partido imperecedero, de los incunables, y de los que dejan secuelas de proporciones inimaginables. Si alguien encuentra alivio en Brasil, quizá el fútbol canarinho recupere sus orígenes y espante de una vez a los que han fumigado su esencia para ponerse una armadura que no le iba y que en nada garantizaba el éxito. Un destiñe absoluto e incomprensible en una selección que fue más que ninguna una oda a la felicidad de este juego.

El Brasil de hoy no es un equipo de fantasía. Scolari se empecinó en repetir lo de 2002, pero olvidó que Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo ya no estaban en su equipo.

El modelo era inimitable, con Fred, Jo, Hulk y unos cuantos luizgustavos, futbolistas de acompañamiento en una liga sin mucho pedigrí.

Al fútbol no quiso jugar otro que Neymar, ausente como el capitán Thiago Silva, uno por lesión y otro por sanción.

Sobre un ring, el duelo hubiera sido calificado de una carnicería.

A Brasil le duró la combustión -el himno como una haka maorí- y todo tipo de gestos inflamables, lo que tardó Mueller en noquear a la defensa doméstica en el primer tiro de esquina a favor de los visitantes. Mueller remató al borde del área pequeña. Nadie le hizo ni cosquillas. El gol fue una sacudida para Brasil, pero cuando Klose hizo el segundo todo el equipo se desmoronó de forma calamitosa. Dos minutos después llegó el tercero, de Kroos. Si su remate fue prodigioso, la jugada, con seis toques de violín sucesivos, fue museística. El equipo de Low era una sinfonía, que apenas tenía 20 minutos.

El conjunto germano ganaba en todas las batallas: la técnica, la táctica, la física y la anímica. Brasil era muñeco de trapo. La afrenta iba a más, sin remedio para un grupo de futbolistas en tanga, con las gentes llora que llora en las gradas. No era para menos, lo del campo era cruel, solo creíble de haber estado por el medio El Salvador o Corea del Norte, por citar algunos de los que se han llevado palizas más o menos similares. Por desgracia para los brasileños, no era ficción. Aquello parecía el España-Holanda, con un equipo desatado y otro aturdido en un rincón cualquiera.

Los goles alemanes caían como churros. Repitió Kroos y a la fiesta se sumó con todo merecimiento Khedira.

El abuso alemán obligaba a frotarse los ojos, cinco goles con los 10 primeros remates. A Brasil aún le quedaba el suplicio del segundo tiempo para el olvido.

En el fútbol no hay rastro de un impacto semejante. No hay forma de medir la tragedia.- El País

Encuentra una galería del sufrimiento de los brasileños.




Volver arriba