Deja en Yucatán Jorge Medina un sólido legado
Eran las seis de una tarde de 1991. Entré en la escuela de música coral de Mejorada y vi a lo lejos, al final del largo pasillo, el grupo mixto que ensayaba con Jorge Medina Leal. Y fíjense que no digo don Jorge, aunque el respeto hacia él fuese enorme.
Lo que ocurre es que el maestro era directo enemigo de las distancias. Preciso en derribar murallas de soberbia. Como dice el poeta, “le gustaba vivir en los pronombres”: yo, tú, nosotros. Así se dirigía a todos. Con la misma claridad de ese arte con el cual mezclaba voces y apacentaba tesituras.
Si se movía en las confianzas de Brahms y de Vivaldi , si ardía a la sombra de Fauré y de Schumann, ¿cómo no iba a tutearnos a nosotros, pescaditos?
Jorge, con cada partitura en manos, pulsaba mentalmente sus temblores, atrapaba visual y auditivamente los ejes de la estructura y lo demás ya era solamente hacerla vivir desde las voces de “sus muchachos”.
Muchachos hallados en el vértigo de muchas geografías. Algunos de Ciudad de México, de su amada UNAM; de Veracruz, de la culta Morelia y también de este Yucatán que lo viera nacer en 1936. Muchachos que llegaban a rendirse a su enseñanza, a olvidar caprichos y someterse a la normatividad, única vía para obtener las excelencias.
Barítonos de este lado, sopranos en medio, tenores a dos niveles, las contraltos divididas en semicoros. Y Jorge con el diapasón, juez implacable, remedo de armonías cósmicas. Alzaba ambos brazos, empuñaba la sonrisa del optimismo y daba la entrada para el ejercicio cálido y vivo de reconstruir ese andamiaje de signos que yace en el papel pautado.
Aquella tarde de Mejorada caminé de puntillas y arrimé una silla para verlo ensayar. Desde la punta de sus dedos emitía las órdenes, las señales de retardando, de acentuaciones, en busca de matices. Había en sus ojos la promesa de alcanzar la delicia de las cuatro voces en radiante urdimbre.
Aquellos sus coreutas confiaban en la dádiva de su experiencia, se dejaban arrastrar hacia el abrazo de las tonalidades, el estrecho imperio que impone el contrapunto. Se preparaba el “Cántico de Jean Racine”, de Gabriel Fauré, para interpretar en los vestigios de Dzibilchaltún. Una oración suplicante, humilde plegaria de un genio francés, para que se esparciera entre los templos y miradores mayas como una demostración patente de la universalidad de la conciencia artística del hombre.
Para dar con Dios —sugiere el texto— hay que rebuscar en la tristeza, en el desamparo, en lo más humilde de nuestra naturaleza. Y Jorge Medina quería lograr —después me dijo— ese crepúsculo del orante ante la inmensidad divina. Como una lumbre que va de lo pequeño a lo magnífico, la melodía debía ir lentamente acarreando la intensidad de la emoción. Desde el susurro a la exclamación esperanzada.
—La voz— aseguraba Jorge— debe quedar en el aire, aunque ya se haya apagado… en el espíritu del oyente. Sin el torpe ruido mundanal, los ojos cerrados, debemos escuchar la esencia que queda vibrando —a lo mejor como quería Platón— ya para siempre.
Ahora nos parece que esa voz detenida en el aire es el propio Jorge Medina Leal. Sus manos levantaron castillos de hermosura en voces que la juventud, con gusto, le ofrecía. Uso en nuestro beneficio los ardides del máximo talento. Vamos a extrañar la dicha de su arte.— Jorge H. Álvarez Rendón
“La voz debe quedar en el aire, aunque ya se haya apagado… en el espíritu del oyente”
