La estación
Pedro Cabrera Quijano (*)
El pasado día 2 Ángel despertó más temprano que de costumbre. Con su Primera Comunión a tiro de piedra, se alistó para la misa dominical. Unas botas viejas (casi rotas) color negro, pantalón de mezclilla y playera de algodón de mangas largas. Se enfiló a la iglesia de San Juan Bautista, en el corazón de Tekax, sin sospechar que su vida estaba a punto de dar un giro.
Salió temprano de la humilde vivienda de la colonia Yocchenkax para disfrutar una de sus dos grandes pasiones: correr. El fútbol es la otra. Como parte de su 177 aniversario, la ciudad sureña fue invadida desde la noche anterior por corredores de municipios y entidades vecinas, atraídos por la carrera anual Tekax-Chacmultún. Como antaño lo fue Acanceh (y más tarde Izamal), Tekax es cuna de grandes corredores locales.
En el parque principal, desde las vallas metálicas, el delgado estudiante de sexto grado de la primaria “Carlos Castillo Montes de Oca” se emocionó con la llegada de los atletas de élite, los cierres de los competidores más veloces a unos metros de la meta. Un compañero escolar le dijo que habría una carrera infantil de 1.5 kilómetros y recordó su fama de venado: alcanzarlo en “pesca-pesca” es misión imposible. Ángel no lo pensó dos veces, de inmediato corrió al mercado municipal donde su madre atiende un puesto; le imploró permiso para competir.
“¿Correrás con pantalón de mezclilla?”, preguntó su mamá, Leslie González. Ella trabaja por las mañanas en el centro municipal de abasto. Por las noches tiene otra chamba, en una taquería. Ella sola saca adelante a sus tres hijos.
Sus hijos hace al menos tres años no saben lo que es usar ropa nueva. Agradecen profundamente las camisas, pantalones y zapatos de medio uso que les regalan sus primos y amigos. En Yucatán, tres de cada 10 familias tienen como jefe a una mujer. Son 161,507 hogares, de los cuales el 65% está en zonas urbanas y el 35%, en zonas rurales y suburbanas.
Tras la autorización materna, Ángel se quitó las viejas botas negras, enrolló su pantalón hasta las pantorrillas y regresó al parque principal con la misma velocidad con la que voló al mercado. Justo a tiempo: logró inscribirse en la carrera infantil, dominada por los pupilos de un personaje del atletismo yucateco, el profesor Enrique Cerón Espinosa.
La flota de camisetas “dry fit” rojas, del Club Cerón, y tenis especiales de corredores, esperaban con brinquitos el disparo en la línea de salida. El contraste era notorio en la carita morena, cabello lacio negro, mirada fija. Concentración total. El público con los ojos en el niño descalzo, con su pantalón de mezclilla enrollado y camiseta oscura de mangas largas. Los teléfonos inteligentes saltaron de los bolsillos para captar la imagen.
Las rápidas zancadas de Ángel, el braceo perfecto, la caída silenciosa de los pies descalzos sobre el pavimento se impusieron de principio a fin. No hubo estrategia, nada de correr la mitad de la carrera a un ritmo llevadero y acelerar en la segunda mitad. No. Apenas escuchó el “bang”, el niño entregó alma, vida y corazón en cada metro. A veces, sueña despierto que compite en carreras internacionales. La realidad dominical superó sus sueños: cruzó la meta como un bólido.
La magia de las redes sociales hizo el resto. Su hazaña rebasó la frontera municipal. Su imagen en internet se volvió viral. Así brotaron las primeras llamadas altruistas, ofreciendo ropa y apoyo deportivo. En cuestión de horas, estrenaba el primero de tres pares de tenis profesionales, cuya amortiguación especial lo alejaron del piso. Descalzo corre como venado. Hoy, sus pies se adaptan a una marca alemana.
Hasta hace unos años, en Mérida se celebraban cuatro o cinco carreras al año. Otros municipios que entraban en ese selecto circuito atlético fuera de la capital yucateca eran la temida Uxmal-Muna, cuyas subidas y bajadas destrozaban tobillos y piernas; el medio maratón de las tres culturas Mayapán-Acanceh, cuya humedad y calor la convertían en una carrera de supervivencia. Eran carreras de culto.
Entre las carreras meridanas había una especial: San Silvestre. Era nocturna. Con ella los atletas yucatecos despedían el 31 de diciembre corriendo sobre la avenida Itzaes-Internacional, del monumento a Miguel Hidalgo a una desaparecida embotelladora, y de regreso. El 1 de enero recibía a los corredores en el derrotero o en el brindis colectivo de agradecimiento, a un lado del Hospital Juárez del IMSS.
Fue en una final de San Silvestre cuando hizo su aparición un corredor que volaba descalzo, Ernesto Mendicutti Loría. Una, y otra y otra competencia vio entrar en primer lugar a ese muchacho con los pies desnudos. Ernesto se resistió muchos años a usar tenis.
En el suroeste de Chihuahua, en la Sierra Tarahumara, viven desde hace siglos los rarámuris, capaces de correr poco más de 270 kilómetros sin detenerse y hacer recorridos de cerca de 700 kilómetros en pocos días. Corren con sus ropas y calzado tradicionales: con huaraches que ellos mismos confeccionan y la ropa que los cubre no es diferente cuando hay bajas temperaturas. Sus sandalias son muy sencillas: una suela de llanta y cuerdas de cuero largas que suben por la pierna para así sujetar con mayor fuerza al pie.
En 2013 una marca líder mundial en calzado de atletismo se propuso uniformar con sus tenis a los rarámuri, que por siglos han usado huaraches porque tienen arcos más altos y firmes que quienes corren con zapatos deportivos. La historia demostró el error. En muchos aspectos de la vida, menos es más.— Mérida, Yucatán.
pedrocabreraq@hotmail.com
Empresario. Presidente de la Fundación Produce Yucatán, A. C.
